CONSIDERACIONES SOBRE LA DIMISIÓN DE BENEDICTO XVI. Juan Cejudo, miembro de MOCEOP y de Comunidades Cristianas Populares.

Fuente: El Blog de Juan Cejudo

La dimisión del papa ha sorprendido a todo el mundo.

Es cierto que él había anunciado en la entrevista que le hicieron hace unos años que estaría dispuesto a presentar su renuncia si le fallaran las facultades físicas.

Pero, quizá nadie se creyó que podría cumplir su palabra llegado el momento y cumplir con lo que él mismo había anunciado años antes. Su gesto, me merece todo mi respeto y diría más: mi admiración. Porque, cuando vemos que, al menos en este país, nadie dimite por nada del mundo, gestos como éstos son de valorar.

Pero, dicho esto, me alegro de su dimisión. Su pontificado no ha podido ser más decepcionante porque no ha podido dar respuesta a los grandes desafíos de la Iglesia. Se ha enrocado en posiciones numantinas y la Iglesia, durante su mandato, ha aparecido anclada en el pasado. Tendió la mano a los heréticos lefevbrianos. Restauró la misa en latín. Sancionó a centenares de teólogos renovadores y progresistas. Condenó la teología de la liberación. Cerró la puerta a la ordenación de las mujeres para el sacerdocio.

Mantuvo posturas tradicionales en temas teológicos y de moral sexual. En la relación con otras religiones, tuvo importantes tropiezos con el Islam en el discurso de Ratisbona. Fomentó los grupos conservadores como Opus Dei, Comunión y Liberación, grupos neocatecumenales etc…mientras atacó a los grupos renovadores y progresistas como las comunidades eclesiales de base, los teólogos progresistas, obispos que se pronunciaron a favor de la opcionalidad del celibato, colectivos de sacerdotes casados, religiosos/as de línea renovadora etc…

Por eso, el nombramiento de un nuevo papa debería de ser un momento decisivo para que la Iglesia cambiara de rumbo . Volviera al espíritu del Concilio Vaticano II y del papa Juan XXIII para, tomando de él todo lo positivo, impulsara un cambio mucho más profundo adaptando toda la estructura de la Iglesia a los tiempos nuevos, a este cambio de época. La Iglesia no puede demorar por más tiempo cuestiones tan fundamentales como:

- Opción decidida por los pobres, abandonando todos los símbolos de poder. Renuncia a la jefatura del estado del Vaticano, a las nunciaturas y todo tipo de connivencia con los poderosos. Poner sus bienes a disposición de los que lo necesitan.
- la opcionalidad del celibato para los sacerdotes
- el acceso de la mujer a todas las responsabilidades que se pueden asumir en la Iglesia, en igualdad con los hombres : sacerdocio, episcopado…
- cambios en la moral sexual: admisión del matrimonio entre personas del mismo sexo, apertura a las relaciones prematrimoniales, aceptación de los preservativos, aceptar que los divorciados vueltos a casar puedan participar plenamente en la eucaristía etc…

- un gobierno de la Iglesia descentralizado. El Papa no puede ser una institución de tipo autoritaria, de monarquía absoluta que detenta en sí todos los poderes. Debe ejercer el servicio a la iglesia de un modo descentralizado, a través de las iglesias nacionales, regionales, sínodos provinciales, con carácter no consultivo, sino vinculante….
- debe adaptar su liturgia y su pastoral a las distintas culturas, regiones y países. El fundamentalismo religioso y el pensamiento único no debe ser el estilo de gobierno del nuevo papa. Habría muchas más cuestiones que plantear. Sólo he señalado algunas de ellas. Es posible que muchos piensen que esto es soñar.

Quizá no queremos darnos cuenta de la gravedad del momento que vive la Iglesia, de su lejanía del mundo, de la juventud, de los pobres, sobre todo en los países más desarrollados y también en Latinoamérica, donde una nefasta gestión en los nombramientos de obispos ha conseguido alejar a los sectores más pobres de la Iglesia. Son millones y millones de ellos los que se han marchado a grupos evangélicos y de otras religiones. Es ahora el momento para que haya ese cambio de rumbo que la Iglesia necesita. Un cambio que no debería hacerse desde arriba, desde un despacho, sino con una amplísima participación de todos los sectores de la iglesia universal, sin marginar a nadie.

¿Es esto soñar?

Es posible. Porque los que tienen que elegir el nuevo papa son cardenales ancianos y todos ellos, nombrados por los dos últimos papas Juan Pablo II y Benedicto XVI que han sido tan conservadores.

¡Ojalá ocurriera un milagro!

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