UNA TIERRA QUE AGONIZA

El crecimiento es más que un dato económico: es un dogma. Sin que pueda ser cuestionado, organiza la sociedad, la producción, el consumo, el trabajo, y el Estado de bienestar. Sin embargo, es urgente salir de esta ‘sociedad del crecimiento’ que hoy amenaza gravemente el bienestar y el planeta, y apostar por una ‘sociedad del vivir bien’ regida por otros valores y conceptos compatibles con la justicia y la ecología.

Las ciudadanía de los países enriquecidos, en su gran mayoría, asumen la idea de que la sociedad de consumo actual puede “mejorar” hacia el futuro (y que debería hacerlo). Mientras tanto, buena parte de los habitantes del planeta esperan ir acercándose a nuestros niveles de bienestar material. Sin embargo, el nivel de producción y consumo se ha conseguido a costa de agotar los recursos naturales y energéticos, y romper los equilibrios ecológicos de la Tierra.

Las investigadoras y los científicos más lúcidos llevan dándonos fundadas señales de alarma desde principios de los años setenta del siglo XX.

De proseguir con las tendencias de crecimiento vigentes (económico, demográfico, en el uso de recursos, generación de contaminantes e incremen-to de desigualdades) el resultado más probable para el siglo XXI es un colapso civilizatorio.

Necesitamos construir una nueva civilización capaz de asegurar una vida digna a una enorme población humana (hoy más de 7.200 millones), aún creciente, que habita un mundo de recursos menguantes. Para ello van a ser necesarios cambios radicales en los modos de vida, las formas de producción, el diseño de las ciudades y la organización territorial: y sobre todo en los valores que guían todo lo anterior. Necesitamos una sociedad que tenga como objetivo recuperar el equilibrio con la biosfera, y utilice la investigación, la tecnología, la cultura, la economía y la política para avanzar hacia ese fin.

Seguimos atrapados en la dinámica perversa de una civilización que si no crece no funciona, y si crece destruye las bases naturales que la hacen posible. Nuestra cultura, tecnólatra (veneración incondicional a la tecnología) y mercadólatra (veneración incondi-cional al mercado), olvida que somos dependientes de los ecosistemas e interdependientes.

Para evitar el caos y la barbarie hacia donde hoy estamos dirigiéndonos, necesitamos una ruptura política profunda con la hegemonía vigente, y una economía que tenga como fin la satisfacción de necesidades sociales dentro de los límites que impone la biosfera, la inercia del modo de vida capitalista y los intereses de los grupos privilegiados.

No bastan políticas que vuelvan a las recetas del capitalismo keynesiano. Estas políticas nos llevaron, en los decenios que siguieron a la segunda guerra mundial, a un ciclo de expansión que nos colocó en el umbral de los límites del planeta. Un nuevo ciclo de expansión es inviable: no hay base material, ni espacio ecológico y recursos naturales que pudieran sustentarlo.

Tenemos un lustro para asentar un debate amplio y transversal sobre los límites del crecimiento, y para construir democráticamente alternativas ecológicas y energéticas que sean a la vez rigurosas y viables.

La Organización Meteorológica Mundial afirma que la acumulación de gases de efecto invernadero marca otro máximo histórico, que el mayor incre-mento anual en 30 años de CO2. La ONU es más tajante que nunca: si los países no hacen nada para impedirlo, las consecuencias del cambio climático para el planeta serán “severas, continuas e irreversibles”.
“La actual crisis y la decadencia del sistema capitalista se evidencian ahora en la crisis y frivolidad de los valores sistémicos, en el curso de las cuales el sistema formatea individuos Light, alienados, aldeanos, sectarios y colonizados, incapaces de comprender el capitalismo que los explota y domina, cuyos valores asumen como si fueran auténticos valores, porque justamente el complejo poder burgués los ha impuesto como tales falseando sus conciencias“ (Camilo Valqui)
Aprender a vivir con menos materiales y energía es una obligación por los límites físicos del planeta. La clave está en si se hace desde un reparto más justo y equitativo de la riqueza.

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