Si yo fuese Papa… Jesús Peláez, Catedrático de Universidad

 

Si yo fuese nombrado Papa, una vez elegido por el Sacro Colegio Cardenalicio -que así se llama la gerontocracia vaticana-, saldría al balcón central de la fachada del Vaticano para saludar a los allí reunidos, en inglés, por supuesto, dejando atrás el viejo latín para los eruditos. Tras agradecer a los ancianos cardenales el nombramiento (y al Espíritu, por supuesto, ¿cómo no?), anunciaría que dejaría de residir en el Vaticano, para trasladarme a un país de la periferia de la tierra -Hispanoamérica, India, África, podrían ser buenas sedes para mi pontificado, por llamarlo de alguna manera- lugares donde el hambre, el dolor, la guerra y la muerte se dan la mano a diario.

Al fin y al cabo, Jesús de Nazaret pasó gran parte de su vida en la periferia, en las aldeas de Galilea, la región más alejada del templo y del culto de Jerusalén, y vivió siempre rodeado de todos aquellos a los que el sistema religioso judío había arrojado en nombre de Dios a las afueras de la vida: un núcleo de discípulos galileos que poco lo entendían (¿De Nazaret de Galilea puede salir algo bueno?) y los marginados de todo tipo: cojos, ciegos, paralíticos, endemoniados, publicanos, prostitutas… gente, oficialmente “de mala vida”, que hacían que Jesús fuese criticado por la ortodoxia por andar siempre “en malas compañías”.

Antes de irme del Vaticano, eso sí, nombraría una comisión de sabios (economistas, eruditos, filósofos e incluso teólogos, si los hubiere allí fieles al evangelio de Jesús), encargada del desahucio de tan respetable y milenaria sede, pasando al estado italiano el cuidado de ese inmenso patrimonio artístico y desmontando la banca vaticana, de modo que lo que quedase, una vez saldadas las deudas, revirtiese en las exhaustas arcas de los países pobres de la tierra, rompiendo para siempre con esa alianza histórica entre iglesia, dinero y poder, que tanto daño ha hecho al anuncio de la buena nueva de Jesús.

Y me quedaría tan pancho, pues Jesús dijo: “Nadie puede estar al servicio de dos señores, porque aborrecerá a uno y querrá al otro, o bien se apegará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero, -hoy diríamos “al capital”- (Mt 6,24). Así de claro. Y como el capital engendra esclavos en serie, me proclamaría de verdad “siervo de los siervos del mundo “, no de Dios, como dice el eslogan pontificio, pues Dios no necesita siervos.

Rompería de este modo la alianza con el poder, establecida durante siglos por la iglesia, del que hay que desconfiar porque el poder no engendra desarrollo humano, sino dominación, como bien dijo Jesús: “Los reyes de las naciones las dominan, y los que ejercen la autoridad sobre ellas se hacen llamar bienhechores. Pero vosotros, nada de eso: al contrario, el más grande entre vosotros iguálese al más joven, y el que dirige al que sirve” (Lc 22,22-25). Curiosamente la palabra “poder” aparece solamente en los evangelios para indicar la fuerza o mejor las fuerzas que salían de Jesús para sanar a los enfermos.

Si al hacer esto, la jerarquía eclesiástica no hubiese tenido tiempo todavía de quitarme de en medio, proclamaría como Esteban, antes de morir, que “Dios no habita en edificios construidos por mano de hombres”, desacralizando el cristianismo, convertido tristemente en una religión más, con clero, templos y cultos, en contra de la voluntad de Jesús, un laico en desacuerdo con el templo de Jerusalén, cuya destrucción anunció, precisamente, por seguir la línea profética de Jeremías que lo había identificado como “una cueva de bandidos” (Mt 21,13; cf. Jer 7,11). Menudo piropo.

Al no haber ya templos, no harían falta sacerdotes y, de este modo, estaría resuelto de un plumazo el problema del celibato que tanto ha preocupado en los últimos tiempos a los jerarcas y el tema del sacerdocio de las mujeres, de modo que hombre y mujer se sentarían en la mesa de la nueva comunidad cristiana en igualdad de derechos y obligaciones, en torno a las casas, como sucedió al principio del cristianismo, cuando éste aún no se había convertido en religión. Todo el esfuerzo dedicado al templo y al culto, habría que dedicarlo, eso sí, a dar culto a Dios en el prójimo, especialmente en los más necesitados de la comunidad, cristiana o no, cuyos derechos han sido pisoteados a lo largo de los siglos.

Y en esta larga fila hay que poner a las mujeres, tan sometidas al varón a lo largo de la historia, a los sin papeles, a los parados; también a los drogadictos, los desahuciados, los pobres y cómo no, a los gays, las lesbianas y los transexuales, proclamando el derecho que tienen éstos a que se reconozca y se respecte su diversidad. Claro que, para esto, me temo que tendría que cambiar, como papa, la moral así llamada “católica”, que no cristiana, especialmente la moral sexual, que todavía a estas alturas no se ha reconciliado ni con el sexo ni con el placer. Menudo lío.

Si yo fuese Papa, y dado que, hoy por hoy, no hay otro régimen de gobierno mejor que el democrático, democratizaría la iglesia y renunciaría a la infalibilidad pontificia (dogma extraño este, además de tardío) y abandonaría de una vez para siempre esa cantinela de que la iglesia es “jerárquica” por voluntad de su fundador (¿es que acaso Jesús fundó la iglesia?) y de que su régimen es monárquico, como si a Jesús le hubiese dado tiempo a pensar en el futuro de su movimiento, y menos en este futuro -hoy presente- con el que ciertamente no se habría identificado, de haberlo intuido.

Ah, se me olvidaba… Si yo fuera Papa entraría urgentemente en diálogo con las otras religiones, pero no para discutir de dogmas o primacías, sino para programar con ellas “cómo aliviar el dolor y el sufrimiento humano”, cosa que no se puede hacer de verdad, si no se renuncia a tanta ganga ideológica añadida al pensamiento originario de sus fundadores o iniciadores respectivos. Además, animaría a las diferentes religiones de la tierra a que, juntos, iniciásemos un camino nuevo para acoger, como el buen samaritano, a todos los que este sistema mundano ha dejado “medio muertos” a la vera del camino. Son tantos que, difícilmente, daríamos abasto entre todos. Y, por supuesto, en esta línea convocaría a todos los hombres y mujeres, mayores o jóvenes, creyentes o no, de buena voluntad a unirse a este programa.

Por último, si yo fuera Papa, creo que lo pasaría muy mal, como lo pasó Jesús, y la verdad es que no sé si me daría tiempo a cumplir ni siquiera el primer punto de este programa, porque a él lo asesinaron justo cuando llevaba dos o tres años a lo más, gritando por las aldeas de Galilea que “era posible otro mundo -el reinado de Dios, que decía con palabras antiguas-”, no basado en la tiranía del capital, ese otro Dios, venerado por la mayoría, sino en la servidumbre del amor. No creo que yo durase tanto tiempo, pues los poderes de este mundo -religiosos, políticos y económicos- se encargarían de darme una buena jubilación y un no peor retiro.

Al final de este escrito “utópico”, me digo yo, aliviado, que, para suerte mía, no me van a nombrar papa, por supuesto. Por eso no sigo desarrollando el programa…

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Una respuesta a Si yo fuese Papa… Jesús Peláez, Catedrático de Universidad

  1. andrea dijo:

    Excelente tu forma de ver y exponer al verdadero Papa, no a los que tenemos.

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