FRANCISCO I, ¿CONSERVADOR O PROGRESISTA?

 

 

 

 José M. Castillo

El papa Bergoglio, ¿es un hombre conservador? No (con las salvedades que diré). ¿Es progresista? Tampoco. Entonces, ¿qué es? Quienes le conocen bien aseguran que Bergoglio es Bergoglio. O sea es único y, por eso precisamente, desconcertante. En cualquier caso, los que han convivido con él aseguran que este hombre se caracteriza por dos cosas que se le notan cuando se le conoce bien: su singular capacidad de poder y la naturalidad con que evidencia su protagonismo. De ahí que donde está, destaca. Su voluntad se impone. Pero se impone de forma que no se acomoda ni se adapta a lo acostumbrado o, si se prefiere, “lo habitual”. Es un hombre que, donde está, su eficacia se palpa.

 

         ¿Ha sido determinante todo esto para su elección? Y sobre todo, ¿será Bergoglio la solución que necesita la Iglesia en este momento? Es demasiado pronto para poder dar una respuesta segura a preguntas de tanta importancia. En cualquier caso, hay hechos, que son bien conocidos y nos pueden dar cierta luz, al menos de momento. Bergoglio es doctrinalmente conservador (es lo que se le ha notado hasta ahora), pero al mismo tiempo, intenta sinceramente ser socialmente progresista. Posiblemente, también estos hechos han motivado a los cardenales electores a depositar en él su confianza. Lo que ocurre – según mi modesta opinión – es que cualquiera, que piense despacio en este asunto, se preguntará cómo es posible ser, a la vez, doctrinalmente conservador y socialmente progresista. ¿Se pueden armonizar de verdad esas dos cosas?

 

         Una persona que, en sus creencias religiosas, es doctrinalmente conservador, por eso mismo (y sin más remedio) es una persona que lleva incorporado un pensamiento dogmático. Ahora bien, el pensamiento dogmático es una forma de pensamiento elaborado y formulado, no por el sujeto “pensante”, sino por otros a los que el sujeto se somete. De ahí que quien piensa dogmáticamente difícilmente aceptará el punto de partida (y las consecuencias) de la Ilustración que formuló Kant: “¡Sapere aude! ¡Atrévete a servirte de tu propia inteligencia!”. Con lo cual estoy diciendo que un hombre “doctrinalmente conservador” es una persona que, quizá sin ser  consciente de lo que realmente le ocurre, en realidad es una persona que no vive plenamente en la modernidad. ¿Se puede sospechar que el pensamiento dogmático sigue anclado en la forma de pensar de hace doscientos años? Y si eso tiene, al menos, parte de verdad,  ¿qué pensamiento social es compatible con semejante mentalidad? Muy sencillo: la mentalidad social que podía tener el común de las buenas personas en la “pre-modernidad”. La mentalidad que se caracterizaba por la caridad y la beneficencia, pero que no podía llegar a la defensa y la lucha por la justicia. Se sabe que el papa actual ha vivido en una sencillez y modestia llamativas. Además de eso, ¿qué obras y decisiones ha puesto en práctica en cuanto respecta a la “caridad” y a la “justicia”?  No tengo en este momento la respuesta exacta a esta pregunta.

 

         Todo esto explica la incapacidad que entraña la teología católica establecida y el derecho canónico vigente para integrar en la vida de la Iglesia los derechos humanos, no como una bella doctrina que se predica y se elogia, sino como un verdadero derecho que se practica. Bergoglio es muy sensible al sufrimiento de los pobres y fomentará la caridad con ellos. ¿Defenderá la justicia y la igualdad de derechos de todos y todas incluso dentro de la Iglesia? Habrá que esperar para saber la respuesta.

 

         Y todavía un dato más. Lo que estoy diciendo explica, entre otras cosas, que Bergoglio  haya tenido (según parece) dificultades para aceptar el nuevo giro que el Superior General de los jesuitas, Pedro Arrupe, le dio a la Compañía de Jesús al asumir, como proyecto de la Orden, “el servicio de la fe y la promoción de la justicia”. Quizá esto explica que las relaciones entre Bergoglio y los jesuitas no parecen ser fluidas.

 

         Sea lo que sea de todo esto, lo seguro es que el papa Francisco I representará un giro decisivo para el futuro de la Curia Vaticana y, por tanto, del papado. ¿Lo será para la Iglesia entera? Pienso que lo mejor, en este momento, es fomentar la esperanza. Razones para ello no nos faltan.   

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