Manual de sumisión José María Castillo, teólogo

 

El Roto publica en el suplemento dominical de El País, su ocurrente y genial viñeta. Hay que verla. Yo voy a intentar explicar a los lectores lo que en esa viñeta se refleja, se dice, se evoca, que es mucho más de lo que parece a primera vista. El dibujo se titula “Manual de sumisión”.

Y lo que allí se ve es una mujer joven, guapa, con su pelo aplastado a la cabeza, muy a la antigua, vestida de “andar por casa”, con su mandil, en la cocina, y cortando (con una mano) en trozos pequeños, mediante un enorme cuchillo, no sólo tacos pequeños de alguna comida, quizá carne, sino que además – y esto es lo decisivo – la mujer se está cortado, lo mismo que corta la carne, se propia carne, hasta el punto de que, tal como figura en la viñeta, ya se ha cortado una mano entera que ni se ve en el dibujo. Mientras tanto, la “mujer sumisa” sonríe son una expresión dulce, encantada y encantadora.

Así ha resumido el Roto el manual de la sumisión, que el arzobispado de Granada está difundiendo al editar y vender el tan comentado libro de Constanza Miriano, “Cásate y sé sumisa”. Un libro del que en estos días se habla tanto. Y un libro del que la propia autora ha comentado que, en muchas librerías, se encuentra en la sección de humor, y del que “L’Osservatores Romano”, el diario del Vaticano, ha dicho que es “un divertido manual de evangelización”.

¿Divertido? ¿para la sección de humor? Seamos serios. Este asunto no tiene ninguna gracia. Al contrario, a mí por lo menos, me provoca indignación, vergüenza y hasta ganas de gritar: ¡Basta ya! Si los evangelios se leen atentamente, pronto se da uno cuenta de que las mujeres, precisamente las mujeres, son el único colectivo con el que Jesús jamás tuvo el menor conflicto. Siempre las trató con el mayor respeto, la comprensión, la tolerancia, la delicadeza, la bondad y la ternura, que tantas veces no se tiene con ellas. De forma que hasta cambió su manera de pensar y de hablar por lo que le dijo justamente una mujer pagana, la mujer cananea, cuya fe enorme (elogiada por el propio Jesús) consistía en el cariño inmenso que aquella madre le tenía a su hija enferma (Mt 15, 21-28; Mc 7, 24-30). Para Jesús, la fe no era asunto de ortodoxia doctrinal, sino experiencia de bondad humana. Como ocurrió con el centurión romano (Mt 8, 5-13; Lc 7, 2-10; Jn 4,3-54).

Es evidente que el libro sobre la sumisión de la mujer al hombre, sea o no sea fiel a las presuntas enseñanzas de san Pablo, es lo mismo que sancionar, mediante una supuesta revelación “divina”, que lo que dijera san Pablo (si es que lo dijo) tiene hoy más peso y autoridad que los derechos humanos. Y la consecuencia, ahí está: mujeres humilladas, usadas, abusadas, esclavizadas, maltratadas y, si es preciso, asesinadas. ¿Es que no ha habido ya bastante desigualdad y demasiada desvergüenza en el tratado que la sociedad, el derecho y los poderes públicos le han dado a la mujer durante milenios? ¿A qué viene ahora vender y propagar ideas trasnochadas, indignantes, injustas, que lo único que consiguen es desprestigiar y dividir más a la Iglesia? ¿No ha habido ya suficiente desigualdad en derechos y garantías entre hombres y mujeres?

Y, ¡por favor!, que no nos vengan ahora diciendo que el hombre tiene que amar a la mujer. Por supuesto, que tiene que amarla. Pero, antes que eso, lo que tiene que hacer es respetarla. Y aceptar gustosamente, no solamente sus diferencias, sino sobre todo sus derechos, que son los mismos que los derechos del hombre. Porque o yo estoy más desorientado de lo que me imagino; o lo que en todo este asunto está en juego es mucho más profundo de lo que sospechamos.

Y es que me temo que el fondo de la cuestión está en un problema mucho más fuerte: para que la sociedad funcione como funciona, sobre todo en la gestión del poder y en la organización de la economía, es absolutamente indispensable la desigualdad de derechos entre hombres y mujeres. El día que las mujeres tengan los mismos derechos y la misma dignidad que los hombres, ese día habrá que modificar casi todas las leyes, buena parte de las constituciones, y muchos números de los códigos: el procesal, el civil, el penal y, por supuesto, el derecho canónico. Y eso, amigos míos, es lo que no estamos dispuestos a que suceda, empezando por los hombres de la religión. En esto, muchos ni pensamos. Ni nos damos cuenta de que es así. Pero el hecho es que la realidad, así funciona. Y nos da miedo, mucho miedo, de que el kósmos se convierta en kaos. ¿No será el miedo al kaos el motor determinante de la brutalidad que estamos viviendo? A no ser que ese miedo sea el camuflaje del kósmos que no queremos. En tal caso, por honradez, ¡apaga y vámonos!

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