¿Qué nos preocupa más? ¿La Religión o el Evangelio? José M. Castillo, teólogo

Fuente:   Redes Cristianas

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Fuente: Teología sin censura
Que hay malestar y preocupación en la Iglesia, es cosa que nadie pone en duda. Y hay motivos abundantes para el malestar y la preocupación. No voy a repetir lo que todos sabemos. Lo que quiero plantear, en esta breve reflexión, es una sola pregunta que, según creo, va directamente al fondo del problema. ¿Qué es lo que más nos interesa y nos preocupa: la “religión” o el “Evangelio”?

Para responder a esta cuestión, que nadie me venga diciendo: “A fin de cuentas, lo mismo da lo uno que lo otro”.
No. De ninguna manera. No da igual. Si a Jesús lo condenó a muerte el Sanedrín (Jn 11, 47-53), el Consejo Supremo de los Sacerdotes del Templo (Mt 26, 59-66 par), de forma que ellos fueron quienes forzaron al Pilatos para que Jesús muriera de la peor manera que se podía morir en el Imperio, como un delincuente peligroso (Jn 19, 9-16 par), ¿no podemos (y debemos) preguntarnos si a Jesús lo mató la religión?

Más aún (y aquí tocamos lo más fuerte), si Jesús llegó a morir de esta manera, este final se produjo porque su predicación, su conducta, su forma de vida fue un continuo enfrentamiento con los sacerdotes, los maestros de la Ley y los más escrupulosos observantes de la religión, los fariseos. A lo que se vino a sumar el acto provocador del Templo, cuando Jesús, látigo en mano, expulsó del lugar sagrado a todos los que allí negociaban, llegando a decir que aquello era una “cueva de bandidos”.
Lo más torpe y grave, que ha hecho la Iglesia, ha sido convertir el Evangelio en un acto, un componente más, de la religión. Si la religión mató a Jesús, ¿cómo podemos decir tranquilamente que Jesús fundó una religión?

Entonces, si Jesús no fundó ninguna religión, ¿qué es lo que nos dijo y nos dejó? Jesús nos dejó el Evangelio, que es “un proyecto de vida”.
Pero entonces, ¿dónde y en qué está la diferencia entre la “religión” y el “Evangelio”? Si respondemos sin miedo, llegando hasta el fondo del asunto, la cosa está clara: la “religión” tiene su razón de ser en la “necesidad” del propio sujeto, mientras que el “Evangelio” se explica a partir de la “generosidad” hacia los demás. Son dos fuerzas, dos razones de ser, dos dinamismos, literalmente contradictorios.

La religión brota de la necesidad. Todos necesitamos, de una manera o de otra, por un motivo o por otro, liberarnos de sentimientos de culpa. Necesitamos superar el miedo que nos acosa por tantos motivos. Necesitamos respuesta a muchas preguntas para las que no encontramos respuesta. Necesitamos seguridad. Necesitamos esperanza, para esta vida y para después de la muerte. Necesitamos ayuda en la enfermedad, en los apuros que acarrea la vida, la soledad, el desengaño, etc, etc. Y todos buscamos respuesta a la necesidad. Sobre todo, necesitamos cariño. Es en la necesidad, que acosa al ser humano, donde tiene su origen la religión.

El Evangelio es lo opuesto a la propia necesidad. Porque es la respuesta, que brota de la generosidad, a las necesidades de los demás. Por eso, Jesús nos presenta un proyecto de vida, que consiste en remediar las necesidades que sienten y viven los demás. Según los evangelios, Jesús lo centró todo en curar a los enfermos, compartir la comida con los demás, y procurar (a toda costa) las mejores relaciones humanas, centradas en la bondad y el cariño a los demás. Con todo lo que esto supone de plantar cara (y hasta la vida misma) a quienes van por la vida agrediendo la dignidad y los derechos de los otros, sea cual sea su nacionalidad, su religión o su conducta.

Hablando con claridad y sin miedo: la Iglesia se ha salido del camino que la trazó Jesús. Lo que la gente ve en la Iglesia es “religión”. ¿”Evangelio”? Hay personas de Iglesia y gente buena que lo vive, quizá sin saber que lo que vive es el Evangelio. Pero es chocante que, cuando aparece un Papa, como el que ahora tenemos, el papa Francisco, en su misma casa, en el Vaticano, y por todo el mundo, sobre todo entre clérigos y gente de Iglesia, hay demasiada gente que no soporta a este Papa. Prefieren la religión, su pompa y su boato. Y así nos va. Dando motivos a la confusión, en unos. Y al desconcierto o al desinterés, en una notable mayoría.

¿No sería lo más apremiante ponernos a pensar y analizar si el fondo de todos los males es que hemos puesto la religión en el puesto que tendría que ocupar el Evangelio?

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Silencio cómplice y encubridor. Juan José Tamayo, teólogo


Hay que cambiar las imágenes patriarcales de Dios que con frecuencia están en la base de no pocos de los abusos sexuales

3ConéctateJuan José Tamayo 20 NOV 2018 – 16:04 CET

El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez durante una asamblea.
El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Ricardo Blázquez durante una asamblea. LUCA PIERGIOVANNI EFE

Cuando los obispos españoles recibían las informaciones sobre los crímenes de pederastia producidos en las Iglesias de otros países, no se daban por aludidos y guardaban silencio porque no iba con ellos. Algunos incluso presumían de no tener ni haber tenido en sus diócesis casos similares. La Iglesia española parecía un oasis en medio del desierto pederástico que se cernía por todo el cuerpo eclesial. ¡Qué espejismo o, peor, qué cinismo! Lo que era un secreto a voces a nivel del catolicismo mundial, para un sector importante de la jerarquía católica española eran o bien calumnias o bien deseos malévolos de desprestigiar a la Iglesia.

En realidad, han sido décadas y décadas de abusos sexuales continuados en seminarios, colegios religiosos, noviciados, parroquias contra personas indefensas: niñas, niños, adolescentes; décadas de silencio, abusos de autoridad, violencia física, falta de investigación de los hechos y negación de los mismos, obstrucción a la justicia, ocultamientos, tolerancia con los pederastas e impunidad, falta de transparencia, ausencia de arrepentimiento y de petición colectiva de perdón, abusos de larga duración, falsedades y mentiras, incumplimientos, en muchos casos, de las sanciones disciplinares que establece el Código de Derecho Canónico para los casos de abusos sexuales, presiones psicológicas sobre las víctimas, culpabilización de las mismas, sufrimientos en solitario, tendencias autodestructivas, amenazas con castigos si revelaban o denunciaban los hechos y promesas de recompensas si los mantenían ocultos, informes falseados, documentación destruida, etc.

No pocos de los pederastas hicieron de los abusos sexuales su práctica cotidiana, que compatibilizaban con sus prácticas religiosas —incluida la celebración de la eucaristía— sin escrúpulo alguno, ni remordimiento ni conciencia de pecado, y sin hacerse cargo del dolor que causaban. Mientras, las víctimas vivían y siguen viviendo un infierno en la tierra causado por quienes anunciaban el cielo a los que sobrellevaran con paciencia las consecuencias de las agresiones sexuales. El cuadro no puede ser más dantesco y el comportamiento de los pederastas más antievangélico.PUBLICIDADinRead invented by Teads

La pederastia no es un fenómeno aislado y esporádico que se produzca excepcionalmente, sino permanente, generalizado y continuado durante décadas. Tampoco es un problema solo personal de este o aquel sacerdote o religioso que abusa de menores, sino que es institucional, está instalado y sólidamente arraigado en la estructura eclesiástica jerárquico-piramidal, patriarcal, clerical, que impone el celibato obligatorio a los sacerdotes.

Es ahí donde radica el problema y donde hay que buscar la solución. ¿Cómo? Eliminando el celibato obligatorio de los sacerdotes, ya que es fuente de comportamientos afectivo-sexuales patológicos y perversos; desjerarquizando y democratizando la Iglesia; despatriarcalizándola y desclericalizándola. Es necesario suprimir los seminarios como internados donde los aspirantes al sacerdocio viven 12 o siete años segregados de la juventud, de la familia y de la sociedad. Hay que cambiar, en fin, las imágenes patriarcales de Dios, que con frecuencia están en la base de no pocos de los abusos sexuales de quienes se consideran únicos representantes de la divinidad masculina.

Juan José Tamayo es profesor emérito de la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro es ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías? (Biblioteca Nueva)

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La iglesia católica española y el general Franco. Vicenç Navarro



Vicenç Navarro ha sido Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Barcelona. Actualmente es Catedrático de Ciencias Políticas y Sociales, Universidad Pompeu Fabra (Barcelona, España).

La visión que el establishment político-mediático conservador español tiene del papel que la Iglesia Católica Española (ICE) ha jugado en la historia reciente de España es que tal institución apoyó el golpe militar de 1938 como respuesta a la hostilidad expresada por la Segunda República hacia sus intereses, estableciendo un régimen autoritario del que fue distanciándose más tarde, facilitando por último el proceso de transición hacia un régimen democrático homologable a cualquier otro régimen democrático existente en la Europa Occidental. Tal visión es, en general, la que se enseña en el sistema educativo de este país.

El gran error de las fuerzas progresistas y democráticas es no haber denunciado la enorme falsedad de tal visión, siendo su campaña de recuperación de la memoria histórica un proyecto muy limitado, caracterizado por la moderación y el temor a enfrentarse a la ICE, que continúa teniendo un enorme poder en el diseño y formulación de la política educativa del país. No quisiera minimizar, por cierto, el impacto positivo que la recuperación de la memoria histórica ha tenido en muchos ámbitos del país. Su campaña, por ejemplo, para prohibir homenajear a figuras de aquel régimen, definido como meramente autoritario, ha sido valiosa para, al menos, diluir y, en muchas ocasiones, eliminar la visibilidad de figuras representativas de aquella dictadura. Pero incluso ahí, la permanencia de un mausoleo, el Valle de los Caídos, en honor de la figura del dictador muestra la enorme timidez en esta corrección del pasado.

La gran insuficiencia de las campañas de memoria histórica para corregir las falsedades existentes en la historia oficial del país

Hay que reconocer que no ha habido una actitud crítica y de denuncia del papel de la ICE (incluyendo, por cierto, la Iglesia Católica Catalana) en la historia reciente de este país. Ningún medio televisivo, público o privado, se ha centrado en corregir la enorme falsedad de la visión oficial del papel de dicha institución en nuestra sociedad. En primer lugar, nunca ha habido un programa que mostrara el apoyo que tal institución proporcionó a las fuerzas conservadoras responsables del enorme retraso cultural, político y económico que impusieron a las clases populares de este país, y que explica la gran hostilidad que la ICE generó entre estas clases durante la Segunda República, hostilidad que dicha Iglesia nunca se ha preguntado por qué existía. En segundo lugar, la ICE fue parte integrante del golpe militar (que interrumpió un proceso democrático) y del régimen dictatorial que tal golpe impuso y estableció. En realidad, la expresión según la cual “la ICE apoyó la dictadura” no define bien la relación entre la ICE y aquella dictadura. No es que la ICE apoyara el régimen dictatorial. Fue mucho más que apoyo, la ICE era parte esencial de aquel régimen. Los sacerdotes eran pagados por el Estado con fondos públicos, y los obispos eran nombrados por el dictador. Y, como parte de aquel Estado, cumplieron una función, incluyendo la represora.

El papel de la ICE en la represión

La Falange y la Iglesia jugaron un papel determinante en la denuncia y selección de las personas e instituciones republicanas brutalmente reprimidas (con especial atención a los maestros fieles a la República, incluyendo mis padres y familiares), represión ocultada y nunca mostrada por los mayores medios de información españoles (lo que engloba a los medios catalanes) del supuestamente régimen democrático actual. El nacionalcatolicismo (mezcla de un nacionalismo imperialista extremo de carácter étnico-racista, con un catolicismo sumamente reaccionario y opresivo) condenó al país a su enorme subdesarrollo cultural y social. De nuevo, como resultado de la enorme influencia de la ICE, no ha habido programas educativos para corregir la enormemente sesgada “historia oficial del país” sobre dicha institución.

Y esta función represora, basada en una completa y total dedicación de la ICE a la permanencia del régimen, continuó hasta el último día del régimen. Baste leer las declaraciones del cardenal Tarancón a raíz de la muerte del dictador, en las que, en un acto realizado en aquel momento, dijo: “creo que nadie dudará en reconocer aquí conmigo la absoluta entrega, la obsesión diaria, incluso, con la que Francisco Franco se entregó a trabajar por España, por el engrandecimiento espiritual y material de nuestro país, con olvido incluso de su propia vida” (citado por Juan José Tamayo en el artículo “El santo sepulcro del dictador”, publicado en El Periódico). Esto dicho en homenaje a uno de los dictadores que dirigió uno de los regímenes más represivos que hayan existido en la Europa Occidental del siglo XX. Como documentó en su día el principal experto en fascismo europeo, el entonces profesor Malefakis de la Columbia University de Nueva York, por cada asesinato político que cometió el régimen fascista italiano liderado por Mussolini, el régimen liderado por Franco cometió 10.000. Y en cuanto al supuesto “engrandecimiento” material, el régimen dictatorial fue responsable del enorme retraso económico y social del país (ver Navarro, V. El subdesarrollo social de España. Causas y consecuencias. Anagrama, 2006).

En realidad, la deificación del dictador fue una constante en el comportamiento de la ICE. Hasta el último día del régimen, el Caudillo entraba en las iglesias bajo palio, con los mismos honores que se daban al Santísimo Sacramento de la Eucaristía, poniéndolo, como bien dice Juan José Tamayo, al mismo nivel que Dios. La ICE definió a tal personaje como “el dedo de Dios”, definición que fue ampliamente reproducida por los mayores medios de información durante la dictadura. Nada menos que Luis Martínez de Galinsoga, director de La Vanguardia, indicó que “La vida de Franco ha sido conducida por el dedo de Dios”, y las monedas españolas llevaban la imagen del dictador rodeado de un laurel en el que estaba escrito “Caudillo por la gracia de Dios”, mostrando la gran complicidad entre la Iglesia y el sistema financiero de este país.

Y la historia continúa

Debería ser obvio que una de las principales causas del retraso en la denuncia de la falsificada historia de nuestro país es precisamente el gran poder que la ICE continúa teniendo en España. La ICE ha sido una de las instituciones que más se han opuesto a sacar al dictador de su monumento: el Valle de los Caídos. Y ahora que, por fin, cuarenta años después de que se iniciara la democracia, se intenta así hacerlo, la vicepresidenta del gobierno español se ha tenido que desplazar al Vaticano para solicitar ayuda a las máximas autoridades de la Iglesia Católica para que permitieran el desplazamiento del dictador a un lugar donde no continúe teniendo gran prominencia, evitando así que sea enterrado nada menos que en la catedral de la capital del Reino, Madrid, como desean sus familiares. El argumento que la ICE está utilizando es que en términos morales, y según los principios de la religión católica, no se puede negar su entierro en el panteón que la familia del dictador compró. Tal respuesta, como bien dice Juan José Tamayo, carece de credibilidad: la Iglesia constantemente expulsa a las personas divorciadas, a las mujeres que han cometido aborto, y un largo etcétera. La mera coherencia exigiría expulsar al responsable del régimen que asesinó a más españoles en el siglo XX. Pero ello requiere que la ICE reconozca y admita que esto es lo que fue aquel personaje, caudillo de un régimen del cual tal institución (la ICE) fue una pieza clave.

Entiendo que haya personas religiosas católicas que pidan que la Iglesia Católica pida perdón al pueblo español por el daño tremendo que ha causado a las clases populares de este país. No soy contrario a ello, pero lo veo improbable y poco significante. La Iglesia Católica ha mostrado ya a lo largo de su historia escasa sensibilidad moral y democrática. En realidad, debería ser denunciada por el papel central que tuvo en aquel régimen dictatorial. Y habría que pedirle al papa Francisco, el papa “progre” de los “cristianos progres”, que haga algo, y denunciara lo que la Iglesia ha hecho en este país. Pero tampoco creo que ocurra. La falta de moralidad de la Iglesia Católica es la tónica que define su historia en España.

Una última observación. En el término ICE incluyo predominantemente a las autoridades eclesiásticas de tal institución y no a la gente normal y corriente que es creyente y de la cual hay de todos los colores políticos, aun cuando dominan numéricamente las sensibilidades conservadoras. A todas ellas las animaría a que se rebelaran frente a tales autoridades, las cuales han dado amplias muestras de una gran falta de vocación democrática y excesivo apego a sus intereses corporativistas, en contra de los intereses de la mayoría de la población. Por el bien del país, por favor, háganlo.

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Las manifiestas simpatías de los obispos por las dictaduras. Antonio Gil de Zúñiga


De derechas, por supuesto. Estas simpatías se extienden también a los gobiernos democráticos de derechas, muy próximas a ideologías de poder absoluto. España es ejemplo preclaro de todo esto, no sólo con la dictadura franquista, sino también con los gobiernos de derechas. Lo vive la sociedad española en estos días con la exhumación de los restos del dictador Franco y su posible enterramiento en la catedral madrileña de la Almudena.

Pero esta simpatía episcopal no se circunscribe a España, a la Península Ibérica, en nuestra historia inmediata, sino que va más allá de los mares como Argentina, Chile, Guatemala, Honduras (fue llamativa la actitud sospechosamente cómplice del cardenal Maradiaga en ambas dictaduras recientes de Honduras)… Más de uno se pregunta si la actitud actual del episcopado de Nicaragua y de Venezuela en defensa del pueblo que empobrece y sufre se debe a la actitud profética o porque son gobiernos de izquierdas; en cualquier caso, es bienvenida y ejemplarizante.

Ahora bien, ante este comportamiento histórico de la jerarquía católica, que no es de ahora sino que arranca, cuando menos, desde el emperador Constantino en el s. IV, las preguntas se suceden en cascada: ¿Es la fe cristiana la que propicia esta situación? ¿Son las religiones monoteístas? ¿Son todas las religiones?, etc. No creo que la fe cristiana, por referirme a lo más próximo, desemboque irremediablemente en esta praxis detestable. No creo que el programa ético de Jesús de Nazaret en las bienaventuranzas, ni aquel examen final, que el poeta JM Valverde considera “ateo” y que se expone en Mt 25,31-46, ni aquello de “no se puede servir al mismo tiempo a Dios y al dinero” (Lc 6,13), ni aquella respuesta a los hijos de Zebedeo “el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos” (Mc 10,43)… puede llevar a esa praxis tan contraria al evangelio. La raíz no está en la fe, sino en conductas y estructuras eclesiales nada de acuerdo con las exigencias evangélicas y con las vivencias comunitarias de la Iglesia primitiva en unos tiempos nada sospechosos de democráticos. Las claves, a mi entender, radican en

  • 1. El miedo a la libertad, tanto psicológica como comunitaria, como bien recoge E. Fromm al analizar el proceso de Lutero con el papado haciéndose eco de su lucha por defender la autonomía del creyente, de manera que su concepto de la fe y de la salvación se apoya en la experiencia individual subjetiva, según la cual toda la responsabilidad cae sobre el individuo y ninguna sobre una autoridad susceptible de darle lo que él mismo es incapaz de obtener. La doctrina de Clemente VI que afirmaba que al Papa le estaba confiada la cantidad infinita de méritos adquiridos por Cristo y los Santos, y que, por lo tanto, podía distribuir entre los creyentes partes de este tesoro, llegó a su punto álgido en la época de Lutero. La libertad, en general y la del creyente en particular, no es un mal, sino todo lo contrario, un bien que especifica al ser humano y lo dignifica. Con razón solía decir Y. Congar que en la Iglesia cuando se plantea un problema que molesta, se lo elimina de raíz, en lugar de buscar soluciones. La Vehementer Nos de Pío X lo dice sin tapujos: La Iglesia, “en virtud de su misma naturaleza, es una sociedad jerárquica; es decir, una sociedad compuesta de distintas categorías de personas: los pastores y el rebaño… Y estas categorías son de tal modo distintas unas detrás, que sólo en la categoría pastoral residen la autoridad y el derecho de mover y dirigir a los miembros hacia el fin propio de la sociedad; la obligación, en cambio, de la multitud no es otra que dejarse gobernar y obedecer dócilmente las directrices de sus pastores”.

Este nacionalcatolicismo no arranca en la guerra civil cuando la jerarquía católica, poniéndose de lado de los rebeldes, considera su rebelión como una Cruzada. No se inicia, pues, en ese momento, sino que se consolida y robustece. Para M. García Morente, discípulo de Ortega y Gasset, converso ya y sacerdote, en un escrito de 1942, es la providencia divina quien establece esa estrecha unión que se remonta a la invasión de los árabes en el 711, pues “para que la idea de España como nación esencialmente católica se realizase dispuso Dios que los árabes invadieran victoriosos España y crearan una circunstancia que impuso a los españoles la identificación de su realidad política con su realidad religiosa”. El maridaje entre lo religioso y lo político es muy profundo, de manera que no es posible delimitar el campo de actuación de cada uno de ellos, ya que España, como declaró el Papa Pío XII en sus declaraciones por radio el 19 de abril de 1939, al celebrar el triunfo de Franco, es “la nación elegida por Dios como principal instrumento de evangelización del nuevo mundo y como baluarte inexpugnable de la fe católica”. ¿España se convierte en instrumento de evangelización? No puede estar más lejos de la realidad. España es católica, pero no por conversión, sino por decreto-ley. Es la religiosidad sociológica, la que se mide por las estadísticas, la que interesa, no la religiosidad profunda que transforma a la persona y a la sociedad. Es la clase de religión en las escuelas la que interesa o que los clérigos y las diócesis tengan asegurado el pan y el futuro. Se puede decir que para este viaje no se necesitan tales alforjas.

Sinodalidad es la vía de solución a todo este desatino, para que el creyente, desde su autonomía, sea responsable como bautizado de su quehacer en la comunidad eclesial y en la comunidad civil. La Iglesia es sínodo, dice Juan Crisóstomo, es decir, un caminar juntos, sintiéndose responsable del otro. Cuando yo miro al otro, escribe È. Levinàs, me hago responsable de él. La sinodalidad se debe vivir en los espacios concretos donde se vive la fe y desde unos postulados de corresponsabilidad. Si la Iglesia es sínodo debe construirse desde las exigencias del bautismo; todos somos responsables de ella, aunque como dice Pablo hay muchas funciones en el seno de la comunidad. Los obispos en su mayoría hablan de sinodalidad, pero consideran esta lexía sin carga semántica. Una palabra nueva, bonita, atractiva, pero se le da el contenido semántico que ellos quieren y, por supuesto, lejos de su significado. Cambiar las formas para no cambiar nada. Ahí está el Sínodo llamado de los jóvenes. Se ha hecho la pantomima de que los jóvenes expusieran con antelación sus preocupaciones como creyentes y viene el Instrumentum laboris con temas propuestos bastante matizados, y en el Sínodo, celebrado en Roma en el pasado mes de octubre, apenas se dan respuestas concretas a las demandas de la juventud en cuanto al protagonismo de los jóvenes en la Iglesia, a un nuevo concepto y praxis de eclesialidad, a la reforma litúrgica, a la sexualidad incluida la LGTBI… La estructura misma del Sínodo está lejos de ser sinodal. Hay asistencia de jóvenes, previamente escogidos, que apenas intervienen en la discusión del temario y que, por supuesto, no votan; la votación corresponde a los obispos y a los representantes masculinos, varones, de órdenes religiosas.

Con estas mimbres no se puede llegar muy lejos. La sinodalidad está secuestrada. La Iglesia así no es sínodo, ese caminar juntos responsablemente. No se puede hacer camino, como decía A. Machado, si se está estancado y quieto en la misma estructura de autoridad absoluta. En la Iglesia primitiva se planteó el problema legal -¡siempre la ley!- de la circuncisión de los gentiles. Pablo y Bernabé marchan a Jerusalén donde “fueron acogidos por la iglesia y por los apóstoles y por los presbíteros” (Hch 15,4) y después de una larga reflexión concluyen que “el Espíritu Santo y nosotros hemos decidido no imponeros ninguna otra carga” (Hch 15,28). Este es el camino de la sinodalidad. Éste es el verdadero territorio de actuación, si la Iglesia con su jerarquía quiere salir del atolladero y del desprestigio en que se encuentra. Si no hay sinodalidad, no hay Iglesia; la sinodalidad auténtica es el camino para erradicar el maridaje de las dictaduras política y episcopal.

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Razones para el diálogo interreligioso e intercultural. Juan José Tamayo Director de la Cátedra de Teología y ciencias de las Religiones. Universidad Carlos III de Madrid

religionesEditar nov 162018  

Fuente:  Redes Cristianas

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En el artículo de la semana pasada (blog de Juan José Tamayo en amerindiaenlared.org) escribí sobre “El diálogo interreligioso, respuesta a la violencia” con motivo de mi participación en el II Foro Mundial sobre Violencias Urbanas y educación por la convivencia y la Paz”, convocado por el Ayuntamiento de Madrid.
Hoy ofrezco una nueva reflexión sobre el tema centrado en “Las razones para el diálogo interreligioso e intercultural”, que expuse en mi intervención en el Seminario Internacional Permanente Diálogos Oriente-Occidente sobre “El diálogo intercultural e interreligioso como herramientas para prevenir y erradicar el extremismo”, organizado por la Facultad de Filología y el Instituto Universitario de Ciencias de las Religiones, de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), la Embajada de los Emiratos Árabes Unidos y la Euromediterranean University Institute bajo la coordinación científica del Dr. Mohamed Dahiri, profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la UCM.

La tolerancia, el diálogo y la no-violencia no han sido precisamente valores que hayan caracterizado a las religiones, o al menos a sus dirigentes, ni en el comportamiento con las personas creyentes ni en su actitud ante la sociedad. La mayoría de las religiones han impuesto un pensamiento único y han perseguido, castigado y expulsado de su seno a los creyentes considerados disidentes y heterodoxos. Han invadido espacios civiles que no eran de su competencia y han impuesto sus creencias, muchas veces por la fuerza, recurriendo a la violencia. Por lo mismo, el diálogo ha brillado por su ausencia. Se ha impuesto, más bien, el anatema, la condena, la exclusión. Lo mismo cabe decir de la no-violencia y de los mensajes de paz, que están presentes en los mensajes originarios de las mayoría de las religiones, pero con frecuencia ausentes en sus prácticas, que suelen ser violentas.

Lo que con gran lucidez decía de los cristianos Baruc Spinoza, que había sufrido en su propia carne la exclusión de la comunidad judía, es aplicable a no pocos creyentes de otras religiones:
“Me ha sorprendido a menudo ver a hombres que profesan la religión cristiana, religión de paz, de amor, de continencia, de buena fe, combatirse los unos a los otros con tal violencia y perseguirse con tan terribles odios, que más parecía que su religión se distinguía por este carácter que por lo que antes señalaba. Indagando la causa de este mal, he encontrado que proviene, sobre todo, de que se colocan las funciones del sacerdocio, las dignidades y los deberes de la iglesia en la categoría de las ventajas materiales, y en que el pueblo imagina que toda religión consiste en los honores que tributa a sus ministros” (Spinoza, 1986: 66).

¿Quiere esto decir que la intolerancia y la violencia constituyen la ley de las religiones? No. Yo que creo:
ni el choque de civilizaciones es la ley de la historia;
ni las guerras de religiones son una constante en la vida de los pueblos;
ni los fundamentalismos pertenecen a la esencia de las religiones;
ni los enfrentamientos entre las diferentes etnias están en la naturaleza de éstas;
ni las diferencias culturales tienen que desembocar en conflictos entre ellas;
ni las diferentes disciplinas tienen que estar enfrentadas por defender celosamente su campo de estudio;
ni los pueblos tienen que resolver sus problemas y conflictos violentamente;
ni las identidades se construyen imponiéndose y destruyéndose unas a otras;
ni la sumisión de las mujeres bajo el imperio del patriarcado constituye el principio de organización de la sociedad ni el modelo de relaciones humanas.

Todo lo contrario. El choque de civilizaciones, los fundamentalismos, los enfrentamientos étnicos, los conflictos identitarios y el patriarcado son construcciones ideológicas de los poderes políticos, económicos, militares, religiosos y culturales hegemónicos que establecen alianzas entre sí para mantener su poder sobre el mundo y sobre las conciencias de la ciudadanía. Son construcciones humanas que manipulan las culturas, a las que ponen al servicio de proyectos imperialistas opresores; a Dios, a quien se invoca como aliado suyo; a las religiones, consideradas expresa o tácitamente como sanción moral de sus comportamientos, incluso violentos.

Las religiones y las culturas no pueden caer en la trampa que les tienden los poderes hegemónicos. No pueden seguir siendo fuentes de conflicto entre sí ni seguir legitimando los choques de intereses espurios de las grandes potencias. No pueden estar sometidas al asedio del mercado ni al servicio de los poderosos La alternativa al choque de civilizaciones, al conflicto entre culturas, a la guerra de religiones y a los enfrentamientos éticos es el diálogo, cuyas razones expongo a continuación en un tridecálogo:

1. El diálogo forma parte de la estructura del ser humano como ser social, que implica crear espacios de comunicación y lugares de encuentro.

2. El diálogo forma parte de la estructura del conocimiento y de la racionalidad. La razón es dialógica, no autista; intersubjetiva, no puramente subjetiva. Nadie puede decir que posea la verdad en exclusiva y en su totalidad.

3. El diálogo requiere argumentación y exige dar razones y exponerlas con rigor, pero también escuchar las razones del otro y cambiar de opinión se estas resultan más convincentes que las propias.

4. El diálogo es una de las claves fundamentales de la hermenéutica, ya que nos permite comprender los acontecimientos y los textos de otras tradiciones culturales y religiosas y los textos del pasado de nuestra propia tradición.

5. El diálogo constituye una alternativa al fundamentalismo, al integrismo, al fanatismo, al dogmatismo y es un antídoto contra el enfrentamiento entre culturas y religiones y frente a toda amenaza totalitaria.

6. A favor del diálogo aboga la historia de las religiones, que muestra la gran riqueza simbólica de la humanidad, la pluralidad de manifestaciones de lo sagrado, de lo divino, del misterio, y las múltiples respuestas a las preguntas por el sentido de la vida y el sin-sentido de la muerte.

7. La verdad no se impone por la fuerza del poder, sino que es fruto de acuerdo entre los interlocutores tras una larga y ardua búsqueda, donde se compaginan el consenso y el disenso.

8. El pluriverso de culturas aboga por el diálogo intercultural. Ninguna cultura puede considerarse en posesión única de la verdad como si se tratara de una propiedad privada recibida en herencia o a través de una operación mercantil.

9. El diálogo intercultural e interreligioso constituye un imperativo ético para la supervivencia de la humanidad, la paz en el mundo, la lucha por la justicia, la defensa de la naturaleza y el logro de la igualdad en la diversidad.

10. La interdependencia de los seres humanos, la pluralidad de cosmovisiones, las diferencias de opiniones y los conflictos de intereses demandan una cultura del diálogo.

11. Sin diálogo, afirma Raimon Panikkar, el ser humano se asfixia y las religiones se anquilosan. Por lo mismo, sin diálogo la diversidad es inalcanzable y sin respeto a la diversidad el diálogo es inútil, confirma el filósofo iraní Ramin Jahanbegloo.

12. El diálogo no puede girar en cuestiones superficiales, sino que tiene que ser radical, es decir, girar en torno a los problemas más acuciantes que viven la humanidad y la naturaleza e ir a la raíz de los mismos.

13. Los interlocutores del diálogo no pueden ser los apologistas de las religiones y culturas, sino las personas críticas de sus propias tradiciones culturales y religiosas. Eso las libra de su instalación complaciente en certezas absolutas y verdades eternas, al tiempo que las lleva a reconocer la complejidad de la realidad y estar abiertas al cambio. .

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El Derecho a morir con dignidad Benjamín Forcano, teólogo

espiritualidadEditar nov 142018  

Fuente:  Redes Cristianas

Benjamín Forcano1

Perspectiva ético-religiosa en una sociedad democrática
1.Universalidad de la etica racional
2.Conexion-colaboración de Etica y Religión
3.El vivir ético de la muerte
-La muerte es impensable sin referencia a la vida
-Actitudes diversas ante la muerte
-La muerte en su relación con el “más allá” y “el más acá”
-¿Acaba todo con la muerte?
-Postura cristiana la más común ante la muerte
4.El derecho a morir con dignidad
-Eutanasia, Distanasia, 0rtotanasia

Al abordar el tema del derecho a morir con dignidad, habremos de tener en cuenta este fondo cultural y sociopolítico, muy presente en el hoy de nuestra convivencia.
Pese a todo, hemos entrado en una perspectiva distinta que puede fecundar una convivencia plural, tejida de respeto y aceptación del otro. Es la perspectiva de una ética racional , que fundamenta nuestra convivencia en valores comunes. Una ética, que nos podrá hacer coincidir en determinados puntos a la hora de juzgar el derecho a morir con dignidad.

Nadie, pues, por ser católico o por ser no creyente, queda exento de esta ética: “Trata a los demás, como deseas que los demás te traten a ti” ; “Ama al prójimo como a ti mismo” es la regla de oro, de valor universal. O, según escribe el reconocido teólogo Hans Küng: “Esta ética mundial supone una serie de valores vinculantes, criterios inamovibles y actitudes básicas personales, extraidos de lo que es la dignidad inviolable e inalienable de toda persona humana. Todos, individuos y Estado, han de considerar siempre al ser humano sujeto de derecho , fin y no medio u objeto de comercialización. Nada ni nadie puede “estár más allá del bien y del mal”. Y todo ser humano, dotado de razón y de conciencia, está obligado a actuar de forma realmente humana y no inhumana, a hacer el bien y evitar el mal”.
De esta dignidad brotan naturales estos preceptos:
Respeta la vida
Practica la justicia
Sé honrado y veraz
Ama y respeta a los otros.

2.Conexión y colaboración de Etica y Religión

Quedan atrás los tiempos en que la ética no contaba frente a la posición hegemónica de la religión o en que la religión quedaba descartada por sobrante y reemplazada por la ética.
Todo cristiano tene como artículo primero de su fe el respeto de la dignidad de la persona y todo ateo parte también de este presupuesto. Los que seguimos a Jesús de Nazaret no sólo reivindicamos esta ética como parte sustancial de su mensaje, sino que, desde una perspectiva transcendente, aportamos mayor incondicionalidad y luz a los valores e imperativos de esta ética.

Damos entonces como superada esa contraposición entre Etica y Religión, entre la autonomía de lo humano y la heteronomía de lo religioso, establecida en la modernidad: “No tenemos necesidad de Dios, podemos prescindir de la religión pero no de la ética, ya que sin unos mínimos éticos universales es imposible la convivencia”.
Reprobada la negatividad histórica en que ha incidido muchas veces la Religión, no cabe prescindir de ella, porque sin ella no hay forma de responder a ciertas preguntas de la existencia humana, ni hacer justicia a los que fueron muertos injustamente ni dar soporte último a los imperativos éticos.

3.El vivir ético de la muerte
1.La muerte es impensable sin referencia a la vida
Si la muerte no tiene sentido en ella misma, habremos de buscarlo en la interpretación que hacemos de la vida. Como algo que pertenece a la vida y desde ella misma, la muerte se la puede entender como final, transformación, plenitud. Considerada en su totalidad, la muerte puede ser interpretada
. Como derecho de toda persona a morir con dignidad. . Como derecho inviolable a la vida de todo moribundo. . Como conflicto entre el derecho a una muerte digna y la prolongación artificial de la vida misma.

Nuestra sociedad no quiere saber nada con la muerte, la rehuye y la teme. Aún así, no tiene más remedio que contar con ella, pues por sí misma acaece de vez en cuando y actúa inapelable en el círculo más próximo de seres queridos.
Reactivamente, la cultura dominante empuja a darla como inexistente o encubrirla discreta o azarosamente.
Si realmente a nadie se le escapa que el ciclo de la vida nos depara nacer, vivir y morir, a nadie le debiera resultar extraño admitir el hecho mismo de la muerte y el preguntar por su sentido . Que tengamos que morir de una u otra manera , viene después.
De modo que el hecho mismo de la muerte, apunta conclusiones transparentes:
1ª) El vivir humano tiene una duración ineludiblemente limitada, y se debiera atender en lo que es para no concebirla ni organizarla como algo absoluto.

2ª)Esta conciencia no va desligada del último proceso de la muerte, que inquiere cómo vivir para alcanzar el sentido auténtico de la vida.
3ª) Interesa saber si, después de todo, el morir es total, con un pasar a la nada; o un resucitar, con un pasar a la plenitud de vida y dicha eternas.
Nuestra manera de ser, racional y libre, en identidad universal de especie y de solidaridad, dificultaría entonces las alienaciones de quienes se sumergen en mundos de vida y felicidad ilusorios, que malogran su existencia y derivan en ruina y desgracia para los demás.
La muerte, nos pertenece, la llevamos dentro desde que nacemos y, sin obsesión ni temor, debiéramos integrarla como parte de nuestra vida.

2. Actitudes diversas ante la muerte
En la muerte palpamos lo finito y perecedero de nuestra vida terrena y, a la par, su enaltecimiento y plenitud cuando alcanza el encuentro definitivo con Dios. Y aquí las actitudes, variables, configuran anticipadamente la decisión última:
-Una será la del que estoicamente se irá apropiando la muerte como de una dimensión intrínseca a la vida.
-Otra la del que, con una u otra forma de espiritualidad, tratará de preparase y aprender el ”ars moriendi”.
-Otra la del que pretende hacer de ella un ejemplo de lo buena o mala que ha sido su vida, así don Quijote: para morir se reconcilia consigo mismo, es decir, se vuelve cuerdo y torna a ser Alonso Quijano. “Yo me siento, sobrina, a punto de muerte”, “Yo, señores, siento que me voy muriendo a toda priesa”, “y querría hacerlo de tal modo que diera a entender que no habría sido mi vida tan mala”.

-Otra la de los que , como se ha hecho en la tradición cristiana, viven ascéticamente, apercibiendo al alma para tener la vida muerta al placer o adelantar al momento presente lo que en el momento de la muerte se hubiera querido hacer.
Para quien entiende la muerte como propiedad de nuestra naturaleza, le resulta lógico aceptarla como meta de un proyecto de vida propio del ser humano que vale la pena vivir y que en perspectiva cristiana se nos corona con lo imperecedero de ese proyecto en la plenitud del Dios Amor, que nos creó, sustenta y plenifica.

3. La muerte en su relación con el “más allá” y “el más acá”.

a) Influencia de la muerte en la configuración ética de la persona.
Es difícil no apuntar al “más allá” cuando de la muerte tratamos. Si yo tengo que morir individualmente, es casi seguro que en un momento o en otro me preguntaré por la consistencia de los imperativos éticos intramundanos, por la importancia de las otras decisiones que no tienen la importancia de la última, por la fisura irrestañable que me deja la muerte del otro, por la motivación que la apropiación de mi muerte genera en mi vida moral y por la actitud que, en conformidad con lo que sigo pensando, debo adoptar ante ella.
El batacazo de la muerte es tal que si no rompe toda entereza, hace difícil reponerse ante ella. Somos libres y, sin embargo, no nos es dado evadirnos ante lo absurdo y escandaloso de su límite.

Puede surgir el filosófico pensar de que estamos hechos para la muerte o el contrario de que la “mortalidad no es muerte”. Pero, en el fondo, nos encontramos con el muro lacerante de nuestra limitación: cómo seguir afirmando los imperativos absolutos de la dignidad, de la justicia y de la libertad desde nuestra irremediable fragilidad. ¿Cómo se le hace justicia a un hombre muerto injustamente? ¿Cómo se devuelve la dignidad y la libertad a los tratados como esclavos si la muerte ha acabado definitivamente con ellos?
Estos interrogantes no tienen respuesta, si no hay pervivencia individual más allá de la historia. Sin este presupuesto –para un cristiano, el de la resurrección- no hay posibilidad de una opción revolucionaria honesta y coherente.

Sólo si Dios es el dueño de la historia -y para el cristiano lo es- la vida alcanza una trascendencia que garantiza el carácter incondicional de los valores éticos. Jesús con su resurrección es el prototipo de la incondicionalidad de la ética.
Si la ética me resulta incondicional lo es porque va unida a la pervivencia y a la Trascendencia. Mi ética no es posible sin la incondicionalidad y ésta sin la Trascendencia; sólo en la Trascendencia cobra base mi pervivencia y la incondicionalidad.
La muerte efectúa de esta manera una función de iluminación e inspiración en el “más acá” moral. La muerte -¡vaya paradoja! – nos hace trascender la misma historia, apoyada en la incondicionalidad de la ética. La ética no agota la totalidad de lo humano, existe un más allá de la ética, sobrepasada por las religiones, que nos muestra estar atravesados por la dialéctica misma de lo absoluto y lo relativo.

b)¿Acaba todo con la muerte?
Cuando alguien se nos va, nos conformamos con rendirle homenaje ponderando su modo de vivir y guardándolo agradecido en nuestro corazón como memoria y estímulo de nuestro vivir.
Pero hay algo más hondo sin resolver y que alimenta nuestro temor: ¿con el morir, tenemos motivos para seguir amando y promoviendo la vida, o para renunciar y abdicar de ella?

Ahí, la cuestión: si todo acaba con la muerte o alcanza en ella la plenitud. ¿Vale la pena vivir si no cabe esperar nada después de la muerte?
Toda vida tiene un comienzo, un desarrollo y un final. Pero no toda vida alberga capacidad consciente sobre ese comienzo, desarrollo y final. El ser humano, sí.
Nosotros somos conscientes de que nuestra vida corporal no es para siempre, tiene término y se corrompe. Sólo que, cuando disfrutamos del esplendor y vigor de la vida, todo se nos va a un mayor crecimiento y superación, como si nunca se nos fuera a acabar. Pero, se acaba.

Y la consideración de ese momento, vuelve de nuevo: ¿por qué y para qué vivimos? ¿Qué valores e intereses absorben nuestra vida? ¿Recibimos marcada la dirección en que debemos avanzar en nuestra vida?
A todo esto, precede otra pregunta: ¿El avanzar en una u otra dirección va unido a la convicción de que la vida humana prosigue transformada y enaltecida después de la muerte o queda por completo fenecida en el instante de la muerte?
Se admita lo uno o lo otro, ¿encontramos en el ser humano fundamento para que nuestro caminar lo hagamos comunitariamente desde la igualdad, la justicia, la solidaridad , la verdad y el amor? ¿Es tarea y objetivo nuestro la prosecución de la dignidad, del bien, de los derechos y de la felicidad de todos como si fueran la nuestra?

Pienso que es aquí donde aparece la línea divisoria entre aceptar o rechazar la muerte, considerada como castigo o premio, amenaza o promesa, pérdida o ganancia, derrota o victoria.
Optar por lo uno o por lo otro, configurará de un modo diferente la vida de unos y de otros. Todo depende del significado que se da a la muerte: ¿Caida en la nada? ¿Llegada a la vida plena?
Desde la opción de caida en la nada, se explica la postura de quienes, ansiosos de vivir la vida presente, se aferran a ella , acumulando poder, riqueza, éxito, placer,… aunque sea con desprecio, marginación y opresión de los demás.
El imperativo ético de la igualdad y de la justicia, de la solidaridad y del amor, es natural e intrínseco al ser humano y opera en muchos leal y coherente. Y el imperativo religioso transcendente asume y refortalece ese imperativo, dándole mayor incondicionalidad.

Creo, por tanto, que, para ocuparnos serenamente del tema de la eutanasia, ayuda mucho el verla en todo el proceso de la vida, que se la ama profundamente también en el último de la muerte.
El morir humano es necesidad y es libertad. Entramos en la vida sin que se contara con nosotros e hicimos una biografía personal, merced a nuestro yo libre y responsable.
En este sentido, el morir , como el vivir, es de cada uno y debiéramos llegar a él dispuestos a darle cumplimiento personal.

A la muerte no se llega de improviso, como una fatalidad inesperada, sino que calladamente nos ronda , pues en el día a día se nos va gastando algo de la vida. Y en el día a día vamos forjando un estilo de vida, una personalidad, que será determinante a la hora de dar cumplimiento al acto último del morir. Hacemos nuestro lo que nos pertenece , libremente, como bellamente lo expresa el maestre Don Rodrigo:
“Y consiento en mi morir
con voluntad placentera,
clara y pura,
que querer hombre vivir
cuando Dios quiere que muera
es locura “ (Jorge Manrique, Coplas)

c) La postura cristiana tradicional o más común ante la muerte
Frente el tema de la muerte, la mayoría de los cristianos tienen bien arraigada esta idea: pase lo que pase y sea cual fuere la situación a la que podamos llegar, la vida la hemos recibido del Creador y no nos es dado disponer de ella por iniciativa propia para terminarla o acortarla.

Jóvenes o viejos, sanos o enfermos, con enfermedad curable o incurable, en condiciones apacibles o de dolor intolerable, pudiéndonos valer o en dependencia grave o extrema para todo, en todos los casos nuestro deber es respetar y continuar la vida hasta que se acabe, sin ahorrar medio alguno que se sepa puede ayudarle y nosotros podamos conseguir.

Esta es la postura más generalizada y se entiende que a la base de ella existan diversas razones para mantenerla.
Analizaré más adelante, las razones que avalan esta postura y discerniremos si todas valen y en qué medida.
De momento, conviene advertir el absolutismo de este principio, que pugnará por salir a cada paso en el tratamiento que vamos a desarrollar.

Cierto que se muere una sola vez y para siempre. Y acaso por eso, o también porque el don recibido gratuitamente no lo puede uno en ningún momento dar por concluido, se la respeta hasta el último momento. Lo contrario sería un gran desacato y la más indigna de todas las decisiones humanas.

4. La vida no es un valor absoluto
Sin embargo, la vida humana en su más amplia y azarada historia, nunca ha renunciado a prescindir de ella, cuando se interponían otros valores.
Se afrontaba como digna :
.La decisión de perder la vida cuando traicionar un secreto podía suponer la muerte para muchos.
.Cuando le asistía el derecho a defenderla frente a un ataque injusto, aún a sabiendas de que podía perderla o perderla el injusto atacante.
.Cuando por generosidad y amor inmenso se ofrecía para rescatar y hacer sobrevivir a otro.
. Cuando se afrontaba el martirio antes que renegar de la propia fe.
.Cuando por defender a la patria, se rechazaba al enemigo antes que dejarse invadir y dominar calificando a los que tal hicieron como superhéroes, etc..

Es decir, la vida es el primero y el más grande de los valores, pero no un valor absoluto. Hay situaciones en que , por especiales motivos, se considera digna y éticamente válida la decisión de renunciar a ella.
¿En el proceso del tránsito hacia la muerte, pueden darse situaciones y existir razones que hagan éticamente valida la decisión de acabar con ella acortándola?
Es lo que vamos a ver.

4.El derecho a morir con dignidad

1.Acordar el significado de los términos: Eutanasia, distanasia, ortotanasia.

. EUTANASIA
Es conveniente analizar el uso de la palabra eutanasia, por la ambigüedad que ha adquirido en el lenguaje moderno. Nuestro hablar sobre el tema resultará oscuro y polémico si no aclaramos previamente el significado del que partimos.
A lo largo de la historia, la palabra fue utilizada:
1. Como simple deseo o petición de tener un morir bueno, felíz, sin preocuparse de la ayuda al morir.
2. Como un buen morir, en el que no falten a la persona los cuidados aconsejados por la medicina y la moral .

Es lo que, ya en 1516, en Utopía, narra con singular sabiduría Tomás Moro:
“A los enfermos incurables se les atiende y trata esmeradamente , prestándoles toda clase de cuidados. Pero si a los males incurables se añaden sufrimientos atroces, entonces al paciente se le hace ver que se halla privado de sus funciones vitales , que está sobreviendo a su muerte y que es una carga para sí mismo y para los demás y le resulta inútil obstinarse por más tiempo en dejarse devorar por el mal y las infecciones. Y, en esa situación, armado de esperanza, debe aceptar la muerte, abandonar esta vida cruel como quien huye de una prisión o del suplicio y no dudar de liberarse o permitir que lo liberen los otros. Los consejos en este sentido de los magistrados y sacerdotes son sabios y desempeñan una obra piadosa y santa.

Los que se dejan convencer ponen fin a sus días, dejando de comer. O se les da un soporífero, muriendo sin darse cuenta de ello. Pero, no eliminan a nadie contra su voluntad, ni por ello le privan de los cuidados que le venían dispensando. Este tipo de muerte se considera algo honorable. Pero el que se quita la vida -por motivos no aprobados por los sacerdotes y el senado- no es digno de ser inhumado o incinerado. Se lo arroja ignominiosamente a una ciénaga” ( Felipe Aguado, Utopía y Educación, Nueva Utopia, Madrid 2016, pp. 233-234).

3. En el momento actual, la eutanasia se la suele entender: -Médicamente, como terapia que, en un proceso de oscurecimiento u ocaso de la vida, pretende adelantar la muerte.
-Moralmente, tal adelantamiento se lo aprueba o reprueba, si el valor de la muerte se lo considera una alternativa mejor al valor de seguir viviendo.
En esta perspectiva, si el enfermo no se encuentra en fase terminal, no se considera aceptable el suicido asistido.Hay , sin embargo, países que lo admiten.
Para esta situación, son varias las razones aducidas para rechazar la eutanasia:
-La evidencia de que la vida humana es y aparece por sí como valor inviolable.

-La vida humana implica una evolución que avanza hacia el envejecimiento, la improductividad social, etc., sin que por ello pierda valor.
-Toda lucha emprendida por la emancipación y conquista de los valores éticos, tiene apoyo y justificación en la vida misma de la persona.
-La vida humana nunca, de cara a otros valores comerciales, industriales, …o instancias de arbitraria voluntad humana ,
puede ser utilizada como instrumento: es fin y no medio.
Estas razones , propias de una ética racional, hacen que quienes llegan a una situación en que su vida no tienen futuro y está expuesta a la amenaza de fuertes dolores y aceptan sin más la finitud del ser humano y no creen en un Dios Trascendente ni en el más allá , puedan recurrir a la eutanasia directa.

. ORTOTANASIA
La ortotanasia aboga por vivir una muerte digna, lo cual no se da si no se hace responsablemente.
Y ese vivir responsablemente la muerte supone el ser consciente y dueño de ese vivir, el poder hacerlo siendo plenamente humano, no subhumanamente como sería si me sorprendiera sumergiéndome en un proceso puramente vegetal, privado de lo más propiamente humano: ser consciente y poder decidir libremente, decidir que no se me implique y prolongue artificialmente en una suerte de vida vegetal, que se me deje morir, sin aplicar medios que no suprimen ese estado vegetal y me obligan a seguir en un proceso que ya no es humano.

Por lo menos, eso: que me sea dado decidir racional y libremente, como me corresponde, sin sentirme obligado a seguir y prolongar mi vida, que se me deje morir, que no es lo mismo que hacerme morir.
Defendemos la necesidad de regular el derecho a morir con dignidad. Yo creo que esa reflexión está en la sociedad, aunque haya grupos a los que les gustaría llegar mucho más lejos.
Pero nuestro debate desea poder argumentar e iluminar y ayudar a que los Gobiernos puedan legislar con acierto y para bien de todos.

Analizamos la situación concreta de este caso, mediante el concepto de la ORTOTANASIA, que integra el respeto al valor de la vida y al valor de una muerte digna:
. tratando de evitar el mantenimiento artificial de dolores y sufrimientos indebidos ,
. en una situación de enfermedad incurable,
. con consentimiento del paciente.

Resulta éticamente correcto, y es una alternativa válida, la de anticipar el final de un proceso doloroso inncurable, no sólo no aportando medidas biomédicas extraordinarias, sino suspendiendo las ordinarias, dejando que el proceso acabe por sí mismo, o incluso con la ayuda de algún medio adecuado.
Esta posición, válida desde una ética racional y civil, puede que no sea admitida por la legislación de unos u otros países y, en tal caso, conviene averiguar si está sometida o no a penalización. Pero, tal circunstancia es relativa, puede cambiar y no afecta al contenido éticamente válido de la decisión tomada

Posición ésta sostenida incluso por pensadores y teólogos católicos. De haber aplicado el sentido común y las exigencias de una ética elemental, no se hubiera llevado a la sociedad la absurda controversia suscitada por casos socialmente controvertidos y famosos.
Es casi unánime el sentir y el tratamiento de que, en casos como el descrito, no se trata de aplicar sin más la eutanasia, con intento de abreviar indiscriminada e inmotivadamente la vida. Ni tampoco de prolongarla artificialmente –distanasia- sean cuales sean las circunstancias

La cuestión se resuelve desde una aplicación de la ortotanasia, es decir, desde un conjugar e integrar con equilibrio los dos valores en conflicto : el de derecho a la vida y el del derecho a morir dignamente.
La argumentación desarrolla los siguientes aspectos: . Con ser importante, la vida no es un valor absoluto sino relativo y finito, hay un momento en que a todos se nos acaba.
. Deber de todos es atender al enfermo, acompañarle y asistirle con todos los medios para que puedan ser aliviados sus dolores, recuperar su salud y prolongar la vida.
. Pero, hay situaciones extremas de enfermedad y de enfermedad incurable, en que los dolores pueden ser persistentes y agudos y, además, no hay esperanza razonable de recuperación.

Es entonces, cuando el enfermo demanda el derecho a morir con dignidad, que se le respete y se le permita un mínimo de calidad de vida y, en consecuencia, no se le apliquen medios extraordinarios o desproporcionados que le prolonguen artificialmente la vida manteniéndola en un nivel vegetativo, al que suelen acompañar dolores físicos o psicológicos, más o menos fuertes. Sería inútil y reprobable este “uso encarnizado terapéutico” .
No es, por lo tanto, ilícito para el mismo enfermo, familiares y médicos dejar de aplicar esas técnicas o medios, aunque con ello se abrevie la duración de la vida. Hay que respetar el derecho de la persona a morir en paz, que no es lo mismo que hacerle morir.

Este modo de pensar, aunque muchos puedan no creerlo, fue expresado con claridad por la Comisión Episcopal Pastoral de la Conferencia Episcopal Española en 1989 que, a propósito del testamento vital, dice: “Si por enfermedad llegara a una situación irrecuperable, no se me mantenga en vida por medios desproporcionados, no se me prolongue la vida abusiva e irracionalmente, y ayúdeseme a vivir ese momento como cristiano, en paz y en compañía de mis seres queridos”.

Igualmente, el Catecismo Romano en el Nª 2278 dice: “La interrupción de tratamientos médicos, onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados puede ser legítima. Interrumpir estos tratamientos es rechazar el “encarnizamiento terapéutico”.
Con esto no se pretende provocar la muerte, se acepta no poder impedirla. Las decisiones deben ser tomadas por el paciente, si para ello tiene competencia y capacidad; si no por los que tienen derechos legales respetando siempre la voluntad razonable y los intereses legítimos del paciente.


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El Sínodo “de los jóvenes” José Arregi 

Fuente:  Redes Cristianas

José Arregui1

Se llamaba más bien “Sínodo sobre los jóvenes”, cosa muy distinta. Y así ha sido en realidad. Los jóvenes no han sido sujeto, sino más bien objeto. ¿Para qué entonces un Sínodo?
El término proviene del griego syn (con) y hodos (camino o viaje), de modo que significa “camino o viaje conjunto”. Pero el Derecho Canónico lo define como “asamblea de obispos escogidos… que se reúnen… para fomentar la unión estrecha entre el Romano Pontífice y los Obispos”. No es un viaje, sino una reunión. Y el sujeto son los obispos con el papa al frente. ¿Merecía la pena?

Viajaron a Roma y allí se quedaron, del 3 al 28 de octubre (25 días con todo pagado), 267 obispos, más 20 sacerdotes y religiosos y 23 expertos; y luego el resto: 49 oyentes, entre los cuales 34 jóvenes (bien elegidos entre los más afines y sumisos, lejos del perfil medio de la juventud actual), todos ellos con voz restringida y sin voto.

Una foto lo dice todo: en la tribuna presidencial el papa Francisco, y el amplio hemiciclo cubierto de sotanas negras, obispos con fajines y solideos fucsia, y cardenales con fajines y solideos rojos en las primeras filas del centro. Majestuoso. Allá al fondo, donde mis ojos ya no distinguen, debieron de estar los oyentes sin voto, unos pocos jóvenes entre ellos. Seguro que en algún lugar estuvieron también los colores del mundo de hoy y las bienaventuranzas de Jesús, pero en la foto no alcanzo ni a divisarlo.

Es la imagen real de la Iglesia institucional: masculina, célibe, clerical y jerárquica. Una Iglesia que Jesús nunca imaginó: ni eligió a los 12 apóstoles como dirigentes de su grupo de seguidores con Pedro al frente, ni se le pasó por la cabeza que fueran a tener sucesores en una Iglesia futura en la que ni siquiera pensó. Y aun cuando la hubiera organizado y proyectado exactamente así hace 2000 años, aun en ese caso irreal podría la Iglesia seguir manteniendo ese modelo. Sería tan anacrónico como que tuviéramos que seguir hablando arameo como Jesús, o vistiendo como él túnica y sandalias o lo que fuera. Jesús fue un profeta reformador, que dijo: “El espíritu sopla donde quiere”, “Está escrito, pero yo os digo”, y “A vino nuevo odres nuevos”.

La institución eclesiástica lo olvidó muy pronto y sigue repitiendo lenguajes, dogmas y formas del pasado. No es, pues, extraño que nada nuevo se contenga en el Documento final del Sínodo episcopal sobre los jóvenes, un texto largo, frío y plano. Se menciona a menudo el “viaje”, pero no se avanza en nada. Afirma que los jóvenes son “lugar teológico” (n. 64), pero ignora la voz y el voto de la inmensa mayoría de la juventud, a la que se recuerda que deben “reconocer el papel de los pastores y no avanzar por sí mismos” (n. 66). Nada nuevo en cuestiones relativas a la sexualidad, a la orientación sexual y al género. Invita a los jóvenes a redescubrir la castidad. Y solo menciona a los homosexuales para decir que han de ser “acompañados” (n. 150), como quien tiene algún problema. A transexuales, bisexuales o intersexuales, ni siquiera los menciona. No existen. “Hombre y mujer los creó”, y punto. ¿Y sobre la mujer? Reclama, sí, su presencia “en los cuerpos eclesiales en todos los niveles”, pero “respetando el papel del ministerio ordenado” (n. 148), es decir, sin tocar la supremacía clerical masculina. Todo queda como estaba: ¿dónde está el “viaje”? O ¿para qué tanto viaje?


Lo más audaz es seguramente el párrafo sobre la formación de los seminaristas, donde se dice: “demasiados jóvenes que se presentan en seminarios o casas de formación son bienvenidos sin un conocimiento adecuado de su historia” (n. 163). Asunto crucial. En efecto, los seminarios se nutren en general de jóvenes de otro mundo que ansían ponerse el alzacuellos y la casulla, y aspiran a la mitra y al báculo. Y puesto que de los seminaristas de hoy saldrán los curas, obispos y cardenales de mañana, ¿cómo podremos esperar de ellos el fin del clericalismo (Sínodo, episcopado y papado incluidos)?

Todo indica que el viejo aparato de la Iglesia Católica tendrá que derrumbarse por entero para que algo nuevo surja en su lugar. Y esto no es pesimismo, sino esperanza en el movimiento que Jesús el itinerante inauguró. El Espíritu es joven y vibra en el corazón de todos los seres, transformando la vida y sus formas.

(Publicado en DEIA y en los Diarios del Grupo NOTICIAS el 11 de noviembre de 2018)

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