ANTE LAS ELECCIONES EUROPEAS: POR UNA EUROPA DEMOCRATICA. Editorial de Redes Cristianas

Europa
Fuente: Redes Cristianas

Una vez más, los ciudadanos de la Unión Europea estamos convocados a unas elecciones parlamentarias. Éste es el elemental ejercicio de toda democracia.
Sin embargo, hoy el modelo institucional de la UE difiere sustancialmente de un modelo democrático tradicional: el Parlamento que elegiremos el día 25 es más una cámara consultiva que una cámara de representación, porque los resultados electorales no determinan el gobierno de la Unión, que se “elige” por un mecanismo alternativo; lo que aprueba el Parlamento no se traduce automáticamente en normas de aplicación en todo el territorio y está supeditado a otros acuerdos, etc. Sin duda, la institucionalidad política del modelo europeo supone un bajo nivel de democracia.

Pero el problema central está en que lo que verdaderamente estructura el entramado de la UE es el modelo económico. Hoy Europa consagra una gestión económica neoliberal, donde los intereses de las élites económicas se imponen al conjunto de la población, excluyendo toda posibilidad de modelos alternativos. Se trata del desmonte del estado de bienestar. Por eso, quienes tienen realmente el poder carecen de interés en que las cosas cambien en el sentido de la construcción de una democracia normal.

En su estadio actual, la UE es la combinación de una estructura de poder en la que participan las élites de los países hegemónicos y las grandes empresas y perjudica a las mayorías en temas fundamentales: ausencia de un sistema de derechos sociales que garantice coberturas básicas; niveles de desempleo intolerables en algunos países; débil regulación de los derechos laborales que permite el desarrollo de una competencia entre trabajadores de distintos países, que se traduce en deslocalizaciones de actividades industriales; falta de perspectivas para la juventud; desaparición de la soberanía nacional en beneficio de centros de decisión exteriores incontrolables, causa de que la democracia ya de baja intensidad de los Estados-nación se convierta en algo ya completamente hueco; la libertad de cada país respecto a las regulaciones fiscales genera la paradoja de que dentro de la UE se encuentren buena parte de los paraísos fiscales. Las políticas migratorias tratan de crear una fortaleza que impida la libre entrada de foráneos. Todo ello se apoya en la explotación de unos valores de eurocentrismo de nuevo cuño, con un racismo latente.

Como marco institucional, con su recalcitrante propuesta de recortes y priorización la deuda, la UE se ha mostrado una gestora desastrosa de la crisis económica. Ha contribuido a la generación de mayores desigualdades y no tiene propuestas serias que hacer frente a los graves problemas ambientales a los que nos ha conducido el productivismo capitalista. Existe la creciente sensación, sobre todo en los países endeudados, de que la UE es un régimen autoritario y antidemocrático, dispuesto a suspender los procedimientos democráticos invocando urgencias económico-financieras que permiten echar a jefes de gobierno, cambiar constituciones acorazadas en 24 horas, nombrar a tecnócratas al frente de países o ignorar referéndums; la “democracia conforme al mercado” definida por Merkel.

Como alguien dijo, Europa no es solo Beethoven, la Ilustración y Galileo, sino también la Inquisición, Auschwitz y el imperialismo. Con sus directrices actuales hoy la UE tiende a caminar por este segundo camino.

Sin la promesa de prosperidad con la que antes contaba, el proyecto europeo se convierte cada vez más en una pregunta: ¿para qué necesitamos Europa, el euro, la UE? Ante esta situación es necesario generar respuestas y tratar de articular una alternativa que plantee un modelo de Europa social distinto. Esto supondría:

Forzar un cambio en la forma de elaboración de las políticas, lo que supone tanto propugnar un nuevo marco institucional como la eliminación del poder que tienen las multinacionales sobre el mismo.
Imponer un marco social común que garantice derechos básicos y evite la presión de la competencia “hacia abajo”.
Ofrecer propuestas de cambio en el funcionamiento de las instituciones económicas que promuevan efectivamente la igualdad tanto en términos de género como en términos sociales y entre países.
Poner freno a las políticas privatizadoras de los bienes y servicios esenciales.
Transformar las políticas migratorias y, al mismo tiempo, el marco de relaciones con los países extracomunitarios.
Reconocer la gravedad de la crisis ambiental y exigir un enfoque de ajuste de la organización económica y social que evite el desastre y posibilite la transición hacia una sociedad realmente sostenible.
Bloquear todas las tendencias antidemocráticas dominantes y que están asociadas al mantenimiento del statu quo actual.
Apoyar el desarrollo de movimientos sociales y experiencias de cambio que propicien una nueva hegemonía social.

Seguramente todo esto es una especie de carta de buenos deseos. Pero son deseos necesarios que debemos exigir a quienes piden ser nuestros representantes. Y si cumplen, no debemos dejarlos solos en estas tareas. Hay que propiciar un cambio de ciclo político y social. Dinamitar un imperio para que pueda nacer un nuevo marco de instituciones promotoras del bienestar para todos, la sostenibilidad ambiental, la justicia, la igualdad y la democracia.

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