A lesbianas, gais, transexuales y bisexuales. José Arregui, teólogo

José Arregui1
Fuente: El blog de José Arregi
Amigas, amigos: gracias por invitarme a vuestro encuentro anual de Creyentes Cristianos LGTB en el Santuario franciscano de Santa María de Regla en Chipiona (Cádiz). Bellísimo lugar de paz acariciado por el mar Atlántico, mecido de día y de noche por el rumor de sus olas. Gracias a los franciscanos por su efusivo abrazo fraterno y, sobre todo, por acogeros cada año con la libertad y la bendición de Francisco de Asís a su hermano León, bendición presente en todos los rincones del santuario: “El Señor te bendiga y te guarde…”. Sí, la Vida os bendice.

No os bendice Dios o la Vida a pesar de ser gais, lesbianas, bisexuales, transexuales, sino por ser lo que sois. Bendecid vuestra vida por ser como sois, por vuestro cuerpo como es –el cuerpo nunca miente–, por vuestra orientación sexual, por vuestra identidad de género. “Gracias porque nos hiciste de todos los colores”, rezaba el lema de vuestro encuentro. Así sea. Que cada una, cada uno, se goce de lo que es. Que dé gracias por el color propio y único de su vida, como el azul del cielo de Chipiona, el verde de sus aguas, el amarillo de su playa, todos los colores del arcoíris.

No os acoge Jesús “con misericordia”, como se dice en los evangelios que acogía a “publicanos y pecadores” y comía con ellos; como recuerdan con la mejor intención algunos buenos teólogos cuando hablan de vosotros u os hablan, admitiendo sin saberlo o insinuando sin quererlo que, por vuestra condición, necesitáis una mirada de indulgencia, un trato de conmiseración. Como si llevarais sobre vosotros un problema, una enfermedad o una culpa.

La Iglesia no os debe comprensión y misericordia, sino reconocimiento. Que reconozca lo que sois como bueno, tan bueno como ser rubio en un país de morenos. Y no basta con decir como el papa Francisco cuando le preguntaron sobre los homosexuales: “Si son así, ¿quién soy yo para juzgarlos?”. Está bien, ya es mucho, pero imagina que un periodista le hubiera preguntado: “Papa Francisco, ¿qué le parece un matrimonio heterosexual?”. ¿Crees que el papa hubiera respondido: “Si la vida les ha hecho así, no soy quién para juzgarlos”? Que pase la Iglesia Católica de trataros con misericordia a trataros con respeto, y de respetaros tolerantemente a reconoceros verdaderamente. El problema es suyo. El problema es nuestro.

Lleváis sobre vosotros el terrible estigma de milenios de cultura machista, de negación de cultura, de desprecio del otro, de maltrato a la vida, de simple ignorancia… Cargáis todavía con el anatema de la institución eclesial, por puro desconocimiento, por la dureza de mente o tal vez también de corazón. Las religiones en general –desde las tradiciones del oriente hasta los grandes monoteísmos– tienen pendiente una revolución cultural y espiritual que les lleve a reconciliarse profundamente con el cuerpo, el sexo, el placer.

En la raíz de la homofobia se halla justamente un problema con el cuerpo, el sexo y el placer. Y no se olvide que la homofobia más agresiva responde casi siempre a la propia homosexualidad mal vivida; la psicología y la sociología (la sociología eclesiástica en particular) lo corroboran.

Algún día la Iglesia os pedirá perdón de lo que aún sostiene falsamente, en nombre de Dios. Y borrará del Catecismo de la Iglesia Católica, como otras cosas, esa absurda afirmación de que “los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” y abandonará de una vez su argumento preferido: que la Biblia y la tradición “siempre” lo han enseñado así. Es históricamente falso, pues hay que buscar e interpretar mucho para encontrar en la Biblia condenas claras de la homosexualidad; en cuanto a la historia de la Iglesia, abundan testimonios y documentos de que, sobre todo antes del siglo XIV, la práctica homosexual estuvo no solo tolerada, sino que incluso fue bendecida como sacramento.

Pero el argumento de que lo que dicen la Biblia y la tradición es verdad absoluta y ha de ser mantenido para siempre de manera inamovible es, sobre todo, teológicamente falso. Justifica opiniones insensatas solo porque “está escrito”. Absurdo. ¿Acaso no leen los obispos en la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, que Dios prohíbe comer cerdo, mariscos, conejo o embutidos? ¿No leen en la Carta a Timoteo que los obispos han de ser casados? En realidad, solo leen lo que quieren. Llaman Dios a sus fobias y obsesiones.

Pero el Espíritu se mueve. Las religiones se mueven, a pesar de sus escrituras y tradiciones. Se ha movido el Dalai Lama. Y muchos rabinos liberales. Y muchos obispos anglicanos. ¿Se moverán los obispos católicos? ¿Se moverá el papa Francisco también en esta cuestión? ¿Se reconciliarán con la Vida?

Amigo, amiga homosexual, el ángel de la anunciación te dice como a María: Alégrate de ser como eres, lleno/a de gracia, sacramento del amor en tu propio color bello y santo. Quiere lo que eres y sé lo que quieres.

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