La política, ¿ética o estética? José M. Castillo, teólogo

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Fuente: Teología sin censura
El conocido especialista en la historia política de Europa Central, Tony Judt, ha dicho que “de la política pública se pasa de forma natural a la preocupación por la estética de la vida pública”. Y eso, ni más ni menos, es lo que está pasando. Los que se dedican, públicamente, a la política suelen desplazarse – seguramente sin darse cuenta de lo que les pasa a ellos – de “lo ético” a “lo estético”. O sea, suelen pasar del deber ético a la imagen pública. De ahí que cuando “quedan bien”, ante los oyentes o los periodistas, tienen la impresión de que “hacen bien” al país o a la sociedad. Así, y sin duda con buena voluntad, los políticos han arruinado la política. Y se han arruinado a sí mismos, como políticos.

Pero lo más grave de este asunto no es que esto les pase a los políticos. Si somos lúcidos y honestos, tendremos que reconocer que exactamente lo mismo que les ocurre a los políticos, eso es lo que nos pasa a todos. Y el que tenga las manos limpias, que tire la primera piedra. Por desgracia es demasiado frecuente que a todos (o casi todos) nos preocupe más “quedar bien” que “hacer el bien”. Por eso, cuando no hacemos lo que tendríamos que hacer, lo que en realidad hacemos es callar, ocultar, disimular, hacer lo posible (incluso lo imposible) “para que no se sepa”. Por la misma razón e idéntico motivo por el que nos gastamos más dinero en perfumes, joyas y marcas, que en sacar del barro y de la mierda a mendigos, refugiados o inmigrantes.

Y que nadie me venga diciendo que ahí está Cáritas, tal o cual ONG, el comedor de la parroquia o tantas y tantas obras de beneficencia. No. No me vengan con eso. Si a Vd le preguntan de qué vive, ¿le gustaría tener que responder que vive “de la caridad”? La caridad está bien para salir al paso de un desastre o escapar de una emergencia. La sociedad y el Estado se tienen que gestionar desde “el derecho a tener derechos”. Todo lo que no sea eso, en los tiempos que vivimos, es estar en la inopia. Por no decir, en la más miserable desvergüenza.

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