PROBLEMAS DE IGUALDAD DE GÉNERO

No por reiterada la reflexión sobre temas que afectan injustamente a colectivos humanos, se ha de silenciar la denuncia o la propia reflexión. Y este es el caso que ocupan estas páginas cargadas de indignación. A nivel nacional e internacional, se da una contestación pública y social a todo lo que significa violencia, en este caso me refiero a la violencia de género, es decir, a la agresividad física y brutal, en unos casos, y psicológica en otros, que el hombre ejerce contra la mujer y, otras veces, al revés. Este comportamiento se intenta explicar desde esa gran desigualdad que existe entre el hombre y la mujer en muchas culturas orientales y occidentales.

 En realidad, ¿somos diferentes el hombre y la mujer? Desde un punto de vista biológico y también psicológico existen muchas diferencias que no debemos negar: hombre-mujer, varón-hembra, son sexos diferentes pero complementarios. Los dos se necesitan en las relaciones y en la convivencia humana. Sin esa complementariedad, la vida no existiría, al menos como la conocemos.

 

Ahora bien, desde la aplicación de los derechos y obligaciones, la Ley Natural no establece ninguna diferencia. Tampoco las leyes humanas que existen en la mayoría de los países. La vida se da por igual en ambos sexos. La vida no diferencia entre hombre y mujer, tampoco entre niños, adultos y ancianos. Donde se escriben y aplican leyes y normas que imponen diferencias en los derechos, responsabilidades y comportamientos distintos, es en las culturas y tradiciones de los pueblos, muchas veces mezcladas con criterios religiosos, que responden a conductas machistas, en las que el hombre quiere imponer su voluntad a la mujer, hasta llevarla, en muchos casos, a una situación de esclavitud y dependencia total del hombre.

 Aunque sobre este asunto ya se ha hablado y escrito bastante en todos los medios de comunicación conocidos, y se seguirá hablando y escribiendo, yo quisiera centrar la atención en algo que me parece importante. Independientemente de las razones históricas, culturales o religiosas, ¿por qué se producen estos comportamientos?, ¿cuáles son los fundamentos que llevan al ser humano a querer imponer condiciones de vida tan inhumanas?, ¿qué mueve, en realidad, a esas conductas?

 

Lo que hace que las culturas, las tradiciones y las connotaciones religiosas que se pretenden inculcar para que se den estos comportamientos machistas, son las actitudes de las personas que se mueven por intereses, privilegios, poder, reconocimiento… Y así se escribe la historia, nuestra historia. La historia de cada pueblo. El hombre lleva la fuerza y la mujer la sumisión. Por lo tanto, no son mandatos divinos ni leyes naturales las que establecen esas diferencias entre el hombre y la mujer. Son las actitudes de esas personas, los hombres, quienes las imponen y con el tiempo se ha hecho una norma de vida asumida en determinadas sociedades humanas.

 Pues bien, a partir de esta reflexión y teniendo en cuenta que las actitudes de cada persona (hombre o mujer) dependen exclusivamente de cada uno, nunca del otro, se han de valorar las mismas desde nuestra propia realidad como ser humano, para poder cambiar muchas situaciones desde un plano de igualdad.

 Para ello, pienso que se ha de afrontar la vida desde la perspectiva de la realidad que es cada uno, con respeto, para poder transformar todo aquello que dificulta mi libertad y mi propio desarrollo como hombre o como mujer. Se ha de fortalecer, a partir de esas otras actitudes que favorezcan ese plano de igualdad, la estructura de nuestra persona como ser humano. Por lo tanto, y para conocer bien lo que intento explicar, he aquí algunas preguntas que podemos hacernos: ¿Sé bien quién y cómo soy yo? ¿Conozco sinceramente cómo son las actitudes y las motivaciones que definen mi forma de vivir? ¿Conozco con honestidad el valor y la repercusión que tiene mi vida en el entorno personal, familiar, profesional y social? ¿Soy consciente de cuáles son los criterios y valores que mueven mi conciencia? ¿Me dejo llevar por mi propia voluntad o por la voluntad de otro, y cuáles son los intereses que mueven esa voluntad? Es cierto que cuesta mucho contestar a estas preguntas, y procuramos obviarlas con demasiada frecuencia, pero es necesario hacérselas porque, posiblemente, comprenderemos mejor las razones que provocan esa violencia de género que tanto daño hace a las personas que la sufren.

 Para asumir responsabilidades de cualquier tipo en la vida es imprescindible tener ese conocimiento de uno mismo, de su persona, de su realidad, de quién es y cómo es. Y para trabajar las actitudes que modelan la conducta, se han de conocer de la mejor manera posible; es decir, conocer los puntos fuertes y los puntos débiles que inducen o controlan esos impulsos que llevan a maltratar a otro.

 A veces, y dentro del campo de las probables patologías  que pueden afectar a los agresores, los puntos débiles son sombras o huellas que acompañan al agresor y están presentes en su subconsciente. Son experiencias negativas de violencia física o psicológica recibidas posiblemente en su infancia y están retenidas en su mente. Por esa misma razón deben ser tratadas por especialistas, sometiéndose, en este caso el agresor, a un programa de rehabilitación. Se trata, en definitiva, de reeducar la voluntad y los impulsos que conducen a ejercer la violencia de género.

 No olvidemos, tampoco, que en muchos aspectos, la sociedad misma está enferma. Las instituciones sociales, políticas y religiosas que representan a colectivos locales, provinciales, nacionales e internacionales, con demasiada frecuencia, no son buenos ejemplos de comportamientos éticos; y estas malformaciones sociales se trasladan a modelos de conducta que se insertan en los seres humanos a nivel personal. Los intereses y prioridades que se valoran hoy en las culturas que se transmiten a todos los niveles, no están encauzados hacia el bien común de la humanidad. De ahí la existencia de tantas y tan extremas diferencias en las condiciones de vida de millones de criaturas que reclaman justicia y equidad. Y tanta corrupción y desestructuración alteran y deforman considerablemente las actitudes de los seres humanos. De ahí las respuestas conductuales. Sólo hay que mirar el índice de ansiedad, depresiones y reacciones violentas que afectan a tantas personas en nuestro mundo actual.

 Y ya es hora de decir: ¡basta de tantas injusticias, ¡basta de tanta corrupción!, ¡basta de tanta violencia!

 José Olivero Palomeque

 

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