LA ENCUESTA DEL PAPA A LOS CATÓLICOS José María Castillo José M. Castillo

 

 

 

 

         Como es sabido, los católicos de mentalidad tradicional están preocupados, incluso asustados, con motivo de la encuesta que el papa Francisco ha difundido para que los católicos digamos lo que realmente pensamos sobre los temas relacionados con la familia y que más han dado que hablar en los últimos años. Algunos han dicho que la encuesta es sólo para los obispos. Pero no. Que sepamos, hasta este momento, quienes pueden (y deben) responder, a las preguntas planteadas, somos todos.

 

         Pues bien, si toda la Iglesia tiene la palabra para decir lo que piensa sobre temas tan debatidos (aborto, homosexualidad, divorciados, separados, etc, etc.), entonces la encuesta es más revolucionaria de lo que muchos se pueden imaginar. Y lo es, por un motivo que seguramente pocos se imaginan.

 

         Me explico. Muchos querrían que haya un papa que, por fin, le diga a la Iglesia, con su autoridad infalible, lo que hay que pensar y hacer en los problemas mencionados, y en tantos otros relacionados con la vida familiar, sexual…. Temas que son delicados, que tanto preocupan y, sobre todo, de los que tantísimo se discute, se puntualiza, se duda y por los que se apasiona la gente. Pues bien, ¿por qué la encuesta, planteada a quienes tantos discutimos sobre esos asuntos, resulta tan revolucionaria?

 

         El problema de fondo no está en la complejidad de los temas planteados por la encuesta. El problema adentra sus raíces en un asunto bastante más complicado. Lo que está en cuestión no es la respuesta que se pueda – y se deba – dar a cada uno de esos temas. Lo que se va a poner en cuestión es la respuesta que se pueda – y se deba – dar a los límites que tiene la autoridad del papa para zanjar, mediante una definición dogmática, lo que los católicos tenemos que pensar, creer y vivir en asuntos que tan vivamente nos conciernen. Mi pregunta, después de leída la encuesta, es la siguiente: si nos atenemos a lo que enseña el más alto magisterio de la Iglesia, ¿se puede asegurar que el papa tiene autoridad y potestad sagrada para definir, como “dogmas de fe”, doctrinas y formas de vida sobre las que no hay acuerdo entre los católicos, sino más bien una diversidad de doctrinas y teorías, que han desembocado en profundas divisiones, y hasta enfrentamientos, ente los mismos católicos? 

 

         Como es sabido, la doctrina sobre la infalibilidad pontificia fue definida en el concilio Vaticano I (en 1870). Las palabras del concilio fueron éstas: “El Romano Pontífice…. goza de aquella infalibilidad de la que el Redentor divino quiso que estuviera provista su Iglesia en la definición en de la doctrina sobre la fe y las costumbres” (H. Denzinger – P. Hünermann, nº 3074). Por tanto, según el concilio Vaticano I, la infalibilidad del papa es la infalibilidad de la Iglesia. Lo cual quiere decir que el papa, cuando pronuncia una definición dogmática, no pronuncia una sentencia en cuanto persona privada, sino que expone o define la doctrina de la fe católica como maestro supremo de la Iglesia universal. De forma que el papa, lo que tiene, es “el carisma de infalibilidad de la Iglesia misma”, como dijo el Vaticano II (LG, nº 25).

 

         Por tanto, el sujeto que posee el poder de la infalibilidad es la Iglesia. El papa posee el carisma de pronunciar esa infalibilidad en casos y asuntos concretos. En consecuencia, cuando la Iglesia se encuentra dividida – y hasta enfrentada – en un tema concreto, el papa no puede zanjar semejante situación echando mano de una definición dogmática.  Para pronunciar una definición infalible, el papa tiene que tener la razonable garantía de que el tema de su definición es conocido en la Iglesia y está aceptado por la Iglesia. Ésta es la razón por la que el papa Pío XII, antes de proceder a la definición de la Asunción de la Virgen María a los cielos (año 1950), preguntó a todos los obispos del mundo si en sus iglesias se aceptaba esta doctrina como doctrina revelada por Dios. Y, cuando obtuvo la respuesta afirmativa de todos, entonces procedió a hacer la definición dogmática.

 

         Siendo ésta la doctrina y la praxis de la Iglesia católica, no basta que el papa ponga fin a una controversia para que se pueda hablar de una definición. Como tampoco es una definición, hablando con propiedad, el hecho de declarar que un juicio doctrinal es “inapelable” (G. Thils).  Como explicó el relator oficial del Vaticano I, Mons. Grasser, “el papa es infalible solamente cuando, desempeñando su cargo de doctor de todos los cristianos y, por tanto, representando a la totalidad de la Iglesia universal, juzga y define lo que debe ser admitido o rechazado por todos” (Mansi 52, 1213 C). Y debe ser admitido o rechazado como una cuestión o verdad de fe. Todo lo demás, y por más que lo diga el papa, es (y será) un asunto de obediencia. Pero, como es bien sabido, los asuntos que no pasan de la obediencia, en aquellos casos en que el sujeto ve en su conciencia que no tiene por qué obedecer, en tales casos puede (y hasta debe) desobedecer. Ya que, como bien sabemos (desde la lúcida enseñanza de Santo Tomás de Aquino (“Sum. Theol.”, 2-2, q. 104, a. 6; a. 5), el último dictamen de la rectitud de un acto es el dictamen de la propia conciencia, no la mera y pasiva sumisión.

 

         La consecuencia, que se sigue de lo dicho, es clara. Las preguntas que propone la encuesta del papa sobre las familia plantean una serie de asuntos en los que, ni teológicamente ni desde el punto de vista científico o histórico, hay consenso en la Iglesia. Son lo que los entendidos denominan como “quaestiones disputatae” (cuestiones sometidas a discusión). ¿En el Sínodo de Octubre del año que viene se llegará a un acuerdo unánime en tales cuestiones? Sería de desear. Pero no es previsible. La consecuencia será que van a quedar patentes los límites doctrinales que tiene el poder papal a la hora de zanjar una doctrina discutida. La unidad de la Iglesia no es uniformidad. La unidad se construye sobre el respeto, la tolerancia, la bondad y la búsqueda del bien de todos. Y, por tanto, la unidad se da (y se seguirá produciendo) en la pluralidad de opiniones, conductas y formas de vida, siempre que sean opinables dentro del respeto a los derechos de los demás. Si se consigue mediante la encuesta y el Sínodo que haya más tolerancia, más respeto a quienes piensan de manera distinta y los que viven de forma diferente, la Iglesia dará un paso decisivo hacia la unidad que quiso el Señor. Y si, además de eso, se aclaran determinadas cuestiones, que hoy nos dividen o nos enfrentan, entonces el papa Francisco habrá hecho una aportación decisiva (una más) para bien de todos nosotros.       

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