¿Aborto y votos? No, algo peor. José M. Castillo, teólogo

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Fuente: Teología sin censura
La cosa está clara. Ya lo sabemos: Rajoy ha tumbado el proyecto Gallardón y al propio ministro Gallardón, sobre la ley del aborto, por intereses electoralistas. Lo que ha dejado en evidencia que a nuestros gobernantes (con honrosas excepciones) les importan más los votos, para seguir mandando, que las vidas de los más débiles e indefensos, como han dicho y repetido, de forma insistente y machacona, nuestros obispos. Quienes se muestran más papistas que el papa, mandan a los representantes del papa a tomar viento cuando ven que su propio poder se pone en peligro.

Pero mi interés no es ahora descubrir el “mare nostrum”. Si la cosa está tan clara, ¿a qué viene ahora seguir remachando un clavo que ya está clavado y bien clavado? Muy sencillo. Porque aquí, y en esto, ha quedado patente un asunto que a todos nos tendría que hacer pensar. Los políticos saben muy bien que su poder depende de las ideas y preferencias de los electores. Pues bien, si esto efectivamente es así, ¿por qué nosotros seguimos votando a favor de quienes siguen tomando y manteniendo decisiones que nos dañan a nosotros? ¿Estamos locos de remate o es que vivimos en Babia? Y conste que, al decir esto, ya no me refiero al tema del aborto. Porque pienso que el problema de fondo, que ha desencadenado la crisis de gobierno del ministro Gallardón, rebasa con mucho las graves cuestiones que, en este momento, afectan al ministerio de justicia, incluido el inminente y espinoso asunto de Cataluña. ¿A qué me refiero?

Me refiero al problema de fondo en el que estamos metidos y del que, por lo visto, el actual gobierno de España se ha dado cuenta de que no salimos. Se trata del problema que consiste en que, por más evidente que parezca otra cosa, ya no son los políticos los que tienen el poder de gobernar. Nos gobiernan los mercados y el mundo de los negocios. Los políticos dictan leyes y esas leyes tienen sus fronteras. Los mercados financieros no tienen fronteras y la economía capitalista es la que impone su soberanía, haciendo ricos, increíblemente ricos, a unos pocos, con la dramática consecuencia de que seguimos siendo pobres, y cada día más pobres, todos los demás. Y lo que es peor y más patético: en esta espantosa situación, ya no hablamos de individuos y familias. Estamos hablando de países y continentes enteros. Europa es y seguirá siendo rica, de la misma manera que África es y seguirá siendo pobre. Y si hablamos de Europa, en ella los países del Centro y del Norte son los ricos, al tiempo que los países del Sur estamos condenados a seguir tirando en la estrechez y la carencia. Más en concreto: en Europa manda Alemania, que se ha sobrepuesto a Francia y a quienes estamos por debajo de Francia.

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