Jesús resucitado, meta de nuestra propia resurrección. Benjamín Forcano

Fuente: Redes Cristianas
¿En qué se basa la creencia cristiana de la resurrección de Jesús de Nazaret?
Desde los primeros tiempos, los cristianos afirmamos que Jesús es el Mesías y el Señor y que en su resurrección radica la esperanza de nuestra propia resurrección. Esta verdad cobra claridad y consistencia desde los hechos concretos de la tumba vacía y los encuentros con Jesús resucitado.
Escribe Lucas que las mujeres “entraron en el sepulcro y no encontraron el Cuerpo del Señor Jesús: no busquéis al que está vivo entre los muertos, ha resucitado. Las mujeres volvieron a anunciar todo esto a los discípulos, pero lo tomaron como un delirio y se negaban a creerles” (Lc 24, 6-12).
Entre los judíos existía ciertamente la creencia de la resurrección, pero no bastaba para generar la creencia en la resurrección de Jesús; ella surge a partir de la constatación de dos hechos históricos: la tumba vacía y las apariciones de Jesús a la gente.

Por la sola tumba vacía nadie habría hablado de la resurrección de Jesús. A lo más se hubiera llegado a pensar que lo habrían robado y no se supiera dónde estaba escondido. La tumba vacía indicaba algo, estaban los lienzos funerarios, pero no el cuerpo, que se había liberado de ellos. El cuerpo había desaparecido. La tumba nunca fue objeto de veneración por los primeros cristianos, ni hay indicio alguno de que tras unos meses de descomposición del cuerpo, lo hubieran recogido para darla un entierro secundario. A nadie ciertamente se le podía ocurrir que Jesús pudiera resucitar.

De la misma manera, si atendemos únicamente a los encuentros con Jesús resucitado, nadie podía deducir de ellos la resurrección, pues se podían interpretar como visiones o sueños sobre la persona fallecida, como ya había ocurrido más de una vez.
La novedad está en que los cristianos ven que tumba vacía y encuentros van unidos: el Jesús aparecido era el mismo que como cadáver había sido enterrado en el sepulcro. El cuerpo había desaparecido pero,al mismo tiempo, se había descubierto que su persona estaba completamente viva de nuevo: hablaba, comía y bebía con la gente a que se aparecía.

Si la tumba no hubiera aparecido vacía, no hubiera surgido la creencia de la resurrección de Jesús, pues nadie antes que él había resucitado de entre los muertos. Lo relatado como histórico es que a la comprobación de la desaparición del cuerpo (tumba vacía) se unen las apariciones. Las apariciones confirman y complementan la verdad de la tumba vacía. En este, como en los demás caso, los sueños no bastaban para inventar o hacer creer que Jesús había resucitado. Se trata de una persona fallecida, ingresada como cadáver en el sepulcro y también de la transformación que ella sufre apareciéndose con verdadero cuerpo, con propiedades sin precedentes e inimaginables.

El Jesús muerto y aparecido son el mismo, hay continuidad, aunque con una transformación innegable. La base, pues de la creencia cristiana en la resurrección de Jesús , la da la circunstancia de esta combinación de la tumba vacía y las apariciones.
Todo esto resullta indemostrable desde una perspectiva pitágorica, matemática. Pero con la historia casi nada queda descartado de manera absoluta; después de todo, la historia es en su mayor parte el estudio de lo inusitado y lo irrepetible.

Lo confirma el superdocumentado autor N.T. Wright, en su libro (de 1.000 páginas) La resurrección del hijo de Dios: “Los primeros cristianos no se inventaron lo de la tumba ni los ‘encuentros’ o ‘vistas’ de Jesús resucitado con el fin de explicar una fe que ya tenían. Adquirieron esa fe debido a que esos dos fenómenos se dieron y se dieron de manera convergente. Nadie esperaba algo así. Decir otra cosa es dejar de hacer historia y adentrarse en un mundo de fantasía personal, una nueva disonancia cognitiva, en la cual el implacable modernista, desesperadamente preocupado por el hecho de que la cosmovisión posilustrada parezca en peligro inminente de hundimiento, planea estrategias para apuntalarla, pese a todo” ( Ed. Verbo Divino, pg. 859).

Qué bien suenan las palabras de Pedro en los Hechos de los Apóstoles: “Vosotros sabéis muy bien el acontecimiento que ocupó a todo el país. Me refiero a Jesús de Nazaret, pasó haciendo el bien y curando porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo , pues hemos comido y bebido con él después que resucitó de la muerte” (Hch, 10, 37-42)”.
“Nosotros no podemos menos de contar lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20).

2. La resurrección en el Nuevo Testamento

Los evangelios, además de las narraciones pascuales, aportan amplias y variadas indicaciones sobre la resurrección de Jesús. A modo de resumen, podemos afirmar que la entera tradición evangélica sobre las creencias relativas a la vida después de la muerte, conecta con la opinión judía frente a la pagana; y dentro de la opinión judía, con los fariseos (y otros que de acuerdo con ellos estaban) frente a otras opiniones diversas.

Encontramos, por otra parte, una evolución y redefinición de la idea de la resurrección, no muy diferente de la que encontramos en San Pablo. “Resurrección” sigue significando el don que Dios, al final, hace de una nueva vida corporal . Aparece el reiterado sentir de que la resurrección, que a los discípulos les resultaba incomprensible durante la vida de Jesús, llegan a entenderla después, al reflexionar sobre la Pascua. Jesús devuelve a la vida a gente que había muerto. Sin embargo , la resurrección no significa una vuelta al mismo tipo de vida de antes, sino un dejar atrás completamente a la muerte.
El Nuevo Testamento recoge múltiples voces sobre la resurrección, pero todas ellas parecen cantar en estrecha armonía. Si exceptuamos a Hebreos, todos los libros y tendencias hablan de ella como de un tema central, que cobra sentido en la estructura del pensamiento judío sobre el Dios uno como creador y juez.

Un lector imparcial puede recopilar enseguida la novedad de los siguientes aspectos:
1.La resurrección ocupa un interés central en el primitivo cristianismo, no así en el judaísmo.
2.Las especulaciones en torno a la vida después de la muerte, eran muy variadas tanto en el mundo pagano como judío. Este abanico de opiniones no existe prácticamente en el Nuevo Testamento. Sí que se puede apreciar como una ramificación unida del judaísmo farisaico.

3.La naturaleza del cuerpo resucitado no será susceptible de morir ni de corromperse, pues quedará transformado tanto para los que han muerto como para los que aún siguen vivos. Surge, ciertamente, un nuevo modelo de corporalidad difícil de describir, que podemos etiquetarla con el término de “transfísica”. Tal término sugiere la idea de un cuerpo transformado, pero sin pretender describir en detalle qué tipo de cuerpo era el que los primeros cristianos suponían que Jesús poseía ya y que ellos acabarían por poseer. No pretendían explicar el cómo podía ser tal cosa. El hecho realmente demostrable es que los primitivos cristianos imaginaban un cuerpo que seguía siendo sólidamente físico pero significativamente diferente del actual. “Como historiadores podemos tener la dificultad de imaginar tal cosa. Pero, igualmente como historiadores, no debemos retraernos de afirmar que de eso es lo que hablaban los primeros cristianos. No hablaban de una supervivencia incorpórea, “espiritual”. De haber querido hablar de eso, lo hubieran hecho” (N.T. Wright, Idem, pg. 590).

4.Evidentemente, los cristianos eligieron y subrayaron aquellos textos bíblicos que mejor expresaban lo que le había ocurrido a Jesús y le ocurriría luego a todo su pueblo.
5.El uso metafórico de la idea resurrección tal como aparece en el judaísmo es sustituido por un uso metafórico de “morir y resucitar” concretos (bautismo, santidad de la vida corporal, testimonio cristiano) pero con referentes distintos.
Al historiador no deja de plantearle todo esto una cuestión tremenda: ¿Cómo se explica este movimiento nuevo, que aparece de una manera repentina y afirma una única corriente de fe acerca de lo que le ocurre a la gente después de la muerte y es enriquecida de manera constante en una amplia gama de textos? “Los cristianos decían que Jesús ha resucitado de entre los muertos y este acontecimiento es la condición necesaria y suficiente para que ellos fueran un movimiento de “resurrección” y un movimiento de “resurrección transformada” (N.T. Wright, Idem, pg. 591).

3. La resurrección dentro de la cosmovisión paleocristiana

Conviene destacar lo que, en la conducta habitual de los primeros cristianos, reflejaba que ellos estaban ya viviendo la resurrección. Lo reflejaban en primer lugar comportándose como si en aspectos importantes estuviesen ya viviendo en la nueva era, realizando en la tierra el reino de Dios; su estilo de vida se inspiraba en el triunfo de Jesús sobre la muerte. Esta era una luz nueva de claridad intensa.
El día último de la semana había pasado a ser el primero, es decir, “El día del Señor” simplemente por la resurrección. El cambio del sábado, en cuanto séptimo día por el domingo, se verifica porque los cristianos creen que en ese día ha ocurrido algo especial. El bautismo y la eucaristía se realizaban con referencia a la condición de Jesús como Mesías y Señor, lo cual hace también que la cruz se convierta de signo de degradante opresión imperial en signo del amor de Dios. Jesús muerto y resucitado es el centro de la comunidad cristiana y la comunidad se considera beneficiaria de la resurrección en el presente y en el futuro.

Los cristianos son, por tanto, el pueblo de la resurrección, un pueblo nuevo que empezó en la Pascua y que, por el Espíritu, integra a todos en el bautismo y en la fe. Este pueblo es parte de la creación de Dios, restaurada y redimida, aunque un día haya de morir. La derrota del pecado y de la muerte , iniciada por la Pascua, está todavía por concluir, y se llevará a cabo cuando Jesús reaparezca. Ahora estamos entre la era venidera que ha empezado ya y la era presente.
“ La resurrección de Jesús y la poderosa obra del Espíritu que los cristianos primitivos veían en ese acontecimiento y en sus propias vidas, reconfiguró la visión del dios único y del mundo, al proporcionar la respuesta a los problemas de Israel y del mundo: queda demostrado que Jesús es el Mesías representante de Israel y que su muerte y resurrección es la realización anticipada de la restauración de Israel y, por tanto, de la restauración del mundo”(N.T, Wright, Idem, pg. 711).
Esto significa que los cristianos están comprometidos a vivir y trabajar dentro de la historia y no a vivir en un mundo de fantasía. El futuro prometido daba sentido y validez a la presente vida corpórea.

Se toca con esto algo que contradice la posición de quienes han sostenido que con el cristianismo no había sucedido nada especial , dando por supuesto que la resurrección corporal no había ocurrido. No pocos daban como válida e importante -y es lo que había que esperar- la “segunda venida” sin admitir que ella descansaba sobre algo que había sucedido ya. La resurrección corporal es la que daba significado a la segunda venida.
Esta visión del mundo generaba una espiritualidad modelada por la resurrección de Jesús, la cual daba un fuerte impulso a un estilo de vida que se difundió rápidamente y que alentaba un claro enfrentamiento con el imperio. La preocupación de los cristianos por este mundo, lejos de disminuir, aumentaba con la creencia de que Jesús había resucitado de entre los muertos y que, con él, había comenzado una nueva era. El Señorío de Jesús sobre la tierra iba a generar un conflicto contra las presiones del Cesar. Si Jesús era el Mesías, él era el verdadero señor del mundo . Los cristianos creían que la “resurrección” había empezado ya y la única persona a la que le había sucedido era el señor a cuyo nombre se doblaba toda rodilla.

4. ¿Qué significa, en definitiva, resucitar?

. SIGNIFICA
Que Jesús, en la muerte y desde la muerte, entró en el ámbito mismo de la vida divina, realidad primera y última. El Crucificado continúa siendo el mismo, junto a Dios, pero sin la limitación espacio-temporal de la forma terrenal.
La muerte y la resurrección no borran la identidad de la persona sino que la conservan de una manera transfigurada, en una dimensión totalmente distinta. Para hacerlo pasar a esta forma de existencia distinta, Dios no necesita los restos mortales de la existencia terrena de Jesús. La resurrección queda vinculada a la identidad de la persona, no a los elementos de un cuerpo determinado.
Resucitar significa, pues, entrar a través de la muerte en el ámbito mismo de la vida de Dios. Nuestra fe nos asegura que el Dios del comienzo es también el Dios del final, que el Dios , Creador del mundo y del hombre, es también el que consuma a éstos en su plenitud.

Resucitar significa que la persona que muere, continúa, y el cuerpo se disuelve pero entra en una dimensión nueva. Hay continuidad y discontinuidad.
Resucitar significa apostar, como Jesús, por la vida, por la justicia, por el amor, por la libertad, llegando incluso a soportar en esta lucha el vituperio del fracaso de este mundo, pero seguros de que la inocencia del Justo será reconocida y premiada por Dios. Dios tiene siempre la última palabra, no la iniquidad.
Resucitar significa que estamos ya, en una marcha hacia la plenitud de la vida, en lucha contra todo lo que bloquea, merma y mata la vida. El tiempo que se nos da no es para volverse pasivos, indolentes, excépticos, sino para trabajar, ahora, en el minuto a minuto, e ir haciendo que esta tierra sea cada vez más un cielo, el cielo de Dios. La resurrección de Jesús es la meta final, la anticipación de la plenitud que nos aguarda. Y esa plenitud no hay otra forma de hacerla más real y operativa que comprometerse con aquellos que más vida, amor y libertad necesitan: los pobres.

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