Sobre masculinidad sagrada y pederastia religiosa. Juan José Tamayo, Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones. Universidad Carlos III de Madrid

Fuente: Redes Cristianas
UNA LLAMADA SOLIDARIA DEL PAPA FRANCISCO NO ATENDIDA POR JUECES Y ECLESIÁSTICOS
El joven profesor “Daniel” escribió una carta al Papa Francisco informándole de los abusos sexuales que él y otras personas menores de edad sufrieron desde la infancia por parte de algunos sacerdotes y seglares de la archidiócesis de Granada. Francisco le llamó en dos ocasiones para pedirle perdón, mostrarle su apoyo, comprometerse a investigar el caso y decirle que lo pusiera en conocimiento del arzobispo de Granada, quien, a decir verdad, no mostró la misma diligencia que el Papa, ya que tardó en responder a las llamadas del joven agredido sexualmente. “La verdad es la verdad, y no debe esconderse, cueste lo que cueste”, dijo Francisco.

La solidaridad del Papa con las personas abusadas sexualmente por eclesiásticos contrasta, por una parte, con el silencio y el encubrimiento de un sector de la jerarquía católica que obstruye la investigación de la justicia y parece ponerse del lado de los pederastas y, por otro, con sentencias absolutorias de los jueces que dudan del testimonio de las personas objeto de pederastia e incluso llegan a culpabilizarlas. Pareciere que existe una complicidad entre un sector de la judicatura, la jerarquía eclesiástica y las personas pederastas. Quizá los jueces sientan todavía en España un respeto reverencial por las personas pertenecientes a la clerecía en sus diferentes grados: sacerdotes, obispos… Dejémoslo en un “quizá”.

Yo no voy a entrar aquí a juzgar las sentencias, porque no me compete. Sí quiero hacer una reflexión teológica sobre la pederastia, que es mi campo. La raíz de tan abominable, violenta y criminal práctica se encuentra, a mi juicio, en la estructura patriarcal de la Iglesia católica y en la masculinidad hegemónica; más aún, en la masculinidad sagrada. Como afirma la filósofa feminista norteamericana Mary Daly en su libro pionero de teología feminista Beyond God the Father (Boston, 1973, 19), “Si Dios es varón, el varón es Dios”. La masculinidad de Dios convierte al varón en representante único de Dios en la tierra y en dueño y señor en todos los campos del ser y del quehacer humanos y, muy especialmente dentro de la institución eclesiástica: organizativo, doctrinal, moral, religioso-sacramental, sexual, etc. Y no cualquier varón, sino el clérigo -en sus diferentes grados: diácono, sacerdote, obispo, arzobispo, papa-, que es elevado a la categoría de persona sagrada.

La masculinidad sagrada legitima todos los actos del varón, por muy perversos que sean, en cuanto representante y portavoz de Dios: guerras de religiones, violencia patriarcal, violencia religiosa, simbólica, psicológica, intolerancia religiosa, autoritarismo, etc. Con similares comportamientos se convierte a Dios en un ser violento y, en definitiva, en asesino. La masculinidad sagrada se torna condición necesaria para ejercer el poder, todo el poder, en el mundo religioso. Este poder empieza por el control de las almas, sigue con la manipulación de las conciencias y llega hasta la apropiación de los cuerpos en un juego perverso. Se trata de un comportamiento diabólico programado con premeditación y alevosía, practicado con personas indefensas, a quienes se intimida, y ejercido desde una pretendida autoridad sagrada sobre las víctimas a la que se recurre para cometer los delitos impunemente.

El poder sobre las almas es una de las principales funciones de los sacerdotes, si no la principal, como reflejan las expresiones “cura de almas”, pastor de almas”, etc., cuyo objetivo, dicen, es conducir a las almas al cielo y garantizar su salvación, conforme a una concepción dualista del ser humano, que considera el alma la verdadera identidad del ser humano e inmortal, y a la que hay que proteger de todo contacto con el cuerpo que la contamina y la torna impura. Es esta una forma de violencia.

El poder sobre las almas conduce al control de las conciencias. Solo una conciencia limpia, pura, no contaminada con lo material, garantiza la salvación, se argumenta. Por eso la misión del sacerdote, en la más clásica concepción del ministerio ordenado, es formar a sus feligreses en la recta conciencia que exige renunciar a la propia conciencia y someterse a los dictámenes morales de la Iglesia. Se llega así al grado máximo de alienación y de manipulación de la conciencia. Violentar la conciencia personal, torcer la conciencia individual, obligar a actuar en contra de la conciencia es una de las formas más sutiles y graves de violencia ejercida con frecuencia por los dirigentes e ideólogos religiosos sobre las personas creyentes que siguen crédulamente sus orientaciones morales.

El final de este juego de controles es el poder sobre los cuerpos, que da lugar a los delitos de pederastia cometidos por clérigos y personas que se mueven en el entorno eclesiástico y clerical. Quienes ejercen el poder sobre las almas y sobre las conciencias se creen en el derecho de apropiarse también de los cuerpos y de usar y abusar de ellos. Es, es sin duda, la consecuencia más diabólica de la masculinidad sagrada hegemónica. Cuanto mayor es el poder sobre las almas y más tiránico el control de las conciencias, mayor es la tendencia a abusar de los cuerpos de las personas más vulnerables que caen bajo su influencia: personas crédulas, niños, niñas, adolescentes, jóvenes, personas discapacitadas, etc.

La violencia pederasta es el mayor escándalo de la Iglesia católica de todo el siglo XX y de principios del siglo XXI, el que más descrédito ha provocado en esta institución bimilenaria. Algunos de los que se presentaban como modelos de entrega a los demás, se entregaron a crímenes contra personas desprotegidas. Algunos de los que eran considerados expertos en educación, utilizaron su supuesta excelencia educativa para abusar de los niños y las niñas que los padres les confiaban para recibir una buen formación. Algunos de los que se presentaban como guías de “almas cándidas” para llevarlas por el buen camino de la salvación, se dedicaban a mancillar sus cuerpos y anular sus mentes.

¿Desconocía el Vaticano tan extendida, programada y perversa situación de la pederastia y tan humillantes prácticas para las víctimas? Yo creo que la conocía perfectamente, ya que hasta él llegaban informes y denuncias que archivaba sistemáticamente hasta olvidarse de ellas. Pero no actuaba en consecuencia con la gravedad del delito. Todo lo contrario. A las víctimas y a los informantes les imponía silencio para salvar el buen nombre de la Iglesia, amenazando con penas severas que podían llegar hasta la excomunión si osaban hablar. Tal modo de proceder creó un clima de permisividad, una atmósfera de oscurantismo y un ambiente de complicidad con los abusadores, a quienes se eximía de culpa, mientras que la culpabilidad se trasladaba a las víctimas, que se veían bloqueadas para ir a los tribunales ante la imagen de autoridad que daban los pederastas. Hacerlo público se consideraba una desobediencia a las orientaciones eclesiásticas y una traición al silencio impuesto por las autoridades competentes, que decían representar a Dios en la tierra.

No importaba la pérdida de dignidad de las víctimas, ni los daños y secuelas, muchas veces irreversibles, ni las lesiones graves físicas, psíquicas y mentales con las que tenían que convivir los afectados de por vida. Faltó com-pasión y sensibilidad hacia sus sufrimientos. No hubo acto de contrición alguno, ni arrepentimiento, ni propósito de la enmienda, ni reparación de los daños causados, ni se produjo acto alguno de rehabilitación, ni se hizo justicia. Tal actitud supuso una nueva y más brutal agresión.

La permisividad del delito, el silencio, la falta de castigo, el encubrimiento, la complicidad y la negativa a colaborar con la justicia convertían la pederastia no solo en una agresión sexual individual, sino en una práctica legitimada estructural e institucionalmente –al menos de manera indirecta- por la jerarquía eclesiástica en todos sus niveles, en una cadena de ocultamiento que iba desde la más alta autoridad eclesiástica hasta el pederasta, pasando por los eslabones intermedios del poder religioso.

Sucede, además, que la mayoría de las veces los casos de pederastia se produjeron en instituciones y centros de formación masculinos dirigidos por varones. Lo que demuestra que el patriarcado recurre incluso a los abusos sexuales para demostrar su poder omnímodo en la sociedad y en las religiones y, en el caso que nos ocupa, sobre las personas más vulnerables. Un poder legitimado por la religión, que convierte a los varones en “vicarios de Dios” y portavoces de su voluntad. Es la forma más perversa de entender y de practicar la masculinidad, que despersonaliza y cosifica a quienes previamente ha destruido. Masculinidad y violencia, pederastia y patriarcado son binomios que suelen caminar juntos y causan más destrozos humanos que un huracán.

¿Qué hacer ante el cáncer de la pederastia con metástasis, extendido por todo el cuerpo eclesial? Tolerancia 0, denunciar, colaborar con la justicia, llevar a los presuntos culpables ante los tribunales civiles, y, muy importante, ¡que los jueces pierdan el miedo reverencial a las personas sagradas y las juzguen conforme a su responsabilidad en los delitos, y el delito de pederastia es sin duda de una gravedad extrema! No estamos en un Estado confesional, donde las personas investidas de autoridad sagrada merezcan un trato de privilegio, sino en un Estado no confesional donde la justicia es igual para todas y todos.

¿Y al interior de la Iglesia? Hay que ir a las raíces del fenómeno de la pederastia, a las causas de fondo de tan diabólico comportamiento, que se encuentra en la masculinidad dominante convertida en sagrada, en el poder igualmente sagrado de los varones consagrados a Dios en el poder fálico-sagrado sobre los cuerpos y el sistema patriarcal imperante en la Iglesia católica.
Mientras la masculinidad hegemónica se eleve a la categoría de sagrada y siga siendo la base del ejercicio del poder, mientras el patriarcado sea la ideología sobre la que se sustenta el aparato eclesiástico y la forma organizativa del mismo, volverán a producirse dichos comportamientos criminales contra las personas indefensas Se buscarán métodos más sibilinos, pero las cosas no habrán cambiado.

Por eso, es necesario cambiar la actual estructura mental, organizativa, legislativa, jurídica, penal y religiosa autoritaria de la Iglesia, que es patriarcal, homófoba y de hegemonía masculina, por otra que sea realmente igualitaria, inclusiva y paritaria. ¡Y cambiar la imagen de Dios Padre padrone!

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