La Tierra es de Dios. Apuntes para una teología de la Tierra. José Arregi

José Arregui1

Ponencia pronunciada en la XVIII Semana Andaluza de Teología

José Arregui1Para esta intervención me propusieron como título: “La Tierra es de Dios”1. Es un buen título: redondo, rotundo… y equívoco. Pero el ser equívoco lo hace mejor, pues provoca objeciones y suscita la reflexión. ¿Qué significa que la Tierra es de Dios? ¿Significa que Dios es el Gran Terrateniente, el soberano Propietario de toda la Tierra, el Creador omnipotente que con su designio inapelable rige la Tierra desde el Cielo? ¿O significa que la Tierra es objeto de elección y posesión única, o cuando menos especial, por parte de Dios, a diferencia de la Luna, Marte, Mercurio y el sol y las estrellas tan incontables y bellas, lo que haría a nuestro planeta el centro teológico del universo en expansión?

Por supuesto que no. Decir “Tierra” es decir esta parte infinitesimal de un universo infinito o al menos inmenso, polvo de estrellas antiguas y extintas, maravilloso y frágil planeta nuestro que nos engendra y que somos. Decir “Dios” es decir la Fuente, el Fondo, el Corazón misterioso de todo cuanto es, el Espíritu que vibra en la partícula del átomo y del universo entero, la Energía originaria que exista el movimiento, que hace que todo se expanda imparable en todos los sentidos y sea atraído irresistible por su propio centro. Decir que la Tierra es de Dios significa que todo en la tierra y en el cosmos es sagrado, sagrado simplemente porque ES, y está habitado por un misterioso dinamismo o posibilidad o creatividad que unos llaman Energía, otros Alma, Espíritu, Dios, Todo o Vacío…
Que la Tierra es de Dios significa que la creación sigue realizándose como una liturgia secular sagrada. Que la tierra es de Dios es una suprema advertencia contra el caos del exterminio en marcha. “Que la Tierra es de Dios significa que nadie es su dueño absoluto, que la Tierra es de todos los vivientes, que todo es en todo y que todo es de todos, sobre todo la Tierra madre que nos crea y que cultivamos y cuidamos para que nos siga creando. Que la Tierra es Dios significa que la Tierra y el Universo son cuerpo y templo de Dios o del Misterio que lo hace ser, sea cual fuere el nombre con que lo designamos. Que la Tierra es de Dios significa que Dios tampoco es ningún Dueño y Señor Supremo, sino el Espíritu, la Ruah que es en todo y en EL QUE / LA QUE todos los seres “vivimos, nos movemos y somos”.
Desarrollaré cada uno de estos aspectos.

1. La Tierra y el cosmos como gran liturgia

La expresión “La Tierra es de Dios” me lleva espontáneamente a los dos primeros capítulos del Génesis sobre la creación del mundo. Un texto espléndido, luminoso. Como poema o mito que es, no describe algo que sucedió hace mucho tiempo, ni explica cuándo ni cómo empezó a existir el mundo. No narra lo que pasó en otro tiempo, sino lo que tiene lugar hoy. Nos invitan a abrir los ojos y a mirar, admirar, amar, cuidar lo que es, que es lo que somos. La Tierra nos alberga en su seno, el firmamento alberga a la Tierra y a nosotros en ella. Pero vemos tanto dolor… ¿Algo, Alguien nos protege?

Me fijaré un momento en el primer relato: Gn 1,1-2,4. Describe la creación del mundo como una liturgia cósmica. Pero una liturgia que rompe y trasciende el esquema dualista “sagrado-profano”. No hay todavía un espacio ni tiempo sagrado diferente de un espacio y tiempo profanos. El Espíritu divino lo envuelve, habita, alienta cuanto es en el origen sin pasado ni presente. El Espíritu no separa ni define, sino fecunda, relaciona, de lo que ya es hace que emerja lo que aún no es. El Espíritu no se opone a materia, sino que la vuelve matriz, energía creada y creadora a la vez. La creación misma, el despliegue de los seres, es el culto verdadero. Un culto creador de una Tierra sagrada.

Hoy estamos redescubriendo esta sacralidad de lo secular o de lo mundano (saeculum en latín quiere decir “siglo”, pero también “mundo”). “Lo secular se ha vuelto sagrado”, como decía Panikkar. Y también: “La geología es teología”. Las religiones son constructos humanos, pero antes de toda religión y constructo mental, el mundo es. “Al principio creó Dios el cielo y la tierra”. “Al principio” es hoy. La creación tiene lugar hoy. La creación no tuvo lugar en un pasado remoto. Tiene lugar siempre, desde siempre y hasta siempre. El principio de la creación es la Presencia eterna aquí y ahora. El sol alumbra de día, la luna de noche. Vuelve la primavera después del invierno. Todo es como un milagro. Que seamos es un milagro, a pesar de todos los horrores. Todo podría resplandecer como un milagro divino, si no existieran los horrores. La creación no es un acontecimiento que tuvo lugar en el pasado, sino hoy y aquí, en todo instante y lugar, en todo lo que es. Todos nosotros somos fruto y actores de esa creación en marcha. La creación es esa energía originaria, fuente de toda energía física, que trasciende y habita todo tiempo y espacio, que nos hace ser con todo lo que es. Es la energía originaria que hace que todo esté siendo creado y a la vez creador. Nada se crea sino a través de la propia realidad. ¿Eterna realidad creada y creadora?

A ese milagro real y abierto, posible, nos remite el mito del Génesis y lo describe como una ceremonia solemne y bella hecha de palabra y acción, de presencia y de promesa.
La tierra en el Cosmos, la vida de los vivientes, el ser de todos los seres es la liturgia primordial, el culto y la oración originaria, sin necesidad de templos ni de libros, ni sacerdotes ni dioses. “Dijo Dios”, “Dijo Dios”, “Dijo Dios…”, se repite hasta ocho veces. “Dios” crea el mundo como un poeta su poema (poiein significa “hacer”, “crear”). El cosmos es poema, el poema es creador. Dios es el Poeta y el Poema del mundo. Si supiéramos escuchar la voz del viento o el canto de un pájaro, escucharíamos lo indecible; si supiéramos mirar una flor que brota o una hoja que cae, veríamos lo Invisible. El cosmos inmenso que desconocemos, la Tierra madre que nos engendra, sostiene y alimenta es el gran libro de la “revelación”. Todas las “revelaciones” religiosas son apenas unas pobres notas marginales que nosotros escribimos en la creación abierta de la que somos formas pasajeras (¿o tal vez eternas, como el Espíritu, en el corazón de lo que “pasa” de una forma a otra?).

“Pasó una mañana, pasó una tarde”. Es el ritmo litúrgico de la oración. Es como si dijera: “Oración de la mañana, oración de la tarde”. Hora de Laudes, Hora de Vísperas. Pero orar no es sobre todo recitar oraciones, ni dialogar con una divinidad frente al orante. Orar es sobre todo dejar que se exprese nuestro ser más profundo. La oración no es una actividad separada, sino la expresión del ser de cuanto es. La creación es la manifestación del Espíritu creador en el corazón de la Tierra y de toda la realidad. Orar es ser y crear en la comunión de todos los seres. La creación es oración. La oración es creación. La Tierra ora creándose. Cada día y cada noche somos creados y somos creadores: todo es oración.

“Pasó una mañana, pasó una tarde”. Y así toda la semana, que culmina en el sábado, el séptimo día, el día del descanso, el día especial de culto. “Cuando llegó el día séptimo, Dios había terminado su obra, y descansó” (Gn 2,3). El descanso corona la creación. En el descanso alcanza todos los seres su plenitud de ser, su plena oración. El descanso de la Tierra y de todos los seres es el culto en Espíritu y verdad. El sábado es el día del culto y del descanso. Descansar y respirar es cultivar la vida y la creatividad, y así damos culto a Dios, el misterio del Respiro y el Descanso, la Anchura y la Comunión de la Vida. La Gloria de Dios es que las criaturas agobiadas respiren y vivan, que los seres humanos y todos los seres oprimidos sean liberados. Todas las criaturas necesitamos celebrar cada semana un día de fiesta o de descanso, para disfrutar y reparar nuestras energías vitales. El sábado es el día último, o el primero, el día de fiesta, el día por antonomasia, el día en que volvemos a creer en la vida y a recrearla. No solamente de acción en acción, sino también de sábado en sábado, de descanso en descanso, somos creadas/os y vamos creando.

Así somos Tierra de Dios, creada y creadora. Somos Adán (adamá, “tierra”). Somos Eva (“viviente”, “vida”, relación, cuidado, atención). Somos humanos si nos sabemos y somos humus. Somos hermanos si somos humildes como la tierra y el agua. El ser humano es también relación, comunión: Adán y Eva. Adán significa tierra y Eva significa vida. El ser humano es tierra, es humus, y solo es cuando se sabe hecho de humus común y se hace humilde. Humus, humano, humilde. Hermano.

Todos los seres –desde las partículas atómicas hasta la Tierra Madre y las galaxias en expansión, todos los seres en rotación y relación– están siendo creados y creadores sin cesar. Todos los seres formamos parte de la misma liturgia, somos la misma oración cósmica, el mismo poema divino. Somos la misma creación. Estamos creados por el mismo aliento y la misma palabra. Estamos hechos de la misma tierra. Somos una única comunidad de vivientes en la Comunión de la Vida, en la Relación universal infinita desde lo infinitamente pequeño hasta lo infinitamente grande. Ahí resplandece la gloria de Dios. Toda la tierra, el cosmos entero se convierte en un inmenso templo sin puertas ni muros. “La tierra es un vaso sagrado” (Dao De Jing). Todo es milagro cada día.
Por eso es tan difícil entender cómo la codicia, la envidia, el odio, el miedo han vuelto inhabitable la Tierra nuestra casa común, cuán enorme y pavorosa es la injusticia, la desigualdad, la opresión entre los seres humanos, cómo nos hemos vuelto los grandes destructores de la vasija sagrada del que formamos parte, cómo nos hemos deshumanizado los seres humanos y cómo hemos desterrado la Tierra.

2. La contraliturgia o el antigénesis de la posesión y del dominio

“La tierra es de Dios” no dice propiamente de quién es la tierra, sino de quién no es. No significa tanto que sea de Dios, sino que no es del ser humano. La afirmación desautoriza la lógica de la posesión, y nos remite a la lógica del don. Dios significa donante, don, donación. La reverencia, la relación, la comunión son creadores. El dominio y la voluntad de posesión son destructores.
Pero en el texto del Génesis encontramos unas palabras inquietantes que parecen contradecir todo lo que llevo dicho: “Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla” (Gn 1,28), dice Dios a Adán y Eva. Algo parece romperse. Esas duras palabras, puestas en boca de Dios, se escribieron hace unos 2.500 años. El ser humano aparece ahí como centro y corona de la creación, como señor y destinatario la tierra, que es a su vez centro del universo. Todo es para vosotros: dominadlo, sometedlo. De ahí la acusación que se ha dirigido contra esta tradición bíblica: el pensamiento judaico-cristiano inspirado en Génesis 1,28, habría favorecido la destrucción de la Naturaleza. El proceso empezó con el discurso pronunciado por Lynn White ante la Asociación americana para el avance de las ciencias en 1966, discurso publicado tres meses después por la revista Science.

Efectivamente, toda la tradición bíblica está dominada por estaba perspectiva antropocéntrica. El ser humano sería la meta, el sentido, el destino de la creación entera, de la Tierra y del universo. Otro constructo humano puesto en la boca y el pensamiento de “Dios”. El ser humano es la imagen de Dios, dice el Génesis, pero Dios resulta ser a menudo una imagen del ser humano que quisiera dominarlo y poseerlo todo. El árbol de la vida y del bien y del mal aparecen apetitosos: “Si os apoderáis, seréis como dioses”.
El Génesis, en los geniales mitos narrados entre los capítulos 3 y 11, describe también el antigénesis o la antiespiritualidad. Adán-tierra-humus y Eva-la-Viviente, la madre de la vida, se adueñan de la vida y se erigen en criterio del bien y del mal. Pero donde hay dominio y posesión no hay comunión. Donde hay dominio y posesión no hay creación, sino destrucción. Así es como el ser humano se convierte en maldición de la Tierra: “Será maldita por tu causa”. El ser humano se convierte en dictador de la tierra, el hermano mata al hermano, se alzan torres para conquistar el cielo, estallan guerras, se levantan imperios que dominan a los pobres.

Es el antigénesis. Podemos traer aquí el conocido texto anónimo llamado así, “Antigénesis”:
La tierra era bella y fértil,
la luz brillaba en las montañas y en los mares,
y el Espíritu de Dios llenaba el universo…
pero al fin el hombre acabó con el cielo y con la tierra.

El hombre dijo:
– Que posea yo todo el poder en el cielo y en la tierra.
Y vio que el poder era bueno.
Y puso el nombre de sensatos a los que tenían el poder,
y llamó desgraciados a los que buscaban la reconciliación.
Así fue el sexto día antes del fin.

El hombre dijo:
– Que haya una gran división entre los hombres:
que se pongan de un lado los que están a mi favor
y del otro los que están en contra de mí.
Y hubo Buenos y Malos.
Así fue el quinto día antes del fin.

El hombre dijo:
– Reunamos nuestras fortunas todas en un lugar
Y creemos instrumentos para defendernos:
la Televisión para controlar el espíritu de los hombres,
los anuncios para doblegar la libertad de los hombres.
Y el mundo quedó dividido en dos bloques desiguales:
el más pequeño borracho de consumo
y el grande, desgarrado en la miseria.

Y dijo el hombre aún:
– ¿Para qué tanta hierba verde inútil sobre la tierra?
Llovió el hombre lluvia ácida,
y especulo después con cada trozo de tierra yerma
y los animales empezaron a agonizar errantes sin la hierba.
Así sucedió el cuarto día antes del fin.

Y dijo el hombre:
– Que haya una censura para la verdad
No vaya a ser que crezca sobre la tierra.
Y así fue: el hombre creó dos grandes instituciones de censura:
Una para ocultar la verdad a los demás.
Y la otra, par defenderse de la propia verdad.
Y el hombre lo vio y lo encontró normal.
Y llegó así el tercer día antes del fin.

Y dijo el hombre:
– Fabriquemos armas que puedan destruir grandes multitudes,
miles y miles a distancia.
Y creó los submarinos nucleares que surcan los mares
y los misiles que surcan el firmamento.
Y el hombre lo vio y se enorgulleció y les dijo:
“Sed numerosos y grandes sobre la tierra,
llenad las aguas del mar y los espacios celestes.
Multiplicaos”.
Y creó el hombre mil formas más de violencia,
estruendosas o sutiles.
Así fue el segundo día antes del fin.

Y dijo el hombre
– Hagamos a Dos a nuestra imagen y semejanza:
que actúe como actuamos nosotros.
que piense como pensamos nosotros,
que quiera lo que queramos nosotros,
que mate como matamos nosotros.
Y el hombre creó a un Dios a su medida.
Y lo bendijo diciendo:
“Muéstrate a nosotros y pon la tierra a nuestros pies.
Si haces siempre nuestra propia voluntad,
No te faltará culto, ni fiestas en tu honor”.
Y así fue.
Y el hombre vio todo lo que había hecho y estaba muy satisfecho de todo ello.
Así fue el día antes del fin.

De pronto, se produjo un gran terremoto en toda la superficie de la tierra
y el hombre y todo lo que había hecho dejaron de existir.
Así acabo el hombre con el cielo y con la tierra.
La tierra volvió a ser un mundo vacío y sin orden;
toda la superficie del océano se cubrió de oscuridad.

Todo eso es lo que cuentan los mitos de la caída (Gn 3), de Caín y Abel (Gn 4), del gran Diluvio (Gn 6-8), de la torre de Babel (Gn 11). Me fijaré en el relato bíblico de Caín y Abel, pues creo que tiene que ver especialmente con que la tierra sea o no sea realmente de Dios.

¿Por qué mata Caín a Abel? Por odio y celos, se nos dice. ¿Pero por qué Caín odia y envidia a su hermano Abel? Porque Dios aceptaba los sacrificios animales de Abel, pero rechazaba las ofrendas vegetales de Caín. “Entonces Caín se enfureció mucho y andaba cabizbajo” (Gn 4,5). ¿Pero por qué a Dios le agrada la grasa animal y le repugnan los vegetales? Nos son más fáciles de entender los celos de Caín que los antojos de Dios. Ahora bien, en éste como en otros muchos relatos bíblicos, por ejemplo en el de la serpiente tentadora creada por Dios, señalar a Dios mismo como último responsable de los crímenes humanos equivale a descargar al ser humano de la responsabilidad última o de la culpa absoluta. Cuando el texto remite a Dios como último responsable, es como si dijera a los lectores: “No sigáis por ahí, no os detengáis demasiado en las hipótesis explicativas y menos aun en la búsqueda del culpable. Mirad los hechos, y tratad de evitarlos. Miraos a vosotros mismos y enmendad en vosotros la conducta de Caín, y desechad también, desechad sobre todo, la imagen tan humana de un Dios arbitrario o de un Dios que requiere sacrificios, templos, cleros, ritos o dogmas”.
¿Dónde habremos, pues, de buscar? La clave la tenemos en el v. 2, justo al comienzo del relato: “Abel se hizo pastor, y Caín agricultor” (Gn 4,2). Es la historia de la lucha entre pastores y agricultores. Se trata del choque de dos civilizaciones, de dos modos de vida, y el relato no oculta su preferencia por el primero de ellos, el de Abel, el modelo de vida pastoril. Y apela a Dios para justificarlo, como si nos dijera: “Dios prefiere el régimen pastoril más bien que el régimen agrario”.

Al mito subyace sin duda la apuesta del pastoreo nómada sobre la agricultura sedentaria. Pero se puede entender que el debate de fondo es la posesión de la tierra, el uso de la tierra en propiedad. Ése es el fondo del relato de Caín y Abel, y sigue siendo válido hoy, no como defensa de un sistema de vida sobre otro, sino como advertencia contra la posesión exclusiva de la tierra. Los pastores, en un tiempo, eran nómadas, iban de un lugar a otro, no tomaban ningún territorio en posesión para sí. En ese sentido pueden ilustrar la afirmación de que nadie debe erigirse en dueño absoluto de la tierra. La tierra es de todos.

La posesión de la tierra en propiedad empezó justamente con la revolución agrícola, que según los datos conocidos surgió en Mesopotamia hace unos 10.000 años (poco después vino la domesticación de animales y el pastoreo, si bien el pastoreo trashumante ha permanecido en algunas regiones hasta hoy). La agricultura trajo consigo la sedentarización y la construcción de ciudades, la multiplicación de los alimentos y su almacenamiento, el aumento de la población y la especialización de los oficios, la complejización de la sociedad y su organización jerárquica, la patriarcalización de la sociedad y el nacimiento de religiones clericales patriarcales. En una palabra, con la posesión y el dominio de la tierra llegaron también la lucha por la tierra, los reinos, los imperios, la sumisión de unos pueblos por otros, y la estratificación social, la subordinación de unos a otros, la división de la sociedad en señores y esclavos. “Cuando los seres humanos se hicieron señores de la tierra, se volvieron esclavos los unos de los otros”, se ha dicho con razón.

Y si de la especie humana extendemos la mirada a las otras especies animales y vegetales, el balance de la revolución agrícola es terrible: la destrucción sin piedad de todas aquellas especies que directa o indirectamente amenazaban la codicia, la soberanía y los intereses humanos. ¿Significa que la agricultura fue más exterminadora que la ganadería y el pastoreo? No es eso. El mito de Caín y Abel está del lado de los pastores, pero en realidad ambos sistemas de vida y de producción –la agricultura y el pastoreo – son coetáneos y convivieron, no sin tensiones a menudo, como sucede también hoy. Ambos conjuntamente significaron el exterminio de innumerables especies vivientes, y una inmensa desgracia sin retorno para innumerables individuos de la propia especie humana.
Nadie piense que estoy idealizando la época de los cazadores-recolectores.

La violencia entre unos y otros, las guerras tribales, el extermino de otras especies no empezó, ni de lejos, con la revolución agraria. “El instante en que el cazador-recolector puso el pie sobre una playa australiana [sucedió hace 45.000 años] fue el momento en que el Homo Sapiens se izó al escalón superior de la cadena alimentaria y sobre un bloque continental particular; luego se convirtió en la especie más temible en los anales del planeta Tierra”2. En los árboles de Australia se movían enormes koalas, y sobre la tierra corrían aves dos veces más grandes que los avestruces; lagartos dragones y serpientes de cinco metros se arrastraban en la estepa; canguros gigantes de dos metros por 200 kilos y un león marsupial tan grande como un tigre moderno, y el marsupial diprotodón de dos toneladas y media. En algunos miles de años, veinticuatro de veinticinco especies de animales australianos (90%) de más de 50 o más kilos se extinguieron. No pudo deberse al mero cambio climático, pues éste afecta por igual a las criaturas marinas, mientras que no tenemos ninguna constancia de desaparición de fauna marina australiana.

Hay pruebas de que cada colonización de un nuevo territorio por los cazadores-recolectores de la especie Sapiens ha ido acompañada por la destrucción masiva de la gran fauna (principalmente a través de la caza y del fuego). La llegada de los maoríes a Nueva Zelanda hace 800 años acarreó en dos siglos la desaparición de la mayor parte de la megafauna local así como del 60% de las especies de pájaros locales. La extensión de la especie humana por Eurasia (y luego en América) hizo que hace 10.000 años desaparecieron todos los mamuts, fuera de alguna isla ártica como Wrangel. En cuanto llegó la especie humana a esa isla hace 4000 años desaparecieron los mamuts.

La llegada del Homo Sapiens a América (hace unos 12.000 años) fue igualmente sangrante: mamuts y mastodontes,, roedores del tamaño de un oso, manadas de caballo y camellos, leones gigantes y docenas de especies de grandes animales, como los terribles gatos con dientes de cimitarra y unos perezosos que pesaban hasta 8 toneladas y alcanzaban seis metros de altura… la mayor parte de estas especies únicas desaparecieron 2000 años después de la llegada de los humanos. En la isla de Madagascar había aparecido un abanico único de animales, como el pájaro más grande del mundo, el pájaro-elefante, incapaz de volar, de tres metros de altura y media tonelada de peso: desapareció súbitamente hace 1500 años, justo cuando los primeros humanos pusieron el pie sobre la isla. Yuval Noah Harari afirma: “La primera ola de colonización Sapiens ha sido una de las catástrofes más amplias y rápidas que hayan jamás alcanzado al reino animal (…) El Homo Sapiens provocó la extinción de la mitad de los grandes animales del planeta mucho antes de que la especie humana hubiera inventado la rueda, la escritura o las herramientas de hierro (…). Esta tragedia ecológica se ha vuelto a dar en miniatura innumerables veces después de la revolución agrícola”3.

La revolución agrícola significó la segunda oleada de extinción. Se ha dicho que la revolución agrícola fue un gran salto adelante para la humanidad. Sin duda, trajo consigo grandes ventajas para los primeros cultivadores: la vida en aldeas conllevaba mayor protección contra las bestias, la lluvia, el frío, etc…

Los alimentos aumentaron, pero no necesariamente la alimentación, que se volvió mucho menos variada y pobre en vitaminas y proteínas. La población conoció una explosión demográfica, los seres humanos ocuparon cada vez más territorio, su poder se multiplicó. Pero fue la especie la que ganó, no los individuos. La sociedad se fue jerarquizando (y patriarcalizando) progresivamente patriarcalizando. Cuando los seres se hicieron dueños de la tierra, se volvieron eslavos unos de otros. Cuanto más se ha desarrollado y extendido el sistema agrícola, más han aumentado sobre la tierra la enemistad, la lucha, la guerra y el asesinato de los hermanos entre sí. “La revolución agrícola industrial ha sido el mayor timo de la historia”, escribe Yuval Noah Harari4. Hay una imagen que lo ilustra mejor que todos los discursos: la pintura de una tumba egipcia de aproximadamente 1200 a.C. donde se ve a un labrador arando la tierra; dos bueyes azuzados por el labrador con una vara tiran del arado, mientras el labrador está encorvado sobre el arado. He ahí el progreso. He ahí la inteligencia.

En cuanto a las demás especies animales, y en concreto para los animales domesticados, ¿qué significó para ellos ese “salto adelante” de la especie Sapiens? “Para la inmensa mayoría de los animales domésticos, la revolución agrícola fue una terrible catástrofe”5. En cocnlusión: “Entre las criaturas más grandes del mundo, los únicos supervivientes del diluvio humano son los propios seres humanos y los animales de establo reducidos a esclavos de galeras”6. I. Peter Singer no duda en afirmar: “En su comportamiento hacia otras criaturas, todos los humanos son nazis”.

La tercera gran extinción, hoy todavía en curso, por parte del Sapiens se puso en marcha con la revolución industrial. El crecimiento demográfico es uno de los factores decisivos. En 1900, la humanidad contaba con mil millones de habitantes; en 1950, con dos mil millones; al comenzar el nuevo milenio, la cifra ascendía a seis mil millones. Si las predicciones se mantienen, para el año 2030, habrá en el planeta diez mil millones de personas. En 80 año, la población se habrá multiplicado por 8. La incidencia del ser humano está siendo mortífera para la Tierra: en el último cuarto de siglo XX, se extinguió el 10 % de todas las especies vivas. El Consejo Mundial de las Iglesias escribió: “El lúgubre signo de nuestro tiempo es un planeta que peligra en nuestras manos”7. Y es patente que hay una profunda interconexión entre la injusticia social planetaria y la devastación ecológica: cada año mueren de hambre 9 millones de seres humanos.

La lógica de la posesión y del dominio nos ha traído hasta aquí. El relato de Caín denuncia con razón, aunque veladamente, en la figura de Caín, los males ligados a la lógica, antigua y sobre todo nueva, del dominio, la posesión y la explotación abusiva de la tierra. Describe lo que ha pasado siempre y sobre todo lo que pasa hoy. La agricultura extensiva, la lucha por el agua, la política de precios de los productos alimentarios, la lógica económica del lucro es asesina en masa. No podemos borrar el pasado, pero podemos revertir la historia, si todos nos ponemos de acuerdo para implantar unas instituciones de fraternidad-sororidad universal.
No somos los dueños de la Tierra. En el año 1854 el jefe indio Noah Sealth respondió de una forma muy especial a la propuesta del presidente Franklin Pierce para crear una reserva india y acabar con los enfrentamientos entre indios y blancos. Suponía el despojo de las tierras indias. En el año 1855 se firmó el tratado de Point Elliot, con el que se consumaba el despojo de las tierras a los nativos americanos.

“El gran Jefe de Washington nos envía un mensaje para hacernos saber que desea comprar nuestra tierra. (…) Vamos a considerar su oferta, porque también sabemos de sobra que, de no hacerlo así, quizá el hombre blanco nos arrebate la tierra con sus armas de fuego. Pero… ¿Quién se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esa idea es para nosotros extraña. Ni el frescor del aire, ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podría alguien comprarlos? (…).
“Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada aguja de un abeto, cada playa de arena, cada niebla en la profundidad de los bosques, cada claro entre los árboles, cada insecto que zumba es sagrado para el pensar y sentir de mi pueblo. La savia que sube por los árboles lleva los recuerdos del hombre rojo. (…).
“Somos una parte de esta tierra como ella forma parte de nosotros; la flor perfumada, el ciervo, el caballo, el águila majestuosa, son nuestros hermanos. Las escarpadas montañas, los prados húmedos, el cuerpo sudoroso del potro y del hombre… todos pertenecen a la misma familia. (…).

“¿Qué es el hombre sin animales? Si todos los animales desaparecieran el hombre también moriría en la soledad de su espíritu. Lo que le suceda a los animales tarde o temprano le sucederá también al hombre. Todas las cosas están estrechamente unidas (…). Lo que le ocurre a la Tierra también le ocurre a los hijos de la Tierra (…). Nosotros sabemos que la tierra no pertenece al hombre, que es el hombre el que pertenece a la Tierra. Lo sabemos muy bien, Todo está unido entre sí, como la sangre que une a una misma familia. El hombre no creó la trama de la vida, es sólo una fibra de la misma”.
El Génesis nos enseña también eso. No solo enseña que el ser humano ha de multiplicarse y someter la tierra, sino también lo contrario: que no ha de someterla, ni siquiera poseerla, sino que ha “cultivarla”, darle culto, cuidarla. Los relatos sobre el patriarca Abrahán no dejan de insistir en que vivó como nómada. “Sal de tu tierra… y vete a la tierra que yo te indicaré” (Gn 12,1).

Llegado a Canaán, no tuvo una morada fija, sino una tienda de campaña; y no poseyó más tierra que la necesaria para enterrar a su esposa Sara, justo un trocito comprado amigablemente a los habitantes cananeos del lugar. Así vivieron todos los otros grandes patriarcas. Los judíos celebran todavía cada otoño la fiesta de Sucot (o Tiendas de campaña), en recuerdo de los años en que sus antepasados, según el relato del Éxodo, peregrinaron por el desierto desde Egipto hacia la Tierra prometida; la fiesta se prolonga a lo largo de una semana (este año 2016 ha tenido lugar del 17 al 24 de octubre).
Y miremos a Jesús. También él fue vivió como nómada. Cuando, a sus treinta y pico años, se sintió llamado a anunciar y anticipar el Reino de Dios, a saber, la vida, la sociedad, la tierra según Dios, dejó su casa, su pueblo, su tierra, y se fue de aldea en aldea, sin otra casa que la de Simón Pedro en Cafarnaún, a donde se retiraba esporádicamente. Fue un profeta carismático itinerante, acompañado por un grupo de hombres y ¡de mujeres! Comían lo que les daban y pasaban la noche donde los recibieran o en el campo, a la intemperie, en la tierra de todos.

Y anunció que los pobres, los humildes, mansos, los misericordiosos, los que caminan por la tierra de forma sagrada poseerán la tierra de la tierra, dueños de nada y contra nadie. A un hombre que le dijo estar dispuesto a seguirle a donde quiera que fuera, Jesús le advirtió: “Las zorras tienen madrigueras y los pájaros del cielo nidos , pero el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza” (Mt 8,20; Lc 9,58). El “hijo del hombre”, es decir, “yo” o el ser humano en general. A diferencia de Abrahán y Sara, tal vez no tuvo ni tan siquiera una tumba donde pudiera ser enterrado y descansar su cuerpo crucificado.
La tierra es de Dios: es de todos. Nadie debe poseerla en exclusiva. Entonces será tierra de Dios o de todos.

3. La Tierra bajo el signo del Arcoíris de la alianza universal

Que la Tierra es de Dios significa que está acogida a la bendición más fuerte que toda maldición, que ha sido pronunciada sobre ella una solemne “promesa divina”: “no volverás a ser maldecida”. Significa que está protegida por el Arcoíris de la bendición.
Es la hermosa imagen con que concluye el mito del Diluvio universal (Gn 6-9), inspirado en los mitos sumerio (“Atrahasis”) y babilonio (“Epopeya de Gilgamés”). Antes, muestra a un Dios pesaroso de haber creado la Tierra:“Al ver el Señor que crecía en la tierra la maldad del ser humano y que todos sus proyectos tendían siempre al mal, se arrepintió de haber creado al ser humano en la tierra” (Gn 6,5-6). Pero hay un Arca donde puede salvarse el resto justo con un resto de la comunidad de todos los vivientes. “Dios” es más fuerte, es decir: la Vida es más fuerte que todo el daño que el ser humano es capaz de infligir. La última palabra es: “No maldeciré más la tierra por causa del ser humano” (Gn 8,21). La capacidad de destrucción de la especie humana no podrá con la Vida.

No se trata de una fe infantil en una providencia externa protectora No podemos entenderlo como que una divinidad externa se hace garante de la vida en el planeta. Es una fe en la Tierra, en todos los vivientes y en nosotros mismos. Es una confianza en nuestra capacidad de ser Arcoíris protector. E, inseparablemente, es una llamada a nuestra especial responsabilidad. Es difícil saber si el colapso de las especies vivientes más desarrolladas en el planeta –incluida la especie humana– es ya irreversible o aún cabe solución. Lo que es indiscutible es que todas las alarmas están encendidas, que la acción humana es la responsable principal y que solo un giro drástico de la civilización humana puede evitar el desastre general. ¿La especie humana, maravillosa forma de la Vida, habrá resultado un cáncer para todo el planeta, maravilloso planeta? Hoy es ese Diluvio. Y no hay Arca para unos justos. La Tierra es el Arca común: o nos salvamos o nos aniquilamos juntos.

El mito del Génesis llama a la confianza tanto como a la responsabilidad. Es posible salvar la Vida, porque la Vida es fuerte, y nos habita como la Ruah, la energía poderosa de la creación abierta. Es más poderosa que la acción destructora de la especie humana. Pero el sufrimiento que provocamos es demasiado grande. Y doblemente insensato, pues el dolor que infligimos a otros seres y otras especies nos lo infligimos a nosotros mismos como especie. ¿Dejaremos de ser ángeles exterminadores y autoexterminadores? La hora es grave. La vida común está en juego. El sufrimiento nos despierta. Hace falta una “audaz revolución cultural” para revertir, si fuera posible, la situación actual. Una revolución urgente. Y está en nuestras manos.

Esta revolución requiere en primer lugar una nueva mirada a la naturaleza que supere radicalmente el antropocentrismo. Y un cambio radical de actitud: de la superioridad a la hermandad, del dominio al respeto, de la posesión al cuidado. Las grandes tradiciones religiosas contienen un potencial inspirador para esa nueva mirada y esta nueva actitud. Pero hay que empezar por reconocer la responsabilidad de la propia tradición, en particular nuestra tradición judeo-cristiana, en la dominación que hacemos padecer y padecemos. Debemos releer el relato de la creación y toda la Biblia, todos los textos sagrados, con otros ojos y otra sensibilidad, más allá de la letra, de acuerdo al nuevo paradigma ecológico integral, eco-espiritual y liberador. Todos los seres formamos parte de la misma creación en marcha. Y la relación, no la sumisión, es el alma de la creación. Somos tierra común. Formamos una única comunidad de vida. No somos ni el centro ni la corona de la creación.

Tampoco la tierra es el centro. Nos cuentan que hay trescientos mil millones de galaxias en ese cielo luminoso y negro sin fondo, y trescientos mil millones de estrellas en cada galaxia, y planetas girando alrededor de cada estrella. Pero eso es solamente lo que alcanzamos a ver en el horizonte con los telescopios más potentes. Perdemos la cuenta, la medida y la vista, pero todo resulta así más maravilloso, misterioso, místico. La Tierra es un planeta girando, con otros 7 planetas, alrededor de una estrella mediano de un sistema solar situada en los bordes de una galaxia, la Vía Láctea.

Ni la tierra es el centro del sistema solar, ni el sol es el centro de la Vía Láctea, ni la Vía láctea es el centro del universo. Cada galaxia, cada estrella, cada planeta, cada organismo, cada ser es un centro, pero ningún ser es el centro absoluto. Tampoco el ser humano es el centro y el culmen de la evolución de la vida en nuestro planeta. Los virus no existen para la salud de los seres humanos. Ni las serpientes venenosas o la amanita venenosa existen para nuestro disfrute y deleite. Ni los lobos para que los podamos domesticar. Ni la nieve y las montañas existen para que nosotros podamos esquiar, ni el coltán para que podamos fabricar teléfonos móviles.

Permitidme que apunte una nota crítica a la Encíclica Laudato si, por lo demás admirable: la descripción de la realidad es vasta y documentada; el diagnóstico que ofrece es incisivo y certero: el gran responsable de la situación es la codicia insaciable de las grandes empresas y del capital financiero; la terapia que propone es tan apropiada como urgente: cambiar de rumbo y de cultura, de paradigma de progreso, de modelo de economía; es preciso adoptar el paradigma de la ecología integral.
Pero la Encíclica en su conjunto sigue anclada en una cosmovisión antropocéntrica: sigue considerando al ser humano centro y corona de toda la creación. Denuncia, sí, las consecuencias del antropocentrismo en general (nn. 115-121), pero no supera a mi modo de ver una cosmovisión, una filosofía o una teología antropocéntrica.

1) Hace suya la afirmación tradicional, basada en la Biblia, de que “Dios le encomendó el mundo al ser humano” (n. 5). ¿Qué será entonces cuando desaparezca la especie humana, que algún día, por la ley de la evolución y más probablemente por la acción humana sobre su propio genoma, desaparecerá?
2) Afirma que “el ser humano, si bien supone también pro­cesos evolutivos, implica una novedad no explica­ble plenamente por la evolución de otros siste­mas abiertos (…). La novedad cualitativa que implica el surgimiento de un ser personal dentro del universo material supone una acción directa de Dios” (n. 81). Resulta bastante inexplicable que, a estas alturas, siga afirmando que la “novedad” humana sea inexplicable “por la evolución de otros sistemas abiertos” y que siga reivindicando una “acción directa de Dios” en el surgimiento del ser humano…

3) La Encíclica declara, sí, que “hoy la Iglesia no dice simplemente que las demás criaturas están completamente subordinadas al bien del ser hu­mano” (n. 69), que también “los demás seres vivos tienen un valor propio ante Dios”, “un valor en sí mismas” (n. 69) y que “sería equivocado pensar que los demás seres vivos deban ser considerados como meros objetos sometidos a la arbitraria do­minación humana” (n. 82). Pero, a la vez, afirma que el ser humano “tiene una dignidad especialísima” (n. 43), e insiste en el “va­lor peculiar” y la “preeminencia” (n. 90) del “ser humano por encima de las demás criaturas” (n. 119).
4) Declara que “un antropocentrismo desviado no necesariamente debe dar paso a un ‘biocentrismo’, porque eso implicaría incorpo­rar un nuevo desajuste que no sólo no resolverá los problemas sino que añadirá otros” (n. 118). Es cauteloso al decir que el paso al biocentrismo no ha de darse “necesariamente”. Pero a continuación afirma rotundamente que el biocentrismo implica un “nuevo desajuste”. No se dice por qué.

5) Sostiene que “debe reconocerse que el crecimiento demográfico es plenamente com­patible con un desarrollo integral y solidario” (n. 50) y critica a quienes sostienen que “conviene reducir su presencia [la del ser humano] en el planeta” (n. 60). Me parece irresponsable y, en cualquier caso, incompatible con una ecología integral.
También aquí se aplica aquello de que lo más práctico es una buena teoría. Si hemos llegado al borde de este precipicio no es solamente por la ambición individual y grupal de esta especie humana invasora, sino también por la antropología, la filosofía y la teología que la han acompañado y sostenido: la idea de que el ser humano es el centro y el sentido de todo lo que existe.

El ser humano no constituye el centro de la tierra, ni la tierra el centro del sistema solar, ni el sistema solar el centro de nuestra galaxia, ni nuestra galaxia el centro del universo. Aun si otorgáramos mayor valor a la vida inteligente, deberíamos reconocer que ni la inteligencia y ni siquiera la conciencia son patrimonio exclusivo del homo sapiens actual, que aún estamos en los inicios de un desarrollo infinitamente más grande de la inteligencia o de la conciencia en el futuro y que tal vez existen ya seres tanto o mucho más inteligentes que nosotros en alguno o en innumerables rincones de un universo en el que todo está relacionado con todo.
Somos relación. Somos “interser”. “Debemos interser con el resto de las cosas. Esta página es porque, a su vez, todas las demás cosas son… La existencia de esta página implica la de todo el universo” (Tich Nhat Hanh).

4. La Tierra y el mundo como cuerpo de Dios

Que la Tierra es de Dios puede expresarse con la imagen del cuerpo. La Tierra y el mundo serían a “Dios” lo que el cuerpo al alma, al espíritu, a la vida: el soporte material de esa realidad inmanente y transcendente a la vez que llamamos espíritu, conciencia, “yo”. “Dios” sería al mundo y a la Tierra lo que el espíritu o el alma al cuerpo: el soporte “material” –por seguir utilizando este término tradicional, tan equívoco– de la totalidad emergente, viviente, consciente. La Tierra es de “Dios”: es inviolable como la Plenitud de la Vida, como la Comunión o la Comunidad entera de todos los vivientes.
La teóloga americana Sallie McFague ha desarrollado esta imagen en su obra Metáforas de Dios, que seguiré aquí8. Es una “metáfora” (toda teología o discurso sobre Dios es irremediablemente metafórica, en su búsqueda de una manera más significativa de hablar sobre Dios.

La metáfora del cuerpo se contrapone a la del “reino de Dios”, a la imagen del rey, señor, gobernador, patriarca externo y dominador. La metáfora del “reino de Dios” nos remite a una imagen dualista y jerárquica, imperialista, de la relación Dios-mundo. La imagen del mundo como cuerpo de Dios está inspirada en el estoicismo; ahora bien, tanto la teología agustiniana como tomista no siguieron esa línea, sino que adoptaron respectivamente las perspectivas platónica y aristotélica, básicamente dualistas (sobre todo la primera, platónica). Es preciso pasar a otras imágenes “que sugieran reciprocidad, interdependencia, solicitud y sensibilidad”9 (cuerpo, padre/madre, amigo/a, amante…).

La imagen del mundo como cuerpo de Dios se presta a ser tachada de panteísmo. Pero el panteísmo propiamente dicho consiste en afirmar que Dios equivale a la totalidad de las cosas, el mundo y Dios se identifican como una única substancia. La imagen del cuerpo “no identifica totalmente a Dios con el mundo, del mismo modo que nosotros no nos identificamos totalmente con nuestros cuerpos”10. El cuerpo nos expresa, pero somos “más” que el cuerpo que somos. La división “materia/espíritu” “no tiene ningún sentido en nuestro mundo: espíritu y cuerpo o materia son un continuum, pues la materia no es sustancia inanimada, sino vibraciones energéticas en continuidad esencial con el espíritu”11.
No hay cuerpo vivo sin alma, ni alma sin cuerpo. No hay mundo sin Dios, ni Dios sin mundo. “Dios” actúa desde dentro del mundo, de la tierra, “en y a través del increíblemente complejo proceso evolutivo físico e histórico-cultural que comenzara hace eones”12.

La imagen de la Tierra o del mundo como cuerpo de Dios nos lleva a entender de una manera conceptos tradicionales como sacramentos, revelación, pecado… Los sacramentos han sido entendidos, en clave mágica y dualista, como ritos sagrados que comunican la gracia o el perdón de Dios como viniendo de fuera por la mediación de un ministro mediador. En una perspectiva ecológica e integral, son sacramentos de “Dios” o de la Vida reconciliada y plena todos los gestos y momentos significativos del vivir humano en la comunión de los vivientes. El dualismo “actos sagrados/profanos” o “signos profanos/sagrados” queda radicalmente superado, al igual que la necesidad de ministros-mediadores investidos de autoridad “divina”. En el aire de la Tierra que respiramos, respiramos la Vida misma; en el pan, en el vino, en todos los alimentos de la Tierra, entramos en la gran Comunión de la Vida que nos sostiene y que formamos. Todos los seres, en cuanto que somos el mismo mundo y la Tierra común, somos ministros de la Vida los unos para los otros.

En cuanto a la revelación, La Tierra y el cosmos entero revelan “la gloria de Dios”. La revelación no viene de fuera a través de profetas enviados por un Dios supremo. La piedra y la arena, el agua y el aire, el abedul desnudo y el ciclamen en flor en invierno, la risa de un niño y el llanto de un refugiado… revelan el misterio QUE ES, en el que sigue creándose la comunión universal de la vida. Todo se convierte en palabra divina, y los “textos sagrados” de las diversas tradiciones son una de sus encarnaciones en la carne de mundo que formamos.

Que la Tierra es cuerpo de Dios significa que Dios se manifiesta y participa en todos los cuerpos con su dolor y su placer. “Dondequiera que en el universo haya nueva vida, éxtasis, serenidad y realización, Dios experimenta esos placeres y goza con cada criatura en su alegría”13.
¿Qué es pecado en esa metáfora del mundo como cuerpo de Dios? No es desobedecer u ofender a un señor feudal… Es “la negativa a ser parte del cuerpo”, es “negativa a darse cuenta de la radical interdependencia de uno mismo con todo lo que vive”14. Es ignorancia y falta de libertad de unos seres que aún no han llegado a ser plenamente, de seres aún no plenamente creados, incapaces de querer vivir bien, el “Buen Vivir” (Sumak Kawsay)15 al que aspiramos desde lo más profundo, en comunión de todo lo que es. Y en eso consiste la “vida”; la vida “eterna” no se dará después de la vida temporal que ahora vivimos, sino en el corazón de la vida que vivimos.

El Buen Vivir o la vida eterna es aquella que permite la convivencia más plena y feliz de todos los seres. Requiere, por parte del ser humano –él mismo en camino de realización o creación– el cuidado universal. “Dios” es otro nombre de ese Cuidado universal, Cuidado creador, Cuidado como don y deber, Cuidado como manera de vivir que emerge del corazón del átomo y de los seres conscientes. Llamamos “mal” al sufrimiento que padecen los seres vivientes debido a su finitud y debido en especial, en el caso de los seres “conscientes” inacabados, al apego a los propios constructos mentales, al “deseo” de tener lo que no tienen o de no tener lo que tienen. El mundo vive “en dolores de parto”, en palabras de Pablo, “hasta que Dios sea todo en todas las cosas”. Lo divino se manifiesta en la comunión de todos los seres (incluso cuando se comen los unos a los otros) y cuando el cuidado, la compañía, la cirugía o las pastillas curan el dolor y nos abren al otro.

La vida de Jesús es para los cristianos el modelo del “Buen Vivir”, hecho de sanación, fraternidad y comensalía. Su vida, incluso su cruz (como consecuencia de la vida en una historia conflictiva), son creadoras de comunión, liberación y reconciliación16 r porque manifiestan, encarnan,

5. La tierra como templo de Dios

Creemos erróneamente que los templos son un lugar donde mora especialmente la divinidad. Templum (de la raíz tm, delimitar) designaba originariamente un espacio delimitado pero abierto en el campo o en el bosque. Creían que el futuro estaba decidido por los dioses o por el Destino (Fatum, Moira) y se podía descifrar mirando, entre otras cosas, el vuelo de los aves. Luego cerraron los templos, espacios abiertos a la intemperie, con piedras, leyes y miedos. El templo se convirtió en morada de “Dios” o de los dioses, en edificio sagrado separado del mundo profano. La contemplación se separó de las tareas de la vida, se contrapuso a la acción y se convirtió en cosa de especialistas: augures, sacerdotes o monjes.
Es comprensible que los humanos, por nuestra limitación, necesitemos delimitar espacios que nos sean más significativos de lo divino, pero es problema de la limitación de nuestra mirada física y espiritual. En realidad, todo el cosmos es templo de “Dios”: “El cielo proclama la obra de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos”. “Toda la tierra está llena de su gloria” (Is 6,3; cf. 72,19; Nm 14,21). “Dios” es la Presencia luminosa y consoladora en la intemperie universal, abierta, más allá de toda frontera religiosa. El cosmos, la Tierra, el conjunto de los vivientes y de todos los seres en todas sus realizaciones de relación y de bondad creativa es lo sagrado, lo divino. “Lo sagrado” es la calidad auténtica de lo “secular” (mundano).
Aprendamos a mirar el cielo y la tierra, lo invisible en todo lo visible, lo posible en lo real. Abramos los ojos de fuera y de dentro, hasta que veamos que no hay ni fuera ni dentro, hasta que descubramos con claridad meridiana que todos los seres compartimos la misma luz y la misma noche, hasta que el dolor de los demás transforme nuestra mirada, hasta que nuestra mirada se vuelva transformadora. Eso es contemplar.

Contemplar es ver lo invisible. Contempla el Misterio invisible en todo lo que ves, con ojos nuevos. “Dichosos vuestros ojos porque ven”, dijo Jesús a sus discípulas y discípulos. Contemplar es atender. Atender es mirar y vivir con atención. Atender es dejar que el Misterio de la realidad se revele plenamente en todo cuanto es: en la hoja que cae, en el vuelo del pájaro, en el clamor de los refugiados en nuestras fronteras. Atender es hacer silencio, calmar emociones, liberarse de apegos, de saberes, creencias y esquemas mentales. Atender es ver a Dios en cada ser, el Todo en cada parte, y sentirse uno con todos los seres. Atender es dejarse acoger en el Corazón bueno de todo, y acogerlo todo con buen corazón. Atender es sintonizar, simpatizar, compadecerse y cuidar al herido. Atender es mirar la realidad con lucidez y con entrañas, y así recrearla. Somos lo que vemos, y somos igualmente lo que la mirada de los otros hace que seamos. Nuestros ojos, cuando miran, son capaces de hacer que todo sea bueno, o un poco mejor. Como Dios en el Génesis: “Miró Dios y vio que todo era bueno”. Atender es crear. Atender es vivir o ser en plenitud, simplemente SER uno con Todo, con Dios, ser pura relación de consideración, miramiento, respeto de la inagotable diversidad de lo que es, más allá de toda palabra e imagen que define, limita, divide, que nos encierra, estrecha, angustia.

Una contemplación que no se traduzca en compasión y compromiso, que no sea creadora, no es verdadera contemplación. Un compromiso militante que no se inspira en la mirada contemplativa (no digo religiosa), no es libre ni liberador, no crea. Donde se da lo uno se da lo otro, y donde falta lo uno falta lo otro.
La mística no tiene que ver con experiencias ajenas al mundo y a la vida con sus lucha, alegrías y sufrimientos. La “mística” es inseparable de la Tierra, el cuerpo, la vida cotidiana, la relación de los cuerpos y de los espíritus, la lucha y la militancia el “Buen Vivir” de todos los seres. La “experiencia espiritual” no es una experiencia diferente de las demás experiencias, sino la hondura y la verdad última de toda experiencia. La espiritualidad no es un campo autónomo de la vida (junto a la salud, el deporte, el trabajo, la política…), sino la calidad profunda de la vida en su integridad, la “experiencia de la vida” como tal o la “experiencia integral de la realidad”17.

De ahí que se pueda y se deba hablar de “espiritualidad laica”, como hace el teólogo jesuita Marià Corbí18, o de “espiritualidad sin Dios”, como hace el filósofo agnóstico André Comte-Sponville19, o que se pueda decir con el benedictino Thomas Merton que “la vida contemplativa es simplemente vivir, como el pez en el agua”. La espiritualidad consiste en vivir “bien”, en apertura profunda a la realidad, al Infinito de lo que es, en admiración y respeto, en la conciencia de la unidad con todo, en libertad profunda de todo apego al ego, en paz y comunión…

Así vivió Jesús. Hizo de la vida y del mundo el verdadero templo de Dios. Miraba el mundo como sacramento de Dios, de la bondad poderosa, del mundo renovado: mirad cómo sale el sol cada día para justos e injustos, mirad cómo llueve para buenos y malos, mirad cómo crece la semilla a pesar de todas las dificultades, mirad cómo la levadura levanta la masa y le da sabor, mirad a los pájaros, mirad a las flores. No temáis. Dios está con vosotros: el poder de la bondad que os envuelve y os habita es más fuerte que todos los imperios. El mundo es templo de esa bondad creadora, y todos los demás templos, tanto de Garizim como de Jerusalén (Jn 4,21) no son más que hechuras humanas.

Un día, cerca de la Pascua, Jesús se encaminó a Jersualén para celebrar allí la fiesta con sus seguidoras y seguidores durante una semana, que sería su última semana antes de morir o antes de acabar de nacer. Un día de esa semana fue al templo, arremetió con las mesas de cambistas e hizo salir a los animales liberándolos del sacrificio. Y a quienes le tomaron cuentas les dijo: “Destruid este templo, convertido en cueva de ladrones” (Mt 21,13; Lc 19,46). Levantemos un templo nuevo, no de piedra, que sea verdaderamente “casa de oración para todos los pueblos” (Mc 11,15), sean judíos o no, sean religiosos o no. Hagamos de la Tierra verdadero templo de Dios, templo de justicia, templo de comunión, templo de paz.

¿Cuándo será toda la tierra templo de Dios plenamente? Cuando el derecho y la justicia rijan todas las relaciones, cuando la misericordia llene la tierra (Sal 33,5), cuando desaparezcan el hambre y la opresión. Entonces la tierra entera será casa de oración, toda ella será oración, expresión de la vida y del Espíritu que la alienta. Entonces ya no será necesario ningún templo: “Templo no vi ninguno”, dice el vidente del Apocalipsis (Ap 21,22).

6. El jubileo de Dios y de la tierra

Para entender lo que significa que la tierra es de Dios, podemos también referirnos a la institución bíblica del sábado, del año sabático y del año jubilar. El sábado, el año sabático y el jubilo constituyen la norma y el ritmo que han de regir la Tierra y la vida en general.
1) El sábado. “El séptimo día descansó” Gn 1). “Acuérdate del sábado para santificarlo. Durante seis días trabajarás y harás todas tus faenas. Pero el séptimo es día de descanso en honor del Señor , tu Dios. No harás en él trabajo alguno, ni tú, ni tus hijos, ni tus siervos, ni tu ganado, ni el forastero que reside contigo” (Ex 20,8-10). El descanso sabático constituye una de las grandes contribuciones culturales de Israel a la humanidad. La fiesta semanal del sábado para que tengan respiro, para que descanse todo el mundo, también el emigrante y el esclavo, y el buey y el asno.

2) El año sabático. Un año de descanso cada siete años. Leamos en el libro del Deuteronomio: “Cada siete años perdonarás las deudas; este perdón consistirá en los siguiente: todo acreedor perdonará a su prójimo lo que le haya prestado; dejará de reclamárselo a su prójimo o a su hermano porque ha sido proclamada la remisión en honor del Señor” (Dt 15,1-15). El año sabático prolonga a todo un año la ley del descanso semanal del sábado. En él, todas las deudas quedan canceladas. Así es como se ha de entender la petición de Jesús en el Padrenuestro: “Perdona nuestras deudas [no “ofensas”] como nosotros perdonamos a nuestros deudores”. Jesús no pensaba en los “pecados” que Dos perdona gracias a unos ritos penitenciales… Pensaba en las deudas que ahogaban a los pobres campesinos. Es como si hoy dijera: que quede anulada la hipoteca de quienes no puedan pagar su vivienda, que se dicte la quita de la deuda externa de los países pobres.

3) El año jubilar. Además del sábado semanal y del año sabático, estaba el año jubilar. Cada 50 años (o en otras ocasiones múltiples), era el Jobel (el nombre viene tal vez de un instrumento, un cuerno, llamado así, que resonaba en las montañas y en los valles anunciando el inicio del año jubilar). El año jubilar era un año sabático especial. Para saber en qué consistía, basta con leer un solo versículo del Levítico: “En el año jubilar cada uno recobrará sus propiedades” (Lv 25,13). “El jubileo es el año sabático al cuadrado”20. El año jubilar es el descanso para que haya respiro (sábado semanal); es la condonación de todas las deudas (año sabático); y es la recuperación de todas las propiedades de las que la gente más pobre gente había tenido que enajenarse para poder comer o para poder vivir. Recuperar todas las propiedades: eso está dicho de manera muy especial teniendo en cuenta dos situaciones: la esclavitud y la pérdida de la propiedad de la tierra. Todos los esclavos recuperarán la libertad, empezarán a ser libres.

En tiempo de Jesús, mucha gente, sobre todo los campesinos, habían tenido que vender sus tierras para poder pagar sus deudas o la renta de sus tierras, para poder vivir (y muchos, para poder vivir ellos y sus familias, tenían que venderse como esclavos). Pues bien, llega el año jubilar, y el que ha perdido su tierra la recupera. La tierra es de Dios es como decir: la tierra pertenece a todos, nadie tiene más derecho que ningún otro a ella, y depende de ninguna frontera.

Jesús hace suya esta tradición del Jubileo. Así lo recoge de manera especial la escena inicial de la sinagoga de Nazaret, escena programática que compone Lucas como ilustración del mensaje de Jesús al comienzo de su misión profética: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar la buena noticia a los pobres. Me ha enviado a proclamar la liberación de los cautivos…, a libertar a los oprimidos y a proclamar un año de gracia del Señor” (Lc 4,18-19).

Que todos recuperen la libertad y la tierra. Eso es lo que Jesús anuncia en la sinagoga de Nazaret. No anuncia el “perdón de los pecados”. Y eso es lo que enseña invita a orar diciendo: “Perdona nuestras deudas”. No estamos pidiendo a un “Dios” ofendido que perdone nuestras culpas y ofensas, ni estamos pidiendo a un “Dios” lejano que nos perdone las deudas o que haga que nos perdonemos las deudas los unos a los otros; está en nuestros corazones y en nuestras manos. “Perdona nuestras deudas” significa: perdonémonos nuestras deudas, démonos respiro, devolvámonos la libertad y la tierra los unos a los otros. La tierra es de Dios, es decir, de todos. Los alimentos sobre para todos. No poseerás la tierra. Sobre todo, no desposeerás a nadie de su tierra.

Entonces la Tierra es de Dios. Entonces nace y crece “Dios” en la Tierra. Cuando las deudas son condonadas, cuando la libertad y la tierra son recobradas, entonces se manifiesta “Dios”, la santidad e integridad de la Tierra y de la Vida, la dignidad de la vida y la dignidad de todos los seres. Eso es lo que deseamos, eso es a lo que nos comprometemos cuando rezamos el Padre Nuestro. Esa es la alternativa de Jesús a la justicia y a la espiritualidad imperial.

No es casualidad que se hubiera establecido en Cafarnaún, a orillas del lago de Galilea, cerca de Tiberíades. Tiberíades era una ciudad nueva en honor del emperador Tiberio, totalmente helenizada. Tiberio era el dueño de la tierra conocida. Y al lago de Galilea los romanos la llamaban “el lago de Tiberíades”, el lago de Tiberio. La tierra y el mar son del emperador. Jesús desarrolla su actividad en torno al lago de Galilea, y a los pobres campesinos endeudados y a los pobres pescadores que malviven a pesar de que el lago es abundante en pesca Jesús les anuncia: “Bienaventurados vosotros los pobres, porque vuestro es el reino de Dios”. Es decir: porque vais a ser libres, porque la justicia y la misericordia son más fuertes que Tiberio. La tierra y el mar no le pertenecen. Os pertenecen a vosotras, a vosotros. Muy pronto lo veréis. “Bienaventurados los humildes, porque heredarán la tierra” (Mt 5,5). Los que aman la tierra, los humildes, los humanos, son como la tierra, son como el agua que no rivaliza con nadie y busca el lugar más bajo para el bien de todos.

Que se implante a nivel planetario al menos un día de descanso cada siete días (Ex 20, 8-11), y un año sabático cada siete años (Lv 25,1-7), y un año jubilar cada 50 años, para que la tierra y todos los seres humanos descansen y los pobres recuperen los bienes vitales de los que han sido enajenados (Lv 25,8-17). Para que todos los seres sean felices, pues unos pocos no podrán serlo sin que lo sean todos.
Esta espiritualidad del descanso sabático (o dominical) es inseparablemente personal, político y cósmico. No puede haber verdadero descanso y disfrute de la vida mientras no sean compartidos. Nadie alcanza una paz verdadera si no desea y procura paz a los demás. Y no habrá reposo para los seres humanos, mientras no lo haya para la tierra y todas sus criaturas. ¿Es una utopía? La utopía no indica tanto la meta que podremos o no podremos alcanzar, sino la dirección en la que debemos caminar.

7. La tierra es de Dios, pero ¿de qué Dios?

Si decimos que la Tierra y el Cosmos son liturgia (celebración de la Existencia con su fiesta y su riesgo), que se encuentran acogidos/acogiéndose en la alianza universal del Ser o de la Vida bajo el signo del Arcoíris, que son Cuerpo y templo de Dios, que los rige el ritmo sabático del descanso, la condonación de las deudas y la recuperación de todos los bienes enajenados… ¿qué estamos diciendo sobre Dios? ¿De qué Dios estamos hablando?

Todo lo dicho son imágenes. Todo lenguaje sobre Dios es metafórico que abre nuestra mente y corazón al Infinito más allá del significado. Dios no es lo que decimos, sino el Misterio Indecible al que remiten nuestras palabras, frases, discursos. Si comprendes, no es Dios. Pero no podemos dejar de decir lo Indecible, ni debemos encerrar el Indecible en o dicho. No renuncio a decir la palabra “Dios”, porque –para bien o para mal– está presente en nuestro lenguaje, porque lo ha estado en la tradición de nuestras lenguas y culturas. No renuncio a hablar de “Dios” porque necesitamos depurar las nociones e imágenes que han servido para oprimir y herir la vida, la comunión de los vivientes.
Decir “Dios” es una forma de decir la Realidad primera o última, la Realidad Fontal que sustenta y suscita todo lo que es. Decir “Dios” es una forma de decir la Realidad en cuanto Donante-Don-Donación.

“El libro de los 24 filósofos”, obra del s. XI, compuesta probablemente en la Escuela de Chartres, define a Dios sin poder definirlo de una manera que no podemos imaginar, que algún buen matemático podrá tal vez entender: “Dios un círculo infinito cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna”. Soy incapaz de representarlo en concreto e incluso de entenderlo en abstracto, pero me evoca una Realidad Infinita, Absolutamente transcendente e inmanente a todo, absoluta relación y absoluta presencia transespacial y transtemporal en todo lo espacial y temporal.
El cosmos está hecho de ondas y partículas que vibran, y podríamos decir que “Dios” es el puro ser y la pura vibración o la pura posibilidad abierta en todo. El cosmos es materia, que es energía, y “Dios” es la Matriz primera y el Fondo originario en que todo se engendra sin cesar. El cosmos infinito es la forma y “Dios” es el Vacío primero en que nace y subsiste toda forma.

“Dios” y mundo no son ni uno ni dos. “Dios” no es contable ni localizable. No cabe aplicarle ningún esquema de número, espacio, tiempo o género. Solamente nos quedan imágenes insuficientes: Dios es al mundo como el Todo a la suma de las partes, o como el Fondo o la Fuente de todas las formas, o la Creatividad del universo (Alfred N. Whitehead, Stuart A. Kauffman), o la Belleza de todo lo bello, o la Bondad de todo lo bueno, o la Comunión de todos los seres, o el Yo de todo tú y el Tú de todo yo, el Nosotros misterioso del tú y del yo, o la Vida de todos los vivientes, o la Memoria cósmica en la que viven todas las “formas” o “almas” de todos los muertos, o la Información universal (Edwards), o el Alma del mundo, o la Conciencia del Universo, o la ternura de los amantes. Thomas Merton oraba así en octubre de 1968, dos meses antes de su muerte: “¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que, si permanecemos abiertos unos a otros, Tú moras entre nosotros. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, porque nuestro ser es tu Ser y nuestro espíritu está enraizado en tu espíritu”.

No es persona ni impersonal. Es más que personal, transpersonal. W. Jäger escribe: “La Realidad Última, o la Consciencia Absoluta que denominamos Dios, y nuestro yo son como la ola y el mar. La ola siempre puede dirigirse al mar. Puede decir ‘tú’. Pero también puede caer en la cuenta que ella misma es mar. Sigue siendo ola, pero su relación con el mar ha cambiado después de haber hecho esta experiencia. Puede abrirse simplemente a lo infinito del mar, a lo infinito de Dios… Para la mística, esta experiencia de unidad supone la oración auténtica. Los que aman, no piden. Experimentan la unidad detrás de toda dualidad.

La palabra “persona” me paree demasiado limitada para utilizarla para Dios. Me abro en la oración a esta Realidad profunda, igual que la rama se abre al conocimiento del ‘árbol’. Dios es lo más íntima de la evolución. El/Ello se realiza como lo que denominamos universo. El/Ello es la vida en sí, no es nada en el exterior. El/Ello se realiza como lo que soy. De ahí que el maestro Eckhart diga: ‘En la irrupción, donde esté libre de m voluntad propia y de la voluntad de Dios y de toda su obre y de Dios mismo, allí estoy por encima de toda criatura y no soy ni ‘Dios’ ni criatura, sino más bien lo que era y seré por siempre… En este interrumpir me cabe en suerte que Dios y yo somos uno. Ahí soy lo que era’ ”21.

En ese Misterio se mueve todo cuanto se mueve (y todo se mueve y es relación con todo lo que es). En ese Misterio es todo cuanto es, en relación con todo. En ese Misterio vive todo lo que vive, todo lo que participa de esta peculiarísima manera de ser uno mismo en alteridad, organismo en relación. Todos los seres humanos de hoy pertenecemos a la especie Sapiens (aparecida hace unos 200 mil años), del género Homo (aparecido hace unos 2,5 millones de años), perteneciente a la subfamilia de los homininos (que se separó de la línea del chimpancé hace unos 6 millones de años), que pertenece a su vez (pertenecemos) a la familia de los homínidos (que abarca a todos los grandes simios: gorilas, orangutanes, chimpancés), y así hasta las primeras células eucariotas, y procariotas, y las moléculas y los átomos y el Big Bang… y no sabemos más, no sabemos casi nada.

Pero sabemos que somos uno, y que debemos cuidar la propia vida y la vida del otro como propia. Y debemos caminar en la Tierra de forma sagrada, en palabras de un indio lakota:
Palabras de un indio lakota:

Cada paso que des en la tierra debe ser una plegaria.
La fuerza de un alma pura y buena
está en el corazón de cada persona
y crecerá como una semilla
cuando camines de forma sagrada.
Y si cada paso que das es una plegaria,
entonces caminarás siempre de forma sagrada”22.

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