1,8 millones de desahucios. Una política de vivienda al margen de la Constitución. Editorial de Redes Cristianas

Fuente: Redes Cristianas
El acceso a la vivienda, en condiciones aceptables, constituye uno de los pilares básicos de la calidad de vida y de la inserción social. Así fue recogido por la Constitución de 1978 al establecer para toda la ciudadanía el “derecho a disfrutar de una vivienda digna” y exigir de los gobernantes “las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación” (art. 47). Evidentemente, esta norma no se ha cumplido y la política de vivienda ha estado más orientada a asegurar el negocio inmobiliario que a proteger el derecho a la vivienda, a pesar de las crecientes movilizaciones de la población afectada.

La política de vivienda aplicada a partir de la transición siguió anclada en el modelo franquista de apoyar la construcción de viviendas en propiedad, ya fuera en el sector mayoritario del mercado libre o mediante subvenciones para la construcción y compra de viviendas, dejando de lado la política de alquiler social para los hogares con rentas bajas, que fue mayoritaria en el resto de Europa. Portugal tiene un parque de alquiler social tres veces mayor que España, Italia cinco veces mayor y Francia 19 veces mayor.

En este contexto, se ha producido en España un aluvión de desahucios que el Consejo General del Poder Judicial cifra en 1,8 millones entre 2001 y 2017, de ellos un millón de viviendas de alquiler y 840.000 de viviendas compradas con hipoteca pendiente. Datos fríos tras los que se oculta el sufrimiento indescriptible de millones de víctimas y la falta de sensibilidad de los acreedores, amparados por una legislación que antepone el derecho a la propiedad sobre el derecho a la vivienda.

La morosidad en los pagos de alquiler o hipoteca tiene que ver con la confluencia de dos procesos: el encarecimiento de la vivienda, sobre todo del alquiler en los últimos años, y la precarización del empleo, en un contexto de creciente desigualdad social y endeudamiento de los sectores empobrecidos. Ambos procesos, por lo demás, estrechamente ligados a la forma de funcionamiento de la estructura social española, con un reparto muy desigual de la riqueza y una fuerte jerarquización de las relaciones sociales, tendencias que se han visto reforzadas por el proyecto neoliberal que prevalece en los países occidentales desde hace varias décadas.

¿Cómo han reaccionado los hogares afectados ante la crisis de la vivienda? Sin duda se trata del eslabón más débil de la cadena frente a promotores, financiadores y administraciones públicas, pero la confrontación social en defensa del derecho a la vivienda siempre ha estado presente. En plena efervescencia de la burbuja inmobiliaria, en 2006, surge el movimiento V de Vivienda que convocó importantes concentraciones de jóvenes en toda España, duramente reprimidas, para exigir el derecho a una vivienda digna.

Más adelante, en 2009, se crea la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), con estructura asamblearia-apartidista y tres objetivos básicos: la dación en pago, paralizar los desahucios de viviendas principales y convertir las viviendas hipotecadas en alquileres sociales. La PAH encontró apoyos iniciales en asociaciones de vecinos de los barrios más afectados por los desahucios y en el movimiento “okupa” tradicional, pero tomó sobre todo impulso a partir del movimiento 15M.

Con frecuencia las personas activistas-afectadas participan a la vez de diversas redes y se apoyan mutuamente en las acciones que ponen en marcha, ya sea para paralizar desahucios programados, negociar con jueces, banqueros o caseros, apoyar la ocupación de viviendas vacías a través de la Obra Social, o para impulsar iniciativas políticas en defensa del derecho a la vivienda. Entre éstas destaca la Iniciativa Legislativa Popular (ILP) que fue aceptada a trámite en el Congreso de los Diputados en 2013 con millón y medio de firmas, para modificar la injusta Ley Hipotecaria de 1909.

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El deseo satisfecho y el que nunca se sacia. José M. Castillo, teólogo

Fuente: Teología sin censura/Redes Cristianas
El último de los diez mandamientos, que Dios le impuso a su pueblo en el monte Sinaí, prohíbe el deseo de apropiarse lo ajeno: “No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni sus propiedades, ni su casa, ni su asno…”. El que desea lo que es de otro, si no controla ese deseo, vive en el constante peligro de hacer suyo lo que no le pertenece. El respeto a los demás empieza en el control de las apetencias que nos empujan a quedarnos con lo que es propiedad de otro o de otros.

Esto es lo que explica por qué hay gente honrada. Y por qué hay tantos sinvergüenzas. El que pone sus deseos en sí mismo (vivir bien, pasarlo lo mejor posible, disfrutar de todo, etc.), ése será inevitablemente un peligro, quizá muy grave, para quien esté cerca de él. Por el contrario, el que orienta y centra sus deseos en el bien y la felicidad de los demás, en defender los derechos de quienes están a su alcance, ése es y será siempre una buena persona, un manantial inagotable de paz, de alegría y de esperanza.

Todo esto es tan obvio, tan evidente y hasta tan elemental, que no necesita – en principio – más explicaciones. Sin embargo, con lo dicho no hemos tocado nada más que la superficie del problema. Porque hablar del “deseo” es hablar de la raíz de todas las conductas, desde las más ejemplares hasta las más indeseables. Por eso, al tratarse de una realidad tan enorme y tan diversa, me voy a fijar aquí en una cuestión, en la que casi nunca pensamos, y que sin embargo es fundamental.
Me refiero a los deseos que normalmente se satisfacen. Y a los que, por el contrario, difícilmente se logran saciar. En seguida se entenderá por qué hablo de este asunto. Y la importancia que entraña.

Los deseos, que brotan de necesidades biológicas, en condiciones normales, pueden encontrar plena satisfacción. Valgan como ejemplo la alimentación o el sexo. Encontrar en la vida personas que, en estos dos ámbitos tan elementales de la vida, se sienten y viven satisfechos, son ámbitos de la vida en los que no es extraño encontrar personas que tienen sus deseos básicamente saciados.
Otra cosa es si hablamos de los deseos que brotan de problemas que nos crea, no ya la naturaleza, sino la sociedad. Estoy pensando, por poner dos ejemplos, en la riqueza o en el honor. Nadie duda que, con la llamada “civilización” (tres mil quinientos años a. C.), nació el poder vertical, la desigualdad económica, las honores que distinguen a unos seres humanos de otros, las jerarquías (religiosas y civiles), que distinguen a unos con detrimento de otros. Y así sucesivamente.

Ahora bien, así las cosas, nos llama la atención un hecho que estamos viendo todos los días. Las religiones se suelen organizar y gestionar de manera que tienen comportamientos represivos en deseos que brotan de la naturaleza. Por ejemplo, el sexo. Al tiempo que sintonizan y asumen comportamientos permisivos en el turbio mundo del deseo que fomenta el poder, las jerarquías y los honores. Lo que asocia a las religiones y sus dirigentes con los sectores mejor situados en cuanto se refiere a la riqueza y la gestión de privilegios, dignidades y distinciones.

¿No estará todo esto en la base del rechazo que hoy siente tanta gente ante las religiones y sus jerarquías? En cualquier caso, me parece que todo esto explica el conflicto mortal que, según los evangelios, llevó a Jesús a la muerte humillante que cerró su vida en este mundo. Como también se me antoja que estas motivaciones inexplicables son las que ahora llevan a tantos “hombres de Iglesia” a rechazar y hasta odiar al Papa Francisco. Sea lo que sea, con quien no estoy de acuerdo es con el obispo de Alcalá, Mons. Reig.

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Jorge Costadoat, sj: “¿Por qué no puede haber cenas eucarísticas sin sacerdote?”

Fuente: Religión Digital/ Redes Cristianas
“Hay laicos que no soportan más el modo en que los curas celebran la liturgia”
“Debiera ya ahora ensayarse nuevas modalidades de celebrar fraternalmente la fe”
En los próximos cincuenta o setenta años, si se mantiene la tendencia de disminución de vocaciones, habrá poquísimos ministros que puedan celebrar la eucaristía
Jorge Costadoat sj: “Francisco debiera fomentar el desarrollo autónomo de la Iglesia latinoamericana”

Imaginemos que entra en la humanidad un virus letal que mata a la tercera parte de los seres humanos y, por una razón desconocida, mueren todos los sacerdotes, todos los obispos y el Papa. El desastre eclesial que se produce es mayor. Los cristianos se encuentran completamente desorientados. Una vez que vuelve la calma, sin embargo, surge la necesidad de continuar juntos. He aquí que en distintas partes del planeta en que la Iglesia aún está presente, surge la misma pregunta: “¿quién celebrará la eucaristía?”.

El sacerdote al consagrar la hostia, alzándola lo más posible, los extasiaba. Ahora en cambio experimentan una carencia que no saben cómo calmar. Les parece que no hay Iglesia sin lectura de las Escrituras y sin poder comulgar con Cristo. ¿Qué pueden hacer para recordar la entrega de Jesús, su muerte y su resurrección? Sin rememorar a Jesús y sin compartir su mesa, piensan, el cristianismo se licuará dentro de poco. Seguirá habiendo fe, sí, pero no en el Dios en quien Jesús creyó.

Hace tiempo que vengo escuchando de comunidades que no tienen un sacerdote que celebre en ellas la eucaristía. Me dicen que en Brasil algo así como la mitad de las comunidades carecen de él. Me parece que, puestos los ojos en el futuro, debiera ya ahora ensayarse nuevas modalidades de celebrar fraternalmente la fe.

Sé de una comunidad que se reúne una vez al mes: sus integrantes deciden allí mismo quién puede presidir la celebración eucarística, llevan pan y vino corrientes, cuentan con una plegaria eucarística que se consiguieron creo que en Bélgica, comparten lo que está ocurriendo en sus vidas y, por supuesto, leen y comentan entre todos la Palabra. Llaman a esta reuniones “eucaristías” como si realmente lo fueran.

Los motivos para hacer algo así son varios. Pero ellos, por de pronto, no soportan más el modo en que los párrocos y otros curas celebran la eucaristía. Les parece que, conforme cambia la cultura, las maneras de hacerlo traicionan cada vez más la intención del Vaticano II de dar participación a los fieles. La fundamentación teológica para proceder así es esta: en el sacramento del bautismo, aseguran, están contenidos todos los sacramentos de la Iglesia. Los bautizados y bautizadas pueden eventualmente extraer de su sacerdocio bautismal el servicio sacerdotal y actualizarlo. En los mismos cristianos, dicen, la Iglesia se da en plenitud.

Este caso me ha hecho pensar en la posibilidad de realizar comidas eucarísticas. No en reemplazo de las eucaristías propiamente tales, sino a modo de complemento. Pienso en cenas al atardecer, a la hora del recogimiento, que recuerden que Jesús comía con todo tipo de personas. Los fariseos, que cuando comían hacían grupo aparte, decían de él ser “un comilón y borracho, amigos de publicanos y pecadores”. Estoy pensando en personas que quieren emprender un camino comunitario de seguimiento de Cristo; que no tienen dónde ir a misa porque carecen de una iglesia cercana; que no están dispuestas a que el cura las reprenda en público; que la liturgia de la iglesia se les ha vuelto un rito huero e insoportable; o que sufren con que sus hijos sean hoy alérgicos a la religión y quisieran ellas ofrecerles otra manera de entender la comensalidad cristiana.

En estas comidas podría contarse con una pauta elaborada por la misma comunidad: comenzar y terminar con el signo de la cruz, preparar lecturas con anticipación, crear un momento de silencio profundo hacia el final, y comer, tal cual, comer y conversar sobre la vida, sobre lo que ocurre en el país, el mundo y la iglesia igual como se hace en las comidas entre amigos, solo que esta vez con un explícito propósito de dar gracias al Señor. ¿Pudiera resultar?

En Chile estamos lejos de la situación descrita al principio. Ningún virus hace peligrar a los sacerdotes. Pero los eclesiásticos estamos haciendo peligrar a la Iglesia. Esto, a la vez, hace pensar que en los próximos cincuenta o setenta años, si se mantiene la tendencia de disminución de vocaciones, habrá poquísimos ministros que puedan celebrar la eucaristía.

Espero que el Papa Francisco pueda ayudar a reflotar el episcopado chileno y los católicos recuperen la confianza en sus autoridades. Igual así, creo conveniente ensayar nuevas modalidades de ser Iglesia y de celebrar la fe. Las actuales, con o sin escándalos por los abusos del clero, difícilmente encausan el cristianismo de esta época.

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¿En el plano de igualdad o de obediencia y mando? Benjamín Forcano

Fuente: Redes Cristianas
Una interpretación de la involución posconciliar.
Un hecho innegable: la involución posconciliar
Somos muchos los que podemos subrayar la esperanza y entusiasmo suscitados por el concilio Vaticano II y su progresivo declive hasta nuestros días. Han pasado más de 50 años. La celebración del Vaticano II fue tan importante que no se puede encontrar nada en los últimos siglos que haya revolucionado tanto a la Iglesia católica. Esta revolución incidió principalmente en el tema de la Iglesia y en el de sus nuevas relaciones con el mundo. La Iglesia era comunidad (Pueblo de Dios) y la jerarquía ministerio, puro servicio. Todos, dentro de ella, pasban a gozar de una misma igualdad y de los derechos a la participación y responsabilidad.

Con el mundo se establecía una nueva relación de colaboración y diálogo sin absolutismos ni exclusión de nadie.
Por todo esto, el concilio supuso un gran signo de credibilidad para la Iglesia y se acogió con regocijo y esperanza.
Pero, pronto comenzó la restauración. Han sido unos años en pugna, donde se ventilaba la vuelta a Trento o la fidelidad al Vaticano II. Es de justicia constatar que el período posconciliar se ha caracterizado por un repertorio amplio de involución, diseñado y protagonizado por la jerarquía y los movimientos neoconservadores.

Entre otros hechos, se pueden señalar : la desvirtuación de la colegialidad episcopal, de las conferencias episcopales y de los sínodos; la intromisión ejercida en la Compañía de Jesús y en otras Congregaciones religiosas; el control romano del nombramiento de los obispos; la censura sobre la Conferencia de Santo Domingo y del Sínodo Africano; la prevención y acoso a la Teología de la Liberación y otras teologías modernas; la represión de muchos teólogos; la marginación de los obispos más avanzados; el control de revistas y otros medios de información; el enfoque preconciliar del nuevo catecismo, de la encíclica “Veritatis Splendor”; el fomento de un catolicismo de masas a través de los controvertidos viajes del Juan Pablo II, etc.

Las causas de la involución
Sin duda alguna, pueden señalarse diversas causas que expliquen este estado de involución. Me limito a señalar la sería la causa principal: falta de democracia en la Iglesia o, si se quiere, la vuelta a un modelo jerárquico de Iglesia.
Ligeramente muchos creerán que, quienes reivindicamos fidelidad al Vaticano II, lo hacemos encubriendo intenciones de relajo y desobediencia. Nosotros más bien partimos del hecho histórico de que la configuración de la autoridad en la Iglesia se ha apartado, demasiadas veces, del espíritu del Evangelio. Una cosa es luchar contra la autoridad y otra contra el autoritarismo. Y es deber hacerlo cuando éste traspasa los límites debidos. Y los traspasa cuando actúa con procedimientos antidemocráticos, claramente opuestos a la dignidad humana y sus derechos.

Se trata, pues, de un conflicto entre renovación e involución, democracia y autoritarismo y, más al fondo, de un actitud que rechaza la modernidad. Porque, se quiera o no, la modernidad trajo la democracia y con ella otros valores. Y la Iglesia, como institución, funciona con estructuras altamente autoritarias y no podía aceptar la democracia.

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Acabar con las pensiones públicas y, de paso, con la democracia. Juan José Torres, catedrático de economía aplicada

Fuente: ctxt.es / Redes Cristianas
Hace unos días se publicó uno de esos artículos que tanto abundan en las últimas décadas en los que, para tratar de combatir al sistema de pensiones públicas, se recurre a trampas del pensamiento y al engaño.
Nadie puede poner en duda que es legítimo criticar que una sociedad se gaste buena parte de sus recursos en proporcionar ingresos a las personas que ya no pueden obtenerlos por sí mismas, pero creo que igualmente se puede acordar que no lo es tanto mentir para defender esa preferencia.

Esto último es lo que ocurre con el artículo reciente de César Molinas en El País (Los ‘baby boomers’ desestabilizan España), en el que se falsean argumentos para criticar al sistema público de pensiones y se quiere hacer creer que su supuesta insostenibilidad se debe al egoísmo de un grupo social compuesto por millones de personas acostumbradas, para colmo, a imponer sus preferencias a los demás mediante la violencia.

Los argumentos que utiliza Molinas son endebles y tramposos y voy a comentarlos rápidamente.

En primer lugar, afirma que la idea extendida de que las pensiones en España son bajas “es una opinión desinformada, equivocada e interesada”. Podríamos entrar a comparar la cuantía de las nuestras con las de otros países y veríamos que esa afirmación es efectivamente discutible porque depende de con quién nos comparemos y, sobre todo, porque hay un abanico tan amplio de casos que los niveles medios no son del todo homologables. Pero lo curioso es que el propio Molinas pone en cuestión su afirmación cuando unas líneas más abajo dice que “si son más bajas que en otros países, es porque los salarios en España son más bajos que en otros países”. ¿En qué quedamos? Molinas asegura primero que decir que las pensiones españolas son más bajas que en otros países es una opinión desinformada, equivocada e interesada pero luego proporciona la razón de por qué aquí son más bajas.

En segundo lugar, Molina afirma (y lleva razón) que “los pensionistas españoles recuperan todas las cotizaciones pagadas a la Seguridad Social a los 12 años de jubilarse, cuando aún les queda una esperanza de vida de 10 años más”. Lo que significa, dice, que la financiación de estos últimos años “es un regalo añadido que también corre a cargo del Estado”.

Se trata de una afirmación cierta pero tramposa porque critica que un sistema de pensiones de reparto, basado en la solidaridad, haga lo que debe hacer un sistema de reparto basado en la solidaridad: proporcionar la pensión sin dependencia estricta de lo cotizado por quien la recibe. Esto sólo se podría plantear como un problema indeseable si el sistema se basara en el ahorro privado de cada persona, de modo que se disfrutara de la pensión en proporción exacta a lo que cada cual hubiera ahorrado. Pero este no es el caso de nuestro sistema público de pensiones.

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José Luis Madueño López: “El Obispado de Cádiz nos obligó a salir con una mano delante y otra detrás”

Fuente: Religión Digital/Redes Cristianas
Carta abierta del hijo de los propietarios de ‘El Rincón del Madueño’
“Los pobres no caben en el pensamiento de un Obispado destinado a recoger dinero a mansalva”
Estoy harto de seguir viendo noticias sobre personas que han sido echadas de su trabajo por parte de este Obispado de Cádiz, sin motivo alguno (¿de qué me sonará?). Tanto su injusticia como la nuestra tienen un mismo verdugo

(José Luis Madueño López, publicado en blogsdiariodecádiz).- Ante todo me presento. Me llamo José Luis Madueño López. Puede que este apellido les suene a muchos, pues estuvo muy presente en las mentes gaditanas (y otras más de 5000 en todo el país), allá por Octubre del pasado año, cuando en un sólo mes, mi vida y la de mi familia, cambió por completo cuando nos arrebataron el local por el que tanto luchamos, pagamos (y deberíamos seguir pagando) y no se nos vio recompensado.

Soy el hijo de esas personas que estuvieron día a día luchando por lo que, justamente, era suyo. Lo Nuestro, en definitiva. Estudiante de Historia en su cuarto año, con grandes expectativas de futuro (al menos eso era lo que tenía allá por Octubre de 2017), y con un gran sentimiento luchador, me han educado de la mejor forma para ello. Creyente incluso, o al menos eso pienso, ya que me siento tan aparte de una institución religiosa que tanto daño me hizo a mí mismo y a mi familia, que en muchos momentos me planteo si mi fe es tan fuerte como para seguir resistiendo esta injusticia. Y tan inconformista que, a día de hoy como pueden comprobar con esta carta, a 9 meses de nuestra singular tragedia, aún no me siento conforme con la situación que nos toca vivir a mi familia y a mí por algo a lo que nos vimos obligados, sin ninguna otra opción mas que la resignación.

Centrándonos en el tema de esta carta (que se me antoja extensa ya que no quiero dejarme nada por decir), les diré en principio dos fechas: 13 de Octubre de 2012 y 31 de Octubre de 2017. Inolvidables tanto una como la otra, pues, respectivamente, una significó la apertura de un nuevo sueño, y la otra el injusto cierre del mismo. Pero estas fechas sólo son significativas si sumamos los hasta 50 años por los que mi familia se desvivió por llevar adelante un negocio que sustentara nuestro “pan de cada día”. Pan, que nos arrebataron precisamente los que más repiten esta frase. Pan que ni siquiera hoy podemos comprar porque no tenemos ni un euro para ello. La situación creo que es más que conocida.

El Rincón de Madueño

Ese 31 de Octubre tuvimos que dejar definitivamente el local de nuestra vida, un pequeño espacio que aunaba amistad, ambiente familiar, gaditanismo a rabiales y mucha, pero que mucha Historia. Nada de eso sirvió para que el Obispado de Cádiz, como dueño del espacio que ocupaba ese local, nos obligara a salir de allí con una mano delante y otra detrás. Eso daba lo mismo. Daba lo mismo que nos hubiéramos arrastrado durante meses para que nos diesen una explicación (o al menos para que allí dijese algo porque nadie sabe nada a menos que cuánto se puede “pillar” de las propiedades que poseen y echar a las personas de su trabajo); daba igual que la familia de 4 personas que dependían de ese establecimiento se quedasen sin ingreso alguno.

Había que echarlos sí o sí de allí. Algo que a día de hoy sigo sin comprender, ya que si se pasean por la Plaza “muerta” de Fragela, podrán comprobar que los establecimientos contiguos a lo que fue nuestro local, siguen abiertos y en vigencia. ¡Cuánto se puede hacer cuando se tiene dinero! Será por eso que nos echaron, los pobres no caben en el pensamiento de un Obispado destinado a recoger dinero a mansalva. De nada sirvió tampoco reunirse con quien procedió en su momento, ya que casi, y reitero casi, salimos amenazados para que fuésemos a hablar con nuestro “amigo el Kichi”…

De nada sirvió tampoco colocar un cartel dándonos voz en la calle, pues al día siguiente “inexplicablemente” fue arrancado, y luego incluso fuimos, esta vez sí, amenazados con una demanda judicial por injurias al Obispo de Cádiz. Más injuria que la que vivimos nosotros por arrebatarnos, contra nuestra voluntad, lo que más nos importaba en este mundo, que era nuestro trabajo…

De nada sirvió recalcarles el hecho de que mi padre es diabético y esta situación agravaba mucho más sus problemas de salud, como así ha ocurrido. A ellos les daba igual jugar con la salud de no sólo una, sino de muchas personas, pues psicológicamente a todos nos cayó este palo como una pesada avalancha. Tampoco sirvió de nada hacernos eco mediante las redes sociales y recibir un apoyo, realmente increíble, a través de hasta 5000 firmas por parte de tantas personas que se ponían en nuestro pellejo, y, además, de aquellos medios de comunicación (tanto a nivel local como nacional), que también nos dieron voz ante esta injusticia.

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Jorge Costadoat, sj: “¿Por qué no puede haber cenas eucarísticas sin sacerdote?”

Fuente: Redes Cristianas
“Hay laicos que no soportan más el modo en que los curas celebran la liturgia”
“Debiera ya ahora ensayarse nuevas modalidades de celebrar fraternalmente la fe”
En los próximos cincuenta o setenta años, si se mantiene la tendencia de disminución de vocaciones, habrá poquísimos ministros que puedan celebrar la eucaristía
Jorge Costadoat sj: “Francisco debiera fomentar el desarrollo autónomo de la Iglesia latinoamericana”

Imaginemos que entra en la humanidad un virus letal que mata a la tercera parte de los seres humanos y, por una razón desconocida, mueren todos los sacerdotes, todos los obispos y el Papa. El desastre eclesial que se produce es mayor. Los cristianos se encuentran completamente desorientados. Una vez que vuelve la calma, sin embargo, surge la necesidad de continuar juntos. He aquí que en distintas partes del planeta en que la Iglesia aún está presente, surge la misma pregunta: “¿quién celebrará la eucaristía?”.

El sacerdote al consagrar la hostia, alzándola lo más posible, los extasiaba. Ahora en cambio experimentan una carencia que no saben cómo calmar. Les parece que no hay Iglesia sin lectura de las Escrituras y sin poder comulgar con Cristo. ¿Qué pueden hacer para recordar la entrega de Jesús, su muerte y su resurrección? Sin rememorar a Jesús y sin compartir su mesa, piensan, el cristianismo se licuará dentro de poco. Seguirá habiendo fe, sí, pero no en el Dios en quien Jesús creyó.

Hace tiempo que vengo escuchando de comunidades que no tienen un sacerdote que celebre en ellas la eucaristía. Me dicen que en Brasil algo así como la mitad de las comunidades carecen de él. Me parece que, puestos los ojos en el futuro, debiera ya ahora ensayarse nuevas modalidades de celebrar fraternalmente la fe.

Sé de una comunidad que se reúne una vez al mes: sus integrantes deciden allí mismo quién puede presidir la celebración eucarística, llevan pan y vino corrientes, cuentan con una plegaria eucarística que se consiguieron creo que en Bélgica, comparten lo que está ocurriendo en sus vidas y, por supuesto, leen y comentan entre todos la Palabra. Llaman a esta reuniones “eucaristías” como si realmente lo fueran.

Los motivos para hacer algo así son varios. Pero ellos, por de pronto, no soportan más el modo en que los párrocos y otros curas celebran la eucaristía. Les parece que, conforme cambia la cultura, las maneras de hacerlo traicionan cada vez más la intención del Vaticano II de dar participación a los fieles. La fundamentación teológica para proceder así es esta: en el sacramento del bautismo, aseguran, están contenidos todos los sacramentos de la Iglesia. Los bautizados y bautizadas pueden eventualmente extraer de su sacerdocio bautismal el servicio sacerdotal y actualizarlo. En los mismos cristianos, dicen, la Iglesia se da en plenitud.

Este caso me ha hecho pensar en la posibilidad de realizar comidas eucarísticas. No en reemplazo de las eucaristías propiamente tales, sino a modo de complemento. Pienso en cenas al atardecer, a la hora del recogimiento, que recuerden que Jesús comía con todo tipo de personas. Los fariseos, que cuando comían hacían grupo aparte, decían de él ser “un comilón y borracho, amigos de publicanos y pecadores”. Estoy pensando en personas que quieren emprender un camino comunitario de seguimiento de Cristo; que no tienen dónde ir a misa porque carecen de una iglesia cercana; que no están dispuestas a que el cura las reprenda en público; que la liturgia de la iglesia se les ha vuelto un rito huero e insoportable; o que sufren con que sus hijos sean hoy alérgicos a la religión y quisieran ellas ofrecerles otra manera de entender la comensalidad cristiana.

En estas comidas podría contarse con una pauta elaborada por la misma comunidad: comenzar y terminar con el signo de la cruz, preparar lecturas con anticipación, crear un momento de silencio profundo hacia el final, y comer, tal cual, comer y conversar sobre la vida, sobre lo que ocurre en el país, el mundo y la iglesia igual como se hace en las comidas entre amigos, solo que esta vez con un explícito propósito de dar gracias al Señor. ¿Pudiera resultar?

En Chile estamos lejos de la situación descrita al principio. Ningún virus hace peligrar a los sacerdotes. Pero los eclesiásticos estamos haciendo peligrar a la Iglesia. Esto, a la vez, hace pensar que en los próximos cincuenta o setenta años, si se mantiene la tendencia de disminución de vocaciones, habrá poquísimos ministros que puedan celebrar la eucaristía.

Espero que el Papa Francisco pueda ayudar a reflotar el episcopado chileno y los católicos recuperen la confianza en sus autoridades. Igual así, creo conveniente ensayar nuevas modalidades de ser Iglesia y de celebrar la fe. Las actuales, con o sin escándalos por los abusos del clero, difícilmente encausan el cristianismo de esta época.

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