Acción Directa desde Vallecas: Enrique de Castro. Marcos Rebollo Fidalgo

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuente: Desobedientes

“La gran virtud del Evangelio es la desobediencia, aunque la Iglesia diga lo contrario”
Ha dado misas participativas en vaqueros durante 40 años. Ha vivido en su casa con decenas de marginados que con él han salido del hoyo. Defiende el matrimonio gay, la posibilidad del aborto, los anticonceptivos. Reniega del Vaticano y practica la desobediencia civil desde que llegó a Vallecas en los 70. ¿Por qué Enrique de Castro no se va de una institución que representa lo contrario?

 

En una charla con arroz a banda (en torno a la misma mesa donde selló una difícil tregua con Rouco Varela) el llamado cura rojo de Entrevías responde a esto y más, una semana después de que se publique Así en la tierra, un emocionante libro sobre él y la Iglesia de los que no se callan.

 

Enrique en su casa del Pozo del tío Raimundo (Vallecas) donde desde hace más de 30 años acoge a jóvenes en situación marginal (Susana de Val).

 

En torno a la gran mesa del desangelado salón de Enrique de Castro se han librado combates históricos. De la historia cotidiana, con decenas de chavales que aquí han vivido en los últimos 30 años. Y de la historia oficial, como cuando los tres curas que llevan San Carlos Borromeo (Javier Baeza, Pepe Díaz y él) cenaron vichisoise y lubina con Rouco Varela, una noche de 2007 en la que sellaron un conflicto que había salido en portadas de medio mundo.

 

El presidente de la Conferencia Episcopal, presionado por ultras cómo él que querían cerrar la parroquia, les propuso convertirla en centro pastoral. Y los tres aceptaron. Podría haber sido un centro de Cáritas. Nada que ver con lo que hacen y seguirán haciendo. Abrirse a los desheredados. Ser epicentro de decenas de asociaciones. Dar misa dominical a la una y en vaqueros. Una misa participativa, donde partiendo del Evangelio todos y todas charlan de sus problemas en torno a otra mesa (que no altar). Comulgan con la barra de pan o la caja de rosquillas que trae una vecina. No hay confesionario: ese sacramento se da en el despacho, sin rejilla de por medio.

 

En 2004, Javier (46 años) sustituyó frente a la parroquia a Enrique (70 años), que poco a poco pasó a la retaguardia. Savia joven, similar mirada. El espíritu de San Carlos Borromeo, desde que llegó en 1982, no ha cambiado mucho. La realidad, sí: por eso en los 80 los ayudados eran heroinómanos y familiares de presos, en los 90 insumisos y okupas, en este siglo también migrantes. Reniegan del asistencialismo, aunque ahora con la crisis (Enrique la llama atraco) han tenido que volver a tareas asistenciales.

 

Un ejemplo: cada mañana, Javier reparte desayunos en El Gallinero, un poblado chabolista de 500 gitanos rumanos, pero sólo a los niños que suben al bus escolar: en dos años han pasado de 35 a 100 los escolarizados. Los tres curas reconocen que más que ayudar al barrio el barrio les ayudó a ellos. “Los curas pasamos por dos seminarios”, dice Enrique. “El eclesiástico y el de la calle. Aquí las personas son sencillas, sin recovecos, te hacen cambiar, vivir de un salario [fue taxista y pintor de casas], dar los servicios gratis porque gratis es el evangelio o buena noticia, abrir la parroquia y nuestras casas. Si me hubiera ido al barrio de Salamanca sería un cura muy simpático, pero imbécil y pijo. Ay padre, qué bonito lo que has dicho. Eso sería”.

 

Risas. En la cocina los chicos preparan un arroz a banda. La casa de Enrique es toda una institución en Vallecas, en el sentido de nudo mítico de este combativo barrio, esquina sureste de Madrid. En el otro sentido, no. Enrique se pelea contra todo lo que encierra esa palabra: institución. De menores. De rehabilitación. Cárceles. Juzgados. Es lo que tiene estar ahí, donde están los problemas. “Hay que vivirlo”, repite en Así en la tierra, largo y sentido reportaje sobre él y su iglesia escrito por el periodista Marçal Sarrats, que en un momento le pregunta si ha acatado siempre las leyes. “No”, responde él, rotundo.

 

En las casas de Javier Baeza, su amigo Enrique y la suya han vivido unos 200 chavales: antes sobre todo toxicómanos, ahora sobre todo migrantes (Susana de Val).

 

Su vida ha sido un continuo protestar. En el 75, tras los últimos fusilamientos del franquismo, fue a prisión con dos curas más, porque en 25 parroquias del barrio se leyó una homilía del obispo de Vallecas (Alberto Inisesta) contra la pena de muerte. Hizo su segunda huelga de hambre en el 94 para evitar que volviera a la cárcel por un delito pasado un chico que trabajaba en los Traperos de Emaús, una organización francesa que Enrique adaptó a Madrid. Participó en 1992: 500 años de mendicidad, acción en la que 3.000 personas vivieron como mendigos (vendiendo pañuelos, durmiendo en cajeros), para pedir mejoras sociales ante el dispendio de los JJ.OO. de Barcelona y la Expo sevillana.

 

Una lucha social plagada de ocupaciones, expropiaciones en supermercados y encierros en las parroquias, en la catedral, en el INEM, en la patronal. Muchas de ellas cocinadas en la Coordinadora de Barrios, que hace seguimiento de menores y jóvenes desde 1982, cuando casi no existían los servicios sociales. Ellos eran los únicos que se ocupaban de la exclusión social en Madrid. Recibían subvenciones del nuevo gobierno socialista: 33 millones de pesetas al año a los 22 grupos, uno por barrio. “Pero pronto empezaron a pedir que les pasáramos datos de los menores para su control, y nos negamos. Se crearon las ONG que, al aceptar las condiciones, rompieron con el movimiento social. Eran correas de transmisión con el poder para el control de una población pobre criminalizada”.

 

P. Aunque en Vallecas sigue latiendo el pulso asociativo de antaño, algo se desmembró en los 80.

 

R. Sí, en esa época se desvertebró el tejido político del barrio. Los militantes de base se marcharon a las poltronas o a otros lugares mejores. Los del Partido Comunista a Vaciamadrid, los del PSOE a Alcobendas… Y muchos curas rojos se van, se casan. Parroquias como San Carlos quedan pocas en Vallecas, unas seis o siete.

 

La parroquia de San Carlos Borromeo muda su piel de grafitis de vez en cuando. Es historia viva vallecana. Y lugar de cine: aquí se rodó ‘Princesas’, de Fernando León (S. de Val).

 

P. Pero sigue siendo un barrio contestatario y, por tanto, reprimido. Se vio en los 80 con la heroína. Entonces se crearon las Madres Unidas contra la Droga. Ahora, con las detenciones y cargas contra los bukaneros,la peña del Rayo Vallecano, surgen las Madres contra la Represión.

 

R. La heroína descabezó a una juventud peleona, la atontó. Es verdad lo que dicen las Madres, fue un genocidio, un exterminio calculado. Ahora pasa igual en otros ámbitos. Todo lo que está pasando con el 15M no surgió de la nada, es algo antiguo. En los 80, el relevo de ese movimiento sindical y político lo recogen los movimientos sociales, que han ido cambiando a lo largo de los años: insumisión, hippies, okupas, antiglobalizadores… La lucha va dando saltos. El 15M también viene de ahí. Han creado plataformas en los barrios y eso es muy importante. Es mejor que las luchas sean concretas, por temas. Creo que el 15M es un movimiento importante. Otra cosa es su deriva. Hay políticos que intentan capitalizarlo y no creo que desde el poder vaya a llegar un líder que cambie las cosas.

 

P. ¿Percibes que la sociedad española se está despertando?

 

R. Me da miedo globalizar tanto. La sociedad es muy amplia. Esta claro que algo se mueve. ¿La lucha va a ser masiva? No lo sé. La crisis también ha llegado a las clases medias y se ven movilizaciones en todos los ámbitos, Sanidad, Enseñanza… Prefiero que sea así, en pequeños grupos coordiandos y por plataformas. El poder no va a ceder. Igual en la Iglesia. Ojalá el nuevo Papa se fuera del Vaticano y dejara su casa a los pobres. ¡Iría a buscarle donde fuera! Pero no va a ser así.

P. Para ti, la desobediencia civil es casi una norma.

 

R. Bueno, ya lo dice Jesús. El ser humano es más importante que la ley. También dice que el hombre es dueño del sábado. Es decir, está por encima de la religión. En todos los gestos liberadores de Jesús hay una transgresión de la ley. Estaba prohibido tocar a los excluidos por la ley, a los impuros como les llamaban los judíos. Y él se acercaba a ellos, les tocaba, se fue haciendo impuro. Todos sus actos fueron ilegales.

 

P. Y luego pensamos que la desobediencia civil comenzó en Thoreau o en Ghandi.

 

R. Qué va. Dos mil años antes. La gran virtud del Evangelio es la desobediencia. Jesús desobedece a las autoridades y pide desobedecer. No opone la fe al ateísmo, sino al miedo. ¿A qué tenéis miedo, hombres de poca fe?, pregunta. ¿Que os pueden destruir el cuerpo? Sí, pero la vida, no. La vida, los valores, lo que hemos construido. Ésa es la clave, también, de la resurrección: que ningún poder puede destruirnos. Luego la Iglesia lo pone al revés: la gran virtud es la obediencia.

 

P. La fe, entendida así, es incompatible con el poder.

 

R. Es que el poder no es mediación para la liberación del ser humano. Las tres tentaciones de Jesús no son de sexo. Tienen que ver con el poder económico, político y religioso. Y él siempre dice que no al poder.

 

P. Muchos no entienden por qué no te vas de una institución que representa lo contrario a lo que piensas.

 

R. Bueno, hay dos iglesias. Cuando Leonardo Boff [teólogo de la liberación] estuvo un año en silencio por imposición del Vaticano, no lo entendí. ¿Por qué obedeció al injusto? ¡Sigue hablando y haciendo! No te vayas tú, deja que te echen. Yo me siento Iglesia. Pero no creo en la Iglesia del poder. Al igual que soy de mi familia sin estar de acuerdo con mucho de lo que piensa o sigo siendo español aunque no me guste lo que pasa aquí. ¡Que se apeen ellos del burro! Lo mismo que le pasó a Pablo. Dicen que se cayó del caballo, pero no fue así: ¡se apeó del burro!

 

P. En Así en la tierra, un juez amigo, Arturo Beltrán, te define como seductor, tenaz, altruista y… soberbio, tu único pecado. Dice que incluso sientes frustración porque no te han echado.

 

R. (Se ríe). Es la visión de Arturo y la respeto. Ayer leí el titular de una entrevista que me hicieron. Los pobres son un negocio para la Iglesia. Sentí mucho vértigo. Pero lo volví a repasar y me dije: ¡Es que es verdad! Ahora: ¿quiero que me echen? No, pero tampoco que me paralicen. Queremos seguir haciendo lo que hacemos. Me trae sin cuidado lo demás. ¿Es soberbia? Pues probablemente sí. ¿Qué me mueve? A veces es mi orgullo, mi ego, el no dejarme pisar, otras es mi fe. No sé cuál es el componente más fuerte. Actuamos como el todo que somos. Soy incapaz de juzgar a un Papa o a un dictador, aunque reniegue del Vaticano y de las dictaduras. Lo que intento averiguar es por qué las personas hacen lo que hacen.

P. Eso suena orteguiano, atender a las circunstancias, al contexto.

 

R. Es que es así. ¡Como voy a juzgar yo a mi madre! Ella es producto de una educación. A veces me dice: Parece mentira que seas cura porque me quitas la fe. Cada uno es hijo de su situación, entran muchos factores. Yo tuve la suerte de llegar a Vallecas y patear la calle. Aquí recibes más de lo que das. Descubres la vida.

 

P. Hoy entran pocos curas así. Los que tienen tu visión se hacen activistas sin entrar en la Iglesia.

 

R. Tarancón [presidente de la Conferencia Espiscopal en los 70] hizo algo bueno. Cerró el seminario y mandó a los curas a vivir en los barrios. Eso es muy grande. Puede que al final cuelgues los hábitos pero al menos no estás atontado. Luego volvió el disparate y la vuelta al seminario.

 

P. Javier Baeza, Enrique Martínez Reguero [pedagogo antipsiquiatra] y tú habéis vivido con unos 200 chavales difíciles. Muchos, con paciencia y amor, han salido del hoyo.

 

R. Yo le digo a un chaval: No puedo acompañarte en tu destrucción. Estoy contigo para que intentes salir adelante. Si los metieran en la cárcel o en centros de menores y salieran de puta madre, ¡estupendo! Pero es lo contrario. Tratamos de generarles autoconfianza. A todos nos clasifican y etiquetan, es terrible. Al principio no saben por qué confías en ellos, si siempre les han tachado de malos. Pero es así: sólo empiezas a respirar cuando alguien confía en ti.

P. Siempre dices que la confianza no se merece, se regala.

 

P. ¡La doy porque me da la gana! Si me roba al día siguiente le digo que lo ha hecho mal. Y empezamos de nuevo, una y otra vez. Siempre me acuerdo de lo de 70 veces 7… Mi amigo Enrique Martínez, al que citabas, me lo dijo una vez que perdí la paciencia. Si se ha deteriorado tantos años, dale la mitad de tiempo. Yo me dije: Vale, tiene 18 años. La mitad, 9. ¡Hasta los 27 esperaré!

 

P. ¿Y esperaste tanto?

 

R. No (se ríe), hasta los 24. (Se queda en silencio pensando cómo seguir). Yo he descubierto principios de ética en chavales que nunca los han tenido. La base de la ética es el amor. Si no quieres a nadie, porque no te sientes querido por nadie, te buscas la vida y punto. Recuerdo un chaval con el que fui a pintar donde mi hermana. Cuando volvimos a casa él hizo las maletas y me dijo: Me marcho. Le pregunto por qué. Porque me vas a echar, no vas a querer mirarme a los ojos. Le pregunto que qué pasó. Le he robado el peluco de colorao a tu hermana. Y añade: ¡Pero tenía dos y sólo he cogido uno! Se autoinculpa. Matiza. Se impone el castigo. ¡Cuántas cosas hay en sus palabras! ¿No será más sencillo que pintemos otra casa y con eso paguemos el peluco a mi hermana?, le propuse. Y él: Guay, Enrique, ¡hagamos eso! Fue su primer momento ético. ¿Por qué? Porque me quería. Porque se sintió mal al hacerme daño.

 

Con su sempiterno purito, desgrana los tres elementos que vertebran su pedagogía con jóvenes marginados: implicación, complicidad y contaminación (Susana de Val).

 

Enrique ha escrito tres libros. ¿Hay que colgarlos?, Dios es ateo y La fe y la estafa. En ellos desgrana sus vivencias con los chavales y su manera de entender el Evangelio. El que Marçal Sarrats se pusiera en contacto con él hace un año para escribir Así en la tierra le ha liberado, dice, de seguir escribiendo de momento. En Dios es ateo cuenta otra historia singular:

 

“Cierto día me llevé a Jorge y Elisa a charlar en la mesa de un bar vecino. Ambos de 16 años, mantenían una relación posesiva que, a mi entender, les estaba asfixiando. Les trataba de mostrar cómo se espiaban mutuamente todas las horas del día, de manera que no parecían tener un momento de felicidad. En aquel momento la situación era difícil e intenté racionalizarla, sobre todo con Jorge. Él se defendía y yo apretaba. Ocurrió al unísono. En el mismo instante en que noté que le estaba dejando sin salida con mis argumentos, se abalanzó sobre mí por encima de la mesa y me mordió el carrillo, con rabia. Acudieron los del bar, lo soltaron y le afearon su conducta, momento que aproveché, muy digno, con la cara hinchándose por momentos, para retirarme con Elisa hacia casa. Él, detrás de nosotros, empezó a llamarme a gritos desgarradores a los que yo ni volvía la cabeza. Más fuerte y desde las entrañas: ¡No ves que te necesito! Corrió hacia nosotros, sacó un cuchillo y lo puso en mi estómago. Hubo frases entremezcladas: No respondo ante la violencia, le dije, mientras Elisa repetía: Eres malo, y Jorge gritaba: Te mato, os mato a los dos. Cedió el al final. Pero supe entoces y estoy convencido ahora de que fue mayor mi violencia racional que la suya física, y en todo caso fui yo el agresor inicial. Hay distintas maneras de destrozar y yo destripé a Jorge con mis argumentos, sin dejarle posible defensa, quedándose él al desnudo. Sólo le quedaba un cuchillo con el que reivindicar que, al menos, además de todo lo negativo aireado por mí, era un poquito persona. Qué fácil nos es, a los educadores o similares, diseccionar, diagnosticar, clasificar, corregir, imponer criterios, encasillar por un acto o un defecto a una persona, sin tener en cuenta otros aspectos, cualidades, carencias, necesidad de un recorrido personal propio… Realmente nuestra violencia nace de un acto de poder. La suya, en muchos casos, es legítima violencia”.

 

P. Reivindicas la violencia, entendida como cualquier perturbación de la norma.

 

R. No sólo de la norma. Decir no es violento, genera violencia. Si yo digo sí no pasa nada. En la Escuela de Marginación que montó Enrique Martínez hace 40 años siempre hacemos la práctica del no. Erich Fromm lo dice. Hay que cortar el cordón umbilical para poder vivir. Nacemos con asfixia y hay que liberarse para vivir tu propia vida. La sociedad nos lo da todo hecho. Cortemos todos los hilos que nos unen a ella, y luego digamos que sí a los que nos apetezca. Pero claro, hacer eso genera violencia. Jesús también lo dice: Sólo los violentos arrebatarán el reino de los cielos. Luego habrá que definir qué es la violencia. La mayor es la que practican las instituciones.

 

P. Tu visión pedagógica está en las antípodas de la LOMCE, aunque con esta ley se evalúe la religión.

 

R. De los pedagogos me quedo con el ruso Makárenko, el brasileño Paulo Freire o Milani, de Italia. Los tres vienen de culturas muy distintas y, sin conocerse, llegan a las mismas conclusiones. Educar es sacar, no meter. En nuestra educación no dejan de meterte conceptos, normas, reglas. Y es al revés. Cuando educas estás sacando del otro lo que tiene dentro, para que se vea en su espejo. Y para que tú también te veas en tu espejo. Educar es coeducar, sacarse mutuamente.

 

Aquí se enreda en una discusión con Youssef, 29 años, que no está de acuerdo. Llegó a España desde Tánger escondido en un camión y, tras varios reformatorios, recaló en casa de Enrique. Lleva 12 años viviendo con él. ¿Recuerdas cuando te pregunté si te podía castigar?, le dice. Él asiente. Y esto me recuerda a otra historia, contada en ¿Hay que colgarlos?:

 

“Hemos tirado muchas pistolas en el Manzanares. Y hasta algún rifle. Aparecen por casa y las tiramos al agua. Una noche llegué cansadísimo a casa, sólo quería dormir. Y un chico se me cuelga en el sofá y saca una pistola y me la pone en la sien. Y yo: Déjame en paz, quiero dormir. Y el chaval con la pistola en la cabeza, jugando, y yo: Que me dejes, si quieres apretar el gatillo hazlo pero déjame dormir ya. Estuvo quieto cinco minutos y al final me suelta: Te voy a demostrar que eres mi amigo. Yo, ahí, me desvelé entero. Y me dice: Vamos a tirar la pistola al río. Y allá fuimos todos. Y volvimos en el coche, cantando”.

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