Mitos y dogmas Pope Godoy

He dudado en escribir este artículo. Quien se anime a leerlo podrá moverse entre un abanico de muy variadas reacciones: desde el desconcierto, la irritación y el rechazo absoluto hasta la mirada benevolente e incluso sarcástica que se puede formular así: “ahora se desayuna éste”. A ver si consigo explicarme.

El jesuita catalán Marià Corbí sitúa el cambio profundo de la sociedad española en materia religiosa en torno a los 45-50 años de edad hacia abajo. Se puede constatar fácilmente que la gente joven no frecuenta las iglesias. Han disminuido de forma sustantiva las vocaciones religiosas tanto masculinas como femeninas. Se ha producido un cambio de mentalidad que podemos formular como la caída de los mitos. Sencillamente, la gente ha dejado de creer en los reyes magos.

 

No se trata de un ataque frontal a la Iglesia Católica o a la religión en general, aunque a veces lo interpreten así ciertos sectores eclesiásticos más conservadores. Y aunque se produzcan casos aislados de “intolerancia laica”. Es algo más simple y más habitual: el tema religioso no interesa. La percepción del mundo es laica de forma creciente. Pueden existir experiencias de “lo sagrado”, entendido como asombro, perplejidad o desconcierto ante los inmensos misterios en que estamos inmersos. Pero esa percepción no aparece vinculada o conectada con estructuras religiosas o confesionales.

 

El niño que, en un momento dado, deja de creer en los reyes magos expresa muy bien el grado de maduración de la sociedad en su conjunto. Sin polémicas y hasta sin traumas se “descubre” que no existió paraíso terrenal, que no hubo pecado “original”, que la muerte física no es consecuencia o castigo de una trasgresión primigenia, como sigue afirmando el Concilio Vaticano II: “La fe cristiana enseña que la muerte corporal entró en la historia a consecuencia del pecado” (GS 18).

 

A partir de este “caer en la cuenta”, se va derrumbando en cadena todo el aparato dogmático como fichas de dominó. Estas reflexiones me la sugirió la fiesta de la Inmaculada Concepción, tan popular en muchos lugares de Andalucía. Claro, si no hay pecado original, tampoco hay concepción inmaculada, tampoco hay redención, tampoco hay… Estas son las fichas de dominó que se van cayendo inexorable y silenciosamente.

 

Comprendo que todo este proceso es demoledor para el aparato eclesiástico. Y que tendrá una evolución semejante en otras religiones de corte dogmático. Es compresible y hasta coherente la reacción enérgica de la institución eclesiástica cerrando filas, bloqueando todo atisbo de apertura, condenando toda manifestación de pensamiento autónomo. Triste y vano intento. Es como poner puertas al campo.

 

Pero lo que se considera un desastre total desde muchas instancias religiosas yo lo percibo como una liberación esperanzadora. No es sólo liberarnos de las imposiciones dogmáticas y de romper las ataduras a nuestra libertad de pensamiento. Es mucho más. El salto cualitativo de todo este proceso consiste en liberar a Jesús de Nazaret de las ataduras de la religión.

 

La historia nos ha ido descubriendo que Jesús de Nazaret no pretendió fundar una nueva religión. Se trataba de un movimiento profético, vigoroso y desestructurado, que apostaba de forma definitiva a favor de la felicidad humana. Lo que más llama la atención de la vida, las palabras y, sobre todo, las actuaciones de Jesús es su carácter tan radicalmente experiencial. Jesús no era un filósofo ni un teólogo. Era un profeta muy enraizado en la vida cotidiana de sus gentes.

 

   Desde su experiencia excepcional, utiliza la metáfora de un padre con rasgos maternales para referirse a Dios. A partir de esa experiencia estructurante, “todos vosotros sois hermanos”. Nos invita a verificar en nuestra propia historia personal que “se es más feliz dando que recibiendo”. Su práctica continuada manifiesta un comportamiento que contiene una fascinante dimensión política.

 

El “programa político” de Jesús, que él practicó hasta la saciedad, se puede formular con dos afirmaciones muy sencillas, muy concretas y muy dinamizadoras: “Que nadie quede excluido de la mesa común”; “Que las personas más débiles o necesitadas reciban más atención y más cariño”. ¿Os suena todo esto? ¿Tiene algo que ver con las realidades que estamos viviendo y padeciendo?

 

Pero hay más. Ese “programa político” de Jesús puede ser asumido plenamente por personas de todas las religiones, de todas las culturas y de todos los laicismos. Jesús aparece así como patrimonio de toda la humanidad, como fuente cristalina donde saciar la sed de cualquier ser humano sediento de  fraternidad solidaria. “Gratis lo recibisteis, dadlo gratis”.    

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