ENTREVISTA A JUAN JOSÉ TAMAYO (Jesús Bastante)-

El teólogo presenta su último libro: “50 intelectuales para una conciencia crítica”

Juan José Tamayo es uno de los mejores teólogos españoles en activo. Viene a presentarnos su último libro,50 intelectuales para una conciencia crítica, publicado por Fragmenta. El autor piensa que en nuestro país “faltan intelectuales que se comprometan con la crítica al poder, pero también con la crítica a la sociedad adormecida”.

Rechaza que en la actualidad “la política ha quedado reducida a la gestión de la economía”, y afirma que tiene esperanza, pero que al mismo tiempo es consciente “de que la solución no está al alcance de la mano y que las cosas pueden incluso ponerse peor”.

Sobre el Papa Francisco, opina que “tiene que cambiar de amigos y de compañía“, es decir, “hacer nuevas alianzas”; y concluye diciendo que “necesitamos luces y necesitamos metas, porque si no sabemos dónde vamos, nunca vamos a llegar”.

 

¿Tanto los intelectuales como la conciencia crítica son realidades que se están empezando a echar de menos en nuestra sociedad actual?

Totalmente. Creo que hay una crisis de intelectuales que supone una orfandad, y también la legitimación de una serie de comportamientos públicos que un intelectual o un colectivo de intelectuales con conciencia crítica intentarían al menos denunciar, posibilitando el freno a este tipo de desmanes y de comportamientos corruptos que hay hoy en día en la cúpula de los poderes públicos. Creo que, efectivamente, en este momento faltan intelectuales.
El intelectual se caracteriza fundamentalmente por tener un compromiso en el espacio público que implique la crítica al poder, pero también la crítica a la sociedad adormecida, como lo es la sociedad española.

 

¿Vivimos tiempos de afasia social? ¿Esto da margen a los que mandan para hacer lo que quieren a sus anchas?

Claro. Lo que pasa es que esta orfandad de intelectuales críticos de sistema ha sido sustituida o mutada de alguna manera por el “intelectual colectivo” (todos estos movimientos sociales como los indignados o las primaveras árabes). De alguna manera el intelectual crítico se ha incorporado a estos movimientos, y posiblemente esté en la base de la conducción ideológica de los mismos. Con lo cual, su voz acaso se escucha menos individualmente, pero estamos ganando porque es una voz que se integra dentro de un colectivo que no solamente habla, sino que actúa e interviene.


Lo más importante del intelectual integrado dentro de estos movimientos es que protesta y propone, critica y ofrece alternativas (aunque sean irrealizables en este momento concreto).

 

 

¿Ése es el problema de los movimientos ciudadanos: que habitualmente se quedan en actos de rebeldía, sin llegar a proponer reformas viables para la sociedad?

El problema o la característica de todos estos movimientos es el pluralismo ideológico, la diversidad de tendencias que se da dentro de ellos. Siempre en el ámbito de la izquierda, en el terreno de la crítica hacia el neoliberalismo y en la propuesta de modelos de democracia participativa y no sólo representativa, pero, a la hora de hablar de modelos de sociedad o de configuración política de modelos económicos, es muy difícil ordenar, definir y concretar sus alternativas, precisamente por su diversidad.
Personalmente, creo que hay varios campos fundamentales en los que habría que situar el importante trabajo que están realizando en cuanto a la crítica de los poderes. 
En estos momentos los poderes anulan nuestra libertad, aunque parezca que somos libres. Por eso es muy importante la crítica al poder político (instrumento del imperio del mercado), porque la política ha quedado hoy reducida a la gestión de la economía. Una gestión al servicio de las multinacionales y del poder financiero, que lo que hace es rescatar bancos mientras la ciudadanía se queda tirada en la cuneta. Por todo esto es imprescindible la crítica al poder político abusivo, así como a los poderes económico y financiero, y también a los medios de comunicación.

¿El cuarto poder?

Evidentemente lo son. El problema es que ese cuarto poder está al servicio de los otros poderes. Y no siempre ha sido así: durante la Transición y la última etapa del franquismo los medios de comunicación de España estuvieron al servicio de la ciudadanía, defendiendo la libertad, generando conciencia crítica.

 

¿Los medios de comunicación han perdido su razón de ser desde que se convirtieron en holdings y grandes conglomerados empresariales?

Evidentemente, ahora responden a los intereses de los empresarios.
Luego, tampoco tenemos que olvidar el quinto poder, que en España es el poder religioso, representado por la jerarquía católica. Entonces, para mí el gran problema es la alianza que se establece entre los poderes, como la alianza de todos los “ismos”: el capitalismo se alía con el consumismo y con el imperialismo, el imperialismo con el colonialismo… y así sucesivamente.

 

¿Es decir, que en vez de funcionar como un contrapoder, se alían para mantenerse unos a otros?

Exacto. Por eso es muy importante que se cree una “Internacional de la Indignación” y de la protesta. Pero claro, como esa Internacional está formada por una diversidad de sensibilidades ideológicas, de planteamientos políticos y concepciones económicas, hay que llegar a unos mínimos. Y el mínimo político de estos movimientos es la defensa de la democracia participativa. Porque la democracia representativa está demostrando que no defiende los intereses de las personas a quienes representan, sino que los representantes enseguida se olvidan de los programas y de aquello por lo que han sido elegidos, y entran en un proceso de autonomía y de independencia que supone la desprotección total del ciudadano ante las listas cerradas de los partidos.
Por otra parte, en cuanto al modelo económico, el consenso que existe en estos movimientos (aunque no está articulado) es el de la democracia de la economía. Se parte de que una democracia política sin democracia económica se queda vacía. Lo mismo que una democracia económica sin democracia política desemboca en absolutismo.
Y por último, desde el punto de vista cultural, la alternativa es enfrentar el pensamiento crítico al pensamiento único, o la cultura contra-hegemónica frente a la cultura dominante.

 

¿Estos objetivos son realizables a corto o medio plazo? ¿Se trata de reformar el sistema “desde dentro”?

No estamos en tiempos de revolución. Los procesos revolucionarios se dan de una manera puntual y duran poco, porque enseguida se pasa de la revolución a la reforma, y el escalón siguiente ya es la restauración. Y el cuarto escalón es volver a la etapa anterior a los procesos revolucionarios. Entonces, yo pienso que hay que rescatar una serie de palabras que ya no se utilizan porque suenan como un tiro en un concierto: la palabra socialismo, la palabra revolución, la palabra lucha de clases… ¿Cómo se puede decir que no existe hoy lucha de clases y que la teoría de Marx sobre la lucha de clases está trasnochada, cuando en este momento la lucha de clases se da a nivel internacional? Porque antes, en un mundo menos globalizado, la lucha de clases se daba entre los trabajadores y los empresarios. Pero ahora la lucha de clases se da en el ámbito mundial entre los globalizadotes y los globalizados. Por eso es tan importante que, igual que los globalizadotes tienen sus cumbres, su coordinación y sus organismos (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la Organización Mundial de Comercio…), los globalizados respondan también de manera organizada, con unos mínimos de estructuración de todas esas luchas. Es decir, que a la globalización económica que impone el neoliberalismo, creo que hay que responder con una globalización de las luchas y de las propuestas alternativas. de lo contrario, si dejamos que funcionen la Cumbre de Davos y las Cumbre del G-8 y nosotros (los indignados, los críticos, los intelectuales comprometidos con el cambio) no establecemos una red organizativa que no se quede en lo puramente instrumental sino que tenga también sus propias estrategias; en esa lucha de clases seguirán ganando las clases globalizadoras.

 

¿Un ejemplo de que las revoluciones suelen dar paso a periodos de restauración puede ser la época post-conciliar que siguió al Concilio? ¿Desde el nombramiento del Papa Francisco ha habido otro giro del volante en la Iglesia?

Sí. Creo que la Iglesia católica es, efectivamente, un ejemplo de este proceso histórico. Si hiciéramos una evaluación de los 50 años que ya han pasado desde el Concilio, veríamos que “la primavera” o la revolución tienen siempre una etapa preparatoria. ¿Qué pasó con la Reforma protestante que empezó en el año 1517? Pues que buena parte de la última etapa de la Edad Media fue un periodo de prerreforma. Hay estudios que han comprobado que la palabra más utilizada en la Iglesia a finales del siglo XV fue la palabra reforma. Entonces, claro, eso indica que había un caldo de cultivo. Y con el Vaticano II sucedió lo mismo: no hubiera sido posible una canalización del Concilio por la vía de la reforma y del aggiornamento si a lo largo de los años 50 no se hubiera producido la nueva teología, los estudios y las investigaciones patrísticas, la reforma litúrgica, las investigaciones bíblicas… Es decir, que había cuatro o cinco movimientos que estaban necesitando de alguien que los haga avanzar y que los convierta (siendo movimientos progresistas y renovadores) en santo y seña de su proyecto. Y ése fue el caso de Juan XXIII. Si Juan XXIII hubiera convocado el Concilio sin basarse en la etapa anterior, hubiera sido un Concilio totalmente continuista. Y de hecho, así empezó. Todos los documentos preparatorios del Concilio tenían un componente escolástico y tradicional, hasta que en un momento dos cardenales protestaron en contra de que se hiciera un Concilio Vaticano II para ratificar toda la tradición escolástica e intervencionista de la Iglesia en el ámbito público, cuando eso realmente es el vinagre del vino espumoso del Evangelio. Y ahí fue cuando, con una lucidez extraordinaria, Juan XXIII vio que esos cardenales eran los que tenían que guiar el Concilio, porque estaban más cerca y habían apoyado durante la década del 50 a todos esos movimientos reformadores del campo bíblico, litúrgico, eclesiológico, etc.

 

¿El post-Concilio fue casi una contrarrevolución?

El post-Concilio creo que hay que leerlo dialécticamente, porque incluso el Papa Pablo VI (que era tan hamletiano, tan dubitativo, tan inseguro…) fue el ejemplo claro de aquel refrán que dice “una de cal, otra de arena”. Porque en el 67 publicó la Populorum Progressio, una encíclica muy avanzada sobre el progreso de los pueblos, y en cambio en el 68 dio un paso atrás prohibiendo los métodos anticonceptivos, que eran la consecuencia lógica de la idea de la paternidad responsable que había defendido el Concilio Vaticano II. Y luego, en el 71, de pronto publica otra gran encíclica social, la Octogesima Adveniens, que ha sido olvidada por el magisterio eclesiástico y por la Doctrina Social de la Iglesia. Porque esa encíclica hablaba de separar, dentro de los modelos políticos y económicos, la filosofía de las orientaciones económicas. Y lo dijo concretamente por el marxismo, para aclarar que el hecho de que el marxismo parta de una filosofía atea o materialista no significa que sus propuestas sociales y sus análisis de la realidad no tengan que ser tenidos en cuenta.
Sin embargo, después Juan Pablo II y Ratzinger analizaron el marxismo como un todo. No separaron la filosofía, de los análisis científicos, ni de las propuestas revolucionarias. Por eso a mí me parece que uno de los grandes errores de Benedicto XVI cuando era cardenal presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe en su juicio sobre la Teología de la Liberación fue ése: decir que estaba influenciada por la teoría marxista y que no la asumía críticamente.
Eso no es verdad, los teólogos de la Liberación no asumen la filosofía marxista atea y materialista, sino que recurren al marxismo como método de análisis de la realidad, que les es útil y les sirve para analizar la realidad tan conflictiva desde el punto de vista económico de América Latina, donde el 80% de la población (las mayoría populares) vivían en una situación de miseria absoluta. Entonces, claro, Ratzinger interpretó que el marxismo es un todo y que, por tanto, si se acepta el análisis de la realidad hay que asumir también la ideología. Pero no es verdad.
Por eso espero que con este Papa cambien las cosas y se vuelva a ese planteamiento. Es decir, no tanto condenar ideologías que parecen contrarias desde el punto de vista doctrinal al cristianismo, sino buscar puentes de diálogo.

 

¿Tienes esperanza al respecto?

Sí. Me parece que no se va a volver a la etapa anterior. Lo único que creo que Francisco necesita es contar con asesores y con grupos religiosos dentro de la Iglesia que le acompañen en este proyecto de transformación. Lo digo muy claramente: tiene que cambiar de amigos y de compañía. 
Las alianzas que hicieron los papas anteriores con los movimientos eclesiales tienen que tornarse alianzas con las congregaciones religiosas más potentes, más comprometidas social y culturalmente con el cambio y con los nuevos climas de diálogo. Y tiene, al mismo tiempo, que superar esa demonización que se hizo de todos los movimientos cristianos de base. No digo que se canonicen, se bendigan ni se conviertan en el centro, pero que se respete el pluralismo.

 

¿O sea que tiene que cambiar de alianzas?

Sí. Y tiene que empezar por hacer una buena elección de los miembros de la curia. Yo ya estoy observando algo que me preocupa, y que son las constantes correcciones que está haciendo al Papa el presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, Müller. Creo que le hizo caer en una trampa al poco tiempo de ser elegido Papa, cuando escribió una carta a las religiosas norteamericanas diciendo que se mantendría el control por parte del arzobispo de Seattle (para que se “recondujeran”) y que se mantenían también las críticas que se les hiceron en la etapa de Benedicto XVI. Me sorprendió mucho, porque esto choca frontalmente con el planteamiento de apertura y de pluralismo de Francisco. Pero claro, cuando unos meses después se atrevió a corregirle otra vez ante la sugerencia (que no en afirmación asertiva) que hizo el Papa Francisco sobre los divorciados vueltos a casar, le dijo que el Código de Derecho Canónico de la Iglesia no lo permite. Y eso es muy peligroso.
Por eso pienso que las alianzas requieren que el Papa cuente con buenos asesores que vayan en su misma dirección, que se apoye en organizaciones fiables y que históricamente han demostrado que tienen mucha consistencia y presencia en los ambientes de marginación, y que tenga cuidado con que sigan teniendo protagonismo (implícito o explícito, visible o invisible) los nuevos movimientos eclesiales que fueron los que lideraron la Iglesia en la etapa anterior. 
Si Francisco me llamara y me dijera que no está de acuerdo con algunas de mis intervenciones públicas, o que hay una parte de mi teología que hay que matizar, y me lo dijera cordialmente, sin anatematizarme, invitándome a participar y a colaborar, me parecería que eso es lo propio. El comienzo de la democratización.
Lo que no se puede aceptar son las condenas y las censuras anteriores.

 

Entre los 50 intelectuales del libro hay eclesiásticos, cristianos, personas que contemplan la vida desde una óptica no creyente… ¿Cuál de ellos representa para ti el modelo de intelectual?

No tengo un modelo, porque eso implicaría una selección excluyente. Antes de escribir el libro tenía una lista de 60 o 65 intelectuales, y tuve que reducir para que quedara un título redondo. Fue un encargo del editor, Ignasi Moreta. Uno de los pocos libros de encargo que yo he escrito, pero con el que me siento muy satisfecho. Lo que hice fue tratar de recoger la pluralidad que se da dentro del ámbito de los intelectuales hoy. Por eso, desde el punto de vista religioso, en el libro hay ateos, agnósticos, incrédulos apasionados (como Albert Camus), y creyentes de las diferentes tradiciones (aunque aquí la limitación me venía impuesta por mi desconocimiento de las tradiciones que no fueran las monoteístas): teólogos protestantes, católicos, musulmanes y judíos. Y también están representadas las distintas disciplinas: hay filósofos, científicos sociales, politólogos, estudiosos de las ciencias de las religiones… además de diferentes ideologías (el socialismo, el marxismo, el liberalismo, el feminismo, el ecologismo, el pacifismo…). Entonces, se podría decir que mi retrato robot del intelectual modélico sería la síntesis de todas las propuestas que se hacen de una sociedad alternativa, y de la crítica que los intelectuales hacen de todos aquellos desajustes y de la negatividad de la historia en los diferentes campos (en el ecológico, el de género, el económico, etc.). 
Pero claro, no hay un intelectual que resuma o que aúne todas esas características.

 

Vivimos momentos de crisis, de maltrato, de una separación cada vez mayor entre ricos y pobres… ¿Tienes esperanza en el futuro de nuestra sociedad?

Yo diría que soy un “pesimista esperanzado”. O, dicho de otra forma (con una frase de Gramsci), sufro el “pesimismo de la razón”, pero creo en el “optimismo de la voluntad”. Los poderes de los que hemos hablado anteriormente no tienen los pies de barro (al contrario de lo que puede parecer), así que optimismo ingenuo no podemos tener, porque chocaríamos contra la realidad. Pero la esperanza, que es lo último que se pierde, creo que está muy bien canalizada ahora mismo a través de todos estos movimientos y tendencias.
Es decir, que debajo del gran bloque de hielo que es la sociedad, hay agua. Y el agua ya está empezando a salir por los poros, aunque sea en forma de pequeñas fuentecillas. El propio compromiso y el propio pensamiento crítico ya suponen un cambio y una transformación. Ahí es donde radica mi esperanza, siendo consciente de que la solución no está al alcance de la mano ni va a venir mañana, sino que las cosas pueden incluso ponerse peor.
Estoy de acuerdo con el refrán que dice “más vale encender una vela que maldecir la oscuridad”. Necesitamos luces y necesitamos metas, porque si no sabemos dónde vamos, nunca vamos a llegar. Y lo que quiere ofrecer este libro es una especie de brújula para que no nos perdamos por los caminos.
Lástima que no podamos convocar a estos 50 intelectuales a una gran mesa redonda (muchos han muertos y otros ya son mayores), pero sería maravilloso.

 

Algunos titulares:

-Faltan intelectuales que denuncien los comportamientos corruptos de los poderes públicos

-El intelectual debe comprometerse con la crítica al poder, pero también con la crítica a la sociedad adormecida de nuestro país

-Los poderes anulan nuestra libertad, aunque parezca que somos libres

-La política ha quedado hoy reducida a la gestión de la economía

-Debemos crear una “Internacional de la Indignación y de la Protesta”

-Antes la lucha de clases se daba entre los trabajadores y los empresarios, ahora se da en el ámbito mundial entre los globalizadores y los globalizados

-El Papa Francisco tiene que cambiar de amigos y de compañía

-Tengo esperanza, pero soy consciente de que la solución no está al alcance de la mano y que las cosas pueden incluso ponerse peor

-Necesitamos luces y necesitamos metas, porque si no sabemos dónde vamos, nunca vamos a llegar

 

 

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